Se podía… ¿se puede?

BAILE Y COCHINO…

por Horacio Cárdenas Zardoni .-

De andar de metiches por todos lados, nos hemos enterado de muchas cosas interesantes, algunas edificantes y otras no tanto, pero algunas de ellas nos sirven para proponer ideas y proyectos, o lo que es  más adecuado, para ayudar a redondear algunos que ya están en el tintero, para demostrar que las cosas, cuando se quieren, se pueden, y además funcionan la mar de bien.

Resulta que alguna vez nos enteramos que en ese pedazo de nada que es la parte más sureña del Estado de Texas, allí donde se halla la Isla del Padre, o como le dicen los norteamericanos, que además tienen todo el derecho de nombrarla como quieran, pues es su territorio, South Padre Island, se hizo un tendido de ferrocarril. No sabemos si las perspectivas económicas y comerciales eran tan prometedoras a principios del siglo pasado, o tenían una visión que nosotros aún hoy nomás no alcanzamos a comprender, el caso es que allí, entre la tierra de inundación, las dunas de arena marina, y poco más, existió una vía férrea importante, siendo lo más relevante del hecho, que fue financiada y construida por particulares, y hasta donde conocemos la historia, no les fue mal del todo.

Otro caso similar nos lo encontramos en lo que es el Gran Cañón de Colorado. Por esas cosas del destino, a la hora que se trazó el sistema nacional de carreteras de los Estados Unidos, seguramente usted habría visto alguna referencia a la Ruta 66, que es la que pasa por allí relativamente cerca, el Gran Cañón quedó fuera, a una distancia más o menos considerable. ¿Qué les costaba mover unos cuantos grados el trazo hacia este, que desde entonces pintaba ya como un importante polo turístico?, bueno, lo dejaron fuera, y los empresarios de la zona opinaron que no se iban a quedar como personajes de la película “Cars”, viviendo de sueños y de un pasado que nunca fue la gran cosa. Diseñaron y ejecutaron un tendido de vía férrea desde la Carretera 66 hasta el Gran Cañón, en lo que se terminó convirtiendo en un atractivo turístico adicional, pues el trenecito servía lo mismo de preámbulo a la visita, que de epílogo a la aventura, un éxito rotundo.

Gran cañón. (Foto de Viator)

Al final fue sustituido por el ubicuo carro y los autocares de turismo, pero los años que operó lo hizo con ganancia suficiente para que nadie lamentara haberle entrado al negocio. Y conste, estamos hablando de particulares, eso sí, muy entusiastas y firmes creyentes del modo de vida capitalista.

Eso lo traíamos de años, pero hace pocos días en su más que exhaustiva contribución al antiguo Twitter, el Museo de los Presidentes recordaba en un post que por allá por el 31 de julio del año 1912, el gobierno del estado de Coahuila le informaba al presidente municipal de Saltillo, la inauguración de un servicio diario de trenes mixtos, entre la capital del estado y la entonces Villa de Cuatrociénegas.

¿Cuántos habitantes tenía Saltillo por aquellos entonces?, probablemente la décima parte de los que tiene ahorita, aunque es pura especulación nuestra, y Cuatrociénegas, si ahorita mantiene un número reducido de habitantes, imagínese los de hace un siglo. Pues bien, entre la gente de Saltillo y la de Cuatrociénegas, había el suficiente movimiento económico y de personas, como para justificar la existencia de un tren… a lo mejor no un tren como el Maya, joya de la mediocridad de la burocracia de la cuarta transformación; tampoco uno como el tren bala, y aquí elija usted entre el español, el francés, el japonés o el chino, al menos la foto que acompaña al post del Museo de los Presidentes, muestra una locomotora de la que sale bastante humo de su chimenea, y su correspondiente góndola de carbón para mantenerla funcionando.

¿Qué actividades económicas justificaban una inversión del tamaño de la de aquel tren, que además, hacía una corrida diaria entre el pequeño Saltillo y el pequeñísimo Cuatrociénegas?, tal vez la minería, seguro el comercio, la agricultura, la ganadería, pero algo había, y era importante.

Estación del tren en Cuatrociénegas. (México en fotos)

Ahora que tanto se habla y se discute sobre los grandes y hasta un tanto arrebatados proyectos ferroviarios del momento actual, se nos ocurre preguntarnos ¿cómo es que antes se atrevían a plantear proyectos de esta clase, nivel y envergadura, y ahora… no?

A lo mejor es una cuestión de escala, pero esa es una mera suposición nuestra. A ningún gobernante, ni a ningún empresario le gusta pensar en las cosas en un nivel modesto, todos quieren irse a lo grande, a lo espectacular que, por descontado, trae aparejado un costo muy por encima de lo que sería el mismo proyecto, pero de perfil bajo, si así lo prefiere, apenas para figurar como tal.

A lo que nos estamos refiriendo es al proyecto del tren con fines eminentemente turísticos, que recorra  la ruta entre Saltillo y Torreón, teniendo como punto principal del trayecto el conectar con Parras de la Fuente, a medio camino más o menos, entre ambos polos urbanos, ah y además con la posibilidad de expansión hasta Monterrey, del lado de nosotros, pensando en capitalizar por un lado el potencial económico de los primos de Nuevo León, y su proverbial búsqueda de nuevas diversiones.

¿Usted cree que no les gustaría una oferta turística como la del tren de Cuatrociénegas?, uno sin las pretensiones de alcanzar los quinientos kilómetros por hora, pero sí uno que les permita un entretenimiento tranquilo, pausado, para llegar a un sitio todavía más pacífico, donde pasar un fin de semana en un pueblito como los que van quedando ya pocos.

Sí, hemos tecleado mucho sobre este tema, pero ya ve, hasta el Museo de los Presidentes anda en la misma sintonía, y aportando la pregunta de la vergüenza ¿si se pudo en 1912, que no se pueda en 2024?, pero bueno, gobernadores ha habido que no han podido echar a andar de vuelta el trenecito de la Unidad Deportiva, uno Monterrey-Saltillo-Parras-Torreón, les ha de parecer demasiado desafío.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Ofrecido por WordPress.com.

Subir ↑

Descubre más desde El Demócrata

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo