Telegrama
Por: Héctor Barragán

La verdad es que no es propia la expresión, que tiene siglos de decirse y escribirse, en cuanto a que sucederá lo que tiene que ocurrir cuando quien tiene la obligación de realizarla no lo hace, por indolencia, responsabilidad sin atender, por subordinación a las dádivas y la avaricia, que ocasionan esas desatenciones daños y perjuicios y son manifestaciones de la corrupción.
Así el huracán Gilberto, más bien benévolo para Coahuila no castigó fuertemente con inundaciones, destrucción, muertes a diferencia de otras entidades, a quienes invadieron el derecho natural de las corrientes de agua, adquirieron propiedades que la naturaleza reserva para sus propias fuerzas, trabajadores y contratistas, permitieron construcciones y ocupaciones de espacios impropios, que luego persisten a través del tiempo retando a los elementos con su imprevisión y la indolencia de los supervisores e inspectores.
Además de sitios donde la naturaleza exige sus espacios y gente imprudente cruza sin precaución, sufriendo daños o la misma muerte, daños que nadie estará en condiciones ni situación de resolver.
Lo anterior es para completar la visión de la realidad que señala la corrupción solamente con la obtención de provecho económico por encima de los salarios y sueldos que su contrato obliga, sino al incumplimiento parcial o total de las obligaciones que su privilegiada situación de empleado o funcionario público, le obliga material y moralmente.
Con lo anterior se trata de llevar una poca de luz al fenómeno social y antiguo de la corrupción, tan buscada y pregonada por el Presidente López Obrador, para al beneficio de todos y que deje de quedarse en las ‘vidas manos de los privilegiados con un puesto oficial o la amistad de los encargados del manejo y la administración o vigilancia de las cuestiones del gobierno y con relación a los particulares.
Al dejar escapar esas palabras se viene a las mientes, sin pretenderlo, aquello de las prédicas en el desierto, pero la semilla ahí está.

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