BAILE Y COCHINO…
Por Horacio Cárdenas Zardoni.-

Desde siempre nos han restregado los políticos en la cara de que el dinero público siempre es escaso, que no alcanza para todas las necesidades de toda la población, y por eso una de sus preocupaciones cotidianas es vigilar con lupa en que se gastan los recursos que tienen una proveniencia que es siempre la misma, los impuestos que le cobran a la gente, y aunque tuviera otro origen, digamos la venta de servicios y productos, estos son patrimonio de los habitantes de un país, con lo que también deben ser contemplados como patrimonio de la gente.
Pero eso es de dientes para afuera, porque de las puertas de las oficinas gubernamentales para adentro, lo que ocurre parece ser exactamente lo contrario de lo que declaran, viven dedicados a gastar el dinero público, pero con un sesgo muy distinto del de la satisfacción de las carencias de la población, y yéndose en cambio a fines políticos, que no son otros que mantenerse en el poder, ellos en lo personal, o cuando no es posible, que quede alguien afín y por supuesto, que sea del mismo partido político, si no, no tiene sentido el gasto.

Es notorio que la gran mayoría de las administraciones en México, las de todos los niveles, gastan más dinero en servicios personales, léase pagarle a los empleados municipales, que en obras públicas. Que ponga que sí, a la gente que hace algo hay que pagarle, pero ese algo no se traduce en algo concreto, las siempre escasas obras públicas, la percepción de la gente es que el gobierno siempre le queda a deber. Ahora que, como suele ocurrir, una cosa es el dinero que se llevan los directores, subsecretarios, secretarios y el mero mero, y otra lo que se le paga a la gente de hasta abajo, que siempre anda “buscándole” para completar el chivo, siendo lo triste que buscándole le encuentra, y es cuando ocurre la permanentemente presente corrupción.
Pero de vez en cuando hay obras, las cuales también suelen tener una connotación política, distante de lo que sería lo estrictamente correcto o lo más prioritario, hay que quedar bien con cierto sector poblacional, con cierta gente, grupo, padrino o con quien tenga ascendente sobre quien gobierna.
A veces las decisiones de en qué gastar son cuestionadas, pero la mayoría de las ocasiones no. Entre que se anuncia una obra, que normalmente es bien recibida, se pasa por alto examinar las partidas, a ver si no están cachiruleando algo indebido. Los burócratas se han vuelto expertos en disfrazar ciertos gastos en el gran conjunto del costo de la obra, y como eso de los auditores sociales es una mera esperanza de lo que no hay y quien sabe si llegue a haber, el gasto se realiza sin ver que es inútil, inadecuado, inconveniente o francamente innecesario. Algo así nos está pasando con el anuncio de las obras que se realizarán en bulevar Venustiano Carranza por parte del Ayuntamiento, siendo el principal proyecto dentro del tercer maratón de obras, que fue como organizó el rubro de infraestructura.
Lo que nos preocupa es el gasto anunciado de catorce millones de pesos en un sistema de semaforización inteligente, que forma parte de los 57 millones que se habrán de gastar en la rehabilitación de la vialidad. Solo distinguen dos rubros, al menos en la ficha técnica, 43 millones para pavimento y los citados 14 para los semáforos. De lo primero no tenemos referencia si es poco o mucho, pero de lo segundo sí, nos parece demasiado.
Porque semáforos hay, están funcionando, ¿nos van a decir que van a cambiar desde los postes hasta las luces, todo el cableado?, se nos hace un desperdicio enorme, si es así, y si no lo es, un montonal de dinero que no se va a ver reflejado en nada concreto.

Cada quien ve las cosas como puede, y también como quiere. Hacer una inversión de ese tamaño debe traducirse en algo que la gente pueda señalar que se hizo. En el caso de la semaforización, los saltillenses tienen derecho a esperar que los tiempos de traslado en ese tramo mejoren ¿qué le gusta?, un 10%, un 20%, porque se puede dar el caso, que es lo que nos sospechamos, que no mejoren en nada, o que se haga cargándole la mano a las vías alimentadoras, donde se suelen de por sí hacer largas filas para atravesar el bulevar o para incorporarse a él en cualquier sentido.
Si cuando se acabe de instalar, de probar y esté en pleno uso el nuevo sistema, no hay una diferencia notable en los tiempos en que pasa un automovilista en Carranza, se podrá pedir la devolución del dinero, aunque nos pueden salir con que el contrato fue por cambiar lucecitas y cables, no por mejorar nada.
Pero lo peor de todo quizá es que durante algo así como un mes, hace un mes y medio, los genios del área le anduvieron moviendo a la sincronización de semáforos de Venustiano Carranza, no nos extrañaría que sean los mismos a los que se les concedió el contrato de la obra, los catorce suculentos millones, y lo que van a acabar haciendo es cobrar esa millonada por ajustar los relojes de los semáforos, que de inteligentes van a tener lo mismo que los actuales, de los que por cierto, también se les cargó ese calificativo, del que dejaron bastante que desear.
En fin, palo dado… el dinero se va a gastar, confiemos en que no a malgastar. Es su dinero, el que ya pagó, o en el peor de los escenarios, el que quedamos a deber, por lo menos exijamos un servicio acorde a una inversión que nos sigue pareciendo escandalosa para sustituir algo que allí está, funcionando.

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