BAILE Y COCHINO…
Por Horacio Cárdenas Zardoni.-

La verdad que ser rico es otra cosa… bueno, ha de ser, porque no somos ni remotamente de la clase privilegiada que tiene dinero para aventar para arriba, o de esos que pintan a Andrés Manuel López Obrador como si se tratara de Rico Mc Pato, nadando en una alberca de monedas de oro, así que hablamos ni siquiera de oídas, de puras imaginadas, de cómo vive la gente “bien”, los de hasta arriba en la cadena alimenticia, o puesto en términos más estadísticos, los del décimo decil de la pirámide poblacional.
De que compran lo que quieren, de que tienen lo que se les antoja, de que viajan a donde su imaginación les señala, de que comen lo que su delicado y educadísimo sentido del gusto les recomienda y que no les prohíbe su médico, ese que tiene la encomienda de hacerlos vivir para siempre o todavía más allá; de que beben vinos finísimos, mientras más costosos y más escasos, mejor, casi que llevan una bitácora, no ellos en lo personal, un asistente dedicado solo a eso.
En fin, viven como Hollywood se ha encargado de hacernos imaginar que es la vida de los potentados, quienes no padecen de esas cosas biológicas propias de la especie humana, de la que hacen hasta lo imposible por dejar de pertenecer.
No, si ser rico ha de ser lo máximo, por lo menos es lo máximo de envidia para los que quisieran competir con ellos y ganarles, apelando a la filosofía contemporánea, la de los “bumper stickers”, las pegatinas que se colocan en las defensas de los carros: aquel que se muera con más juguetes, gana.

Pues sí, da la impresión de que de eso y no de otra cosa es de lo que se trata, según la doctrina capitalista de acumulación, o ni siquiera eso, de adquisición y luego desechar lo usado, y que los demás se den cuenta de lo que consumen, por encima de lo que ellos a su vez, pueden o desearían.
Aquí en Coahuila tenemos una tradición histórica de lo que es ser y sentirse ricos. Basta recordar que la historia registra que hace algunos siglos, fue en nuestro estado donde se estableció el latifundio más grande de América Latina, aquel que era propiedad de los Marqueses de Aguayo, mismo que cuando comenzó a desmembrarse cayó en manos de la familia Sánchez Navarro, quienes lo engrandecieron todavía más, haciéndolo llegar hasta Durango, Chihuahua y Nuevo León.
Acá entre nos, para mí que les faltó visión, o era cosa de que el cabeza de familia era cura, y esas cosas no se podían, si no, yo les hubiera recomendado que hubieran emparentado con los descendientes del capitán Richard King, sí, aquel del King Ranch, a su vez la propiedad más grande de todo Estados Unidos, entre ambas heredades hubieran tenido más tierra que la República del Río Grande.
De por allí nos ha de venir eso de querer poseer tierra y más tierra, bueno, a los que la pueden adquirir, conservar y luego heredar a sus descendientes. Nada más que en algunos sitios a la tierra la cuidan, la procuran, y hay que decirlo, también la explotan, no pocas ocasiones hasta agotarla. En otros lugares, acá mismo de Coahuila, a muchos de esos ricos, lo único que les interesa es tener la tierra… a su nombre, y no hacerle absolutamente nada, y dijéramos, lo hacen con fines conservacionistas, pero para nada, lo hacen para que no les genere ningún costo.
Bueno, es condición humana… de los humanos capitalistoides, maximizar las ganancias, reducir los costos, y hasta donde sea posible, no pagar impuestos, ya parece que le van a meter dinero a una propiedad, luego no falta quien diga que subió su valor y que hay que retabular lo que debe contribuir, por eso la dejan como ha estado… desde los días de Alberto del Canto y Paco de Urdiñola.
De veras, es de no creerse, que Saltillo, siendo una ciudad de más de cuatrocientos años de fundada, tenga tantos predios en el casco urbano que dan la impresión de jamás haber sido utilizados para nada. Algunos otros sí, fueron tierras de labor, otros tuvieron una que otra edificación, que al paso de los años y el cambio de propietarios que no le dieron ningún uso, se va confundiendo con el paisaje circundante, por lo general de puros matojos y maleza, pues si tuviera árboles, o cuando tuvo árboles, los cortaron para hacer leña para calentarse, cocinar o preparar la famosa carnita asada, todo bueno y santo, salvo que deja los terrenos convertidos en peladero.
Ha habido intentos para cambiar este estado de cosas, que los propietarios de los predios urbanos se hagan cargo de ellos. Si ya tienen la “dicha” de ser sus dueños, pues que hagan algo por tenerlos bonitos, a la altura de una de las ciudades que presume de la mejor forma de vida en el país.
¿De qué estamos hablando en concreto?, pues de darles una mano de gato para que no den la impresión de ser tierra de nadie, que obvio, no lo son. En muchos casos son propiedades que valen millones… en pesos o en dólares, valen tanto, y sus dueños se dejan pedir tanto por ellos, que se salen de mercado, no hay quien le entre a comprar terrenos de ese precio, aunque sus dimensiones y el sitio en el que se ubican, permitiría el establecimiento de negocios o urbanizaciones altamente rentables.

Mire, no son para ponerles una banquetita, para que la gente que pase por allí, no tenga que andar sobre la vil tierra o el todavía más vil lodo cuando llega a llover; no son para ponerle una barda que delimite a ojos de todos: esto es mío y de nadie más; no son capaces de sembrar árboles sobre la banqueta ni ya en la propiedad, de esos que tienen las virtudes de dar oxígeno, de atraer la lluvia, de ofrecer sombra, nada, cuando mucho y que les duele hasta el alma, ponen unas líneas de alambre… de púas, para que el que quiera meterse se espine mínimo, a ver si así se le quitan las ganas de más osadías; y además de eso… darles una limpiada de vegetación, de la basura que la comunidad va y avienta con cierto sentido de venganza justiciera.
¿Quiere ejemplos?, los hay por todos lados, pero le recomiendo que recorra la calle Sauce, es la que va de Abasolo hasta la Clínica dos del Seguro Social, donde se convierte en Hinojosa. Hay allí unos predios que valen millones de dólares, donde la maleza ya se comió la banqueta y amenaza con invadir la calle, ¿y usted cree que sus dueños son para pasar una rastra, o poner a alguien con un machete a devolverle el espacio común a la gente?, no, que caminen a media calle o se crucen, aunque del otro lado de la calle tampoco hay banqueta.
Yo no sé quien hace los “rankins” de mejores ciudades y mejor forma de vida, ha de ser gente que anda en coche y no se baja, eso si vienen, porque andar por esas calles invadidas, viendo terrenos abandonados que sí, crecen tanto de valor, que nadie los puede comprar. ¿A poco no es un placer ser rico en Saltillo?

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