BAILE Y COCHINO…
Por: Horacio Cárdenas Zardoni.-

Conocimos alguna vez a alguien que tenía como filosofía, si es que se puede decir así, o quizá habría que calificarlo como manía, de que no debería desaprovecharse ni un solo espacio, en el que pudiera plantarse una planta, un arbusto, un árbol.
Lo decía de manera un tanto chusca, después de todo hay que disfrazar las cosas de tal manera que no den la impresión de la tragedia que a lo mejor sí son. Decía aquel cuate que nada había más triste que una maceta sola. Excusamos decir que tenía él macetas por docenas, y guardaba las botellas, cortaba los envases de refresco, y hasta en los recipientes en los que vienen las gelatinas ya hechas, todo lo aprovechaba para sembrar una o varias plantas, con lo que su domicilio parecía una pequeña selva.
Hay mucha gente así, afortunadamente, todavía las hay y son personas que a lo mejor lo vieron en casa de sus abuelos, de familiares o de vecinos de cuando eran pequeños. Era una práctica común, no precisamente muy agradable a la vista en aquellos tiempos, porque lo que se solía utilizar eran latas de metal, y estas oxidaban, dando una imagen de cierto abandono, que por otro lado, contrastaba con la exuberancia de las plantas que amorosamente sembraban en ellas.
Había latas, latitas y latotas. Desde las pequeñas de la leche condensada hasta unas que parece que eran de aceita, cuadradas, que eran perfectas para sembrar helechos, que además se colocaban sobre algunos ladrillos o bloques de concreto. Uno pensaba que serían más bonitas macetas de barro, de preferencia aquellas vidriadas con dibujos de todos colores, o las azules que imitan Talavera, o incluso que un albañil hiciera un macetero bien hecho, pero a aquellas personas eso era lo que menos les interesaba, lo valioso eran las plantas, que además, ponían especial cuidado en reproducir ellos mismos, si es que tenían “mano verde”, nada de comprar aquí o allá o por todos lados, la gente se robaba los cabitos o los bracitos, y eso sembraba, si no lo hacían por negocio sino por el gusto de ver a la naturaleza florecer.

Todo esto viene a cuento porque el otro día andábamos por bulevar Francisco Coss, allí donde cruza con Emilio Carranza, que se convierte en Isidro López Zertuche, y atorados en el tráfico no nos quedó más que ver lo que había en el pequeño jardín que hay allí, todo para darnos cuenta del triste estado en que se halla. Porque ponga que el pasto esté verde, pues sí, pero los árboles… a alguien, nos imaginamos que al departamento correspondiente en el ayuntamiento, se le ocurrió plantar pinos, no sabría decirle si aquellos de los que trajo la entonces Apasco de Afganistán, y que sembraron en los terrenos aledaños a la planta, y que muchos compramos para la casa, pero sí eran de alguna especie de pináceas. Se ve que no los habían sembrado chiquitos, no, ya tenían su metro y medio o dos metros cuando los plantaron en ese sitio, y los tres que vimos estaban completamente secos.
¿Desde cuándo estaban secos esos árboles y porqué a ninguna autoridad se le ha ocurrido reemplazarlos?, no sabemos, pero podríamos imaginar la respuesta a botepronto: no hay dinero… pretexto universal de toda la administración pública, que sí tiene presupuesto para sembrar árboles, pero no lo tiene para resembrar cuando se le mueren esos árboles, ¿qué importa que no se hallan “dado” por mala gestión de la siembra?, es de esas cosas de las que nadie se quiere hacer responsable, nunca.
El jardinero, asesorado por su jefe, que queremos pensar que habiendo aquí en Saltillo una Universidad Agraria como lo es la Antonio Narro, eligieron plantas adecuadas a la zona en la que se van a ubicar, y esto lo mencionamos porque si se colocan sobre camellones, jardines o parques que están al lado de vías de mucho tránsito de vehículos ligeros o pesados, esas plantas recibirán fuertes cantidades de gases, que como sabemos de la primaria, algunos son útiles para su crecimiento y desarrollo, como el bióxido de carbono que tienen la virtud de convertir en oxígeno, y otros que son pura maldad, óxido de azufre, plomo en partículas, y otras delicias, bueno pues el jardinero hace lo que le dicen, plantar el arbolito, regarlo con la frecuencia que le indican, si es que se lo dicen y si es que hay una toma de agua cerca o que pasa la pipa cada determinado número de días para hacer el riego. Y hasta allí.
¿Pero quién se ocupa de reponer los árboles cuando no se dan?, ¿Quién se ocupa de exigir que se haga válida una garantía, si es que se pactó así con el vendedor?, y la triste respuesta es que nadie.

Si usted recorre las principales y no tan principales avenidas y bulevares de Saltillo se dará cuenta de que todas están chimuelas, expresión que usamos aquí para decir que no tienen todas las plantas, todos los árboles que deberían tener, de acuerdo al número de agujeros que hay en la banqueta o en el jardín, para recibirlos. Se muere un árbol y allí se queda eso, si hay suerte, quitan lo que está de la superficie para arriba, para abajo nada, y si no hay suerte, allí lo dejan, seco hasta que se caiga solo, esperando que no sea sobre algún ciudadano despistado que iba pasando en el momento en que cae.
Por supuesto que en la naturaleza hay ciclos, la raíz de un árbol tarda mucho en descomponerse, y sacarla implica un costo y una obra que no es precisamente barata, pero… hay maneras de allí donde murió un árbol, sembrar una buganvilia, un jazmín, u otro arbusto, de esos que llegan a crecer cinco o hasta diez metros, y que tienen raíces muy delgadas, que no tienen problema para convivir con lo que queda de un árbol cortado.
Hace poco tuvimos oportunidad de ir a la ciudad de México y nos topamos con una calle en la que, como acá, estaba sembrada de palmas, con la diferencia de que estas estaban alternadas con árboles, y de que a las palmas no les quitan las hojas secas, ¿resultado?, que entre árboles y palmas daban un nivel de sombra que ya quisiéramos en Saltillo, o para el caso en cualquier ciudad del norte, para un medio día de julio o agosto.
Nuestra insistencia es que las autoridades cumplen con tener viveros, con forestar allí donde se abre un nuevo parque o genérico, área verde, pero son omisas en mantener esas mismas áreas con vegetación, cuando una planta o un árbol no se adapta y se muere.

Ahora que va a iniciar un trienio cuyo titular, Javier Díaz se ha manifestado a favor de convertir a Saltillo en una ciudad verde, importa fijar una política tan elemental como la que le platicábamos al principio: ni una maceta sola, llevado a su nivel: ni un solo agujero, hueco, macetero, camellón, sin su respectivo árbol, arbusto, si usted quiere hasta magueyes o nopaleras, u otras plantas que son de acá mismo.
Que es difícil, lo es, ¿pero qué hacen los políticos cuando, como cualquier ciudadano, se quedan atorados en el tráfico?, ¿no piensan: allí como que hace falta un árbol, no?, con la diferencia de que ellos pueden ordenar a sus subordinados que lo hagan inmediatamente, y uno tiene que andar buscando qué plantita robarse, para sembrarla en su maceta vacante.

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