BAILE Y COCHINO…
por Horacio Cárdenas Zardoni.-

Las buenas familias, y también las que no eran tan buenas, todas intentaban enseñar a sus hijos algunos principios de convivencia, que les permitieran, si no que les fuera bien en la vida, por lo menos que se metieran en los menores problemas posibles.
¿cuáles eran esos principios?, con ligeras variantes, el respeto a las personas, a los bienes, a la integridad de los demás, el trabajo como abre puertas para lograr un sitio en la sociedad, el estudio como medio de superación personal, la familia, y algunos otros, a los que se han venido sumando otros medio repetitivos como la bondad, la solidaridad, la paciencia, la perseverancia, pero en general todo se sintetiza en la sentencia de no hacer a los otros lo que no quieras que te hagan a ti.
Recordando esto es que nos preguntamos ¿qué papel juega la mentira en la forma en la que nos relacionamos entre iguales?, y todavía más, ¿cómo nos relacionamos los gobernados con los gobernantes? Sabemos de toda la vida que el gobierno no es precisamente sincero para con los ciudadanos a los que gobierna, es una condición casi ineludible, que quienes detentan el poder público sienten una cierta superioridad, acompañada de algún grado de desprecio por los gobernados. Los gobiernos mienten, pero no hay uno que no haya dicho que lo hace por nuestro bien, incluso es común escuchar la aseveración paternalista de que el pueblo es como un niño, que no está preparado para afrontar la verdad. Puede ser que sí, puede ser que no, pero si no le dan la oportunidad de crecer ¿pues cómo y cuándo?

Claro que ha habido oscilaciones del péndulo que nos han llevado a gobiernos que pretenden que crezcamos a como de lugar, son aquellas administraciones apoyadas en la doctrina de que la sociedad debe madurar, y la única manera de que lo haga es diciéndole la verdad, esto como antesala de que le quiten cualquiera y toda la protección que antes tenían para con ella. Ya entendiéndonos que somos igualmente capaces de comprender la situación, el gobierno puede dedicarse a sus cosas y el pueblo a las suyas, o al menos eso es lo que dicen, hasta que se llega el momento de que hay que esconderle alguna otra cosilla al pueblo, entonces regresamos a la modalidad anterior, de que la población “no puede manejar ciertas cosas”, básicamente las que son injustas para la mayoría, y privilegian a alguna minoría.
Dicen que en esta vida nada ocurre por casualidad, y que en cosas de política, todavía menos que en cualquier otro ámbito. ¿Se le ha ocurrido pensar a alguien cómo le hubiera ido a México en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador si no hubiera coincidido en el tiempo con la administración de Donald Trump? El asunto importa porque Donald Trump desde el principio se probó como un mentiroso redomado, alguien que podía decir cualquier cosa ante cualquier persona o cualquier autoridad, así fuera que esta no tuviera ningún viso de verdad.
En algún momento, muy pronto en su gestión, al New York Times se le ocurre comenzar a llevar una bitácora de todo lo que dice el presidente de Estados Unidos, con la intención de probar si es verdad o por el contrario, que es falso, o si se trata de un uso más bien engañoso de los datos, o sea que tiene algo de verdad pero lleva a una conclusión equivocada. Al principio como que Trump se incomodó con que se le diera un seguimiento tan puntual de lo que decía, sobre todo porque él mismo podía contradecirse o desdecirse de lo que había dicho antes.

Las mentiras de Trump se contabilizaron por miles durante sus cuatro años en la presidencia, cada día podía pronunciar decenas de ellas, sin sentir el menor remordimiento. Eso allá. Al rato decayó el interés por el seguimiento que hacía el periódico, tan sencillo como que verdad o mentira, desmentido, demostración de la verdad, no redundaba en nada, el mandatario seguía mintiendo como si nada, y de hecho lo sigue haciendo, siendo aquí el problema que no hay ninguna certeza de la conducta que asumirá en el momento siguiente.
Luego asume el poder López Obrador en México, otro hombre que nunca se caracterizó por su amor a la verdad, y aquí es donde nos entra la duda de si lo hizo con intención, o nomás “se le dio”, el caso es que desde que asumió el poder, que es cuando realmente importan las cosas, se dedicó a proferir mentiras.
No podemos decir si las de López Obrador son más grandes o más chicas que las de Trump, si las dice con mayor frecuencia o desfachatez que su dizque amigo norteamericano, pero de repente nos topamos con un escenario rarísimo, uno en el que quien manda en el país, en este y el que gobierna en el país más grande y poderoso del planeta todo el día se la viven diciendo mentiras.
No tardaron aquí en reproducir el esquema del times, de checar cuáles de las cosas que iba diciendo López Obrador eran verdaderas y cuáles eran falsas, la importancia de cada una de ellas, el contexto en que se decían, y lo más importante, ¿cuál era la intención de mentir?
Regresando a la familia, o a las relaciones más inmediatas de las personas, quien miente lo hace por lo general para evitar un regaño, un castigo o una consecuencia indeseable. Que lo haga el hijo pequeño o no tan pequeño a sus padres, o la novia al novio, o el novio a la novia, pues sí, tiene que ver con ese aparentar que las cosas siguen estando bien, aunque de hecho no sea así, por una conducta que no debió darse y es la que ocultan mintiendo. Eso nos cabe en la cabeza, pero que durante una conferencia mañanera el presidente pueda decir veinte, cincuenta, ochenta o cien mentiras… ¿cuál es la intención? ¿qué gana el presidente, su partido, su gobierno, el régimen mintiéndole al país entero?
Luego de cada mañanera, al menos por un tiempo, salían a relucir los desmentidos y las correcciones, eso que dijo no es cierto por esto, esto y esto, ¿y qué pasa?, pues la sorpresa más grande es que no pasaba nada, nunca sucedió nada, como tampoco le fue mal a Donald Trump. Allí tiene al par de mentirosos que arreglan la realidad a como se les va ocurriendo en ese instante, y se sueltan a decir falsedades con una facilidad y una cara dura que parecería increíble, de no ser porque la hemos comprobado en el caso de México de lunes a viernes por cinco años, casi seis.
En la casa hay corrección, algunas veces verdaderamente dura. Pero a nivel nacional, a nivel internacional las mentiras van y vienen como si cualquier cosa. ¿Qué ejemplo le están poniendo los gobernantes a la sociedad?, ¿cuál es la conclusión que sacan los más jóvenes?, pues tan sencillo como que mentir no trae ninguna consecuencia, al contrario, les va peor a los que dicen la verdad que a los que mienten, pues preferible mentir.
¿Quién sabe?, el sexenio está por terminarse, esperemos que no haya hecho escuela y que los que llegan no sean tan mentirosos como los que se supone que se van. De todos modos el daño está hecho, la verdad a lo mejor nunca ha importado tanto como nos imaginábamos o nos decían. Después de esto, cualquier cosa puede ocurrir.

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