BAILE Y COCHINO…
Por Horacio Cárdenas Zardoni.-

Para aprender a manejar, nada como la iudad de México. Aquello es un verdadero infierno de tráfico, las calles, avenidas, circuitos, vías rápidas, están saturadas a cualquiera y toda hora del día.
Por si eso no fuera suficiente, cada uno de los individuos que va conduciendo, o que se subió a un carro de alquiler, a un camión de ruta o cualquier otro medio de transporte, tiene prisa. Raro es aquel chilango que sale con suficiente tiempo como para llegar a su trabajo, a su escuela u otro destino con el suficiente margen, por si se atraviesa cualquier cosa, y es que, con tantos millones de habitantes, con tantos millones de vehículos y tantos traslados de ida, venida y los inevitables intermedios, no hay manera que no se le atraviese algo a alguien, que termine afectando a cientos de miles de personas que comparten el escaso espacio urbano.
Hasta eso, luego de mucho examinarlo, llegamos a la conclusión de que sí, los chilangos manejan como alma que lleva el demonio, pero lo hacen con un nivel de precisión que no tiene el conductor de ninguna otra ciudad en el país, tan sencillo como que cualquier resquicio que quede, hay que aprovecharlo para adelantar unos pocos metros, porque si no lo capitaliza uno, el de junto sí, y los de atrás le mentarán la progenitora en todos los tonos que dé su claxon, que por lo demás, los hay muy ingeniosos para ese efecto precisamente.

Pero además de manejar super pegado, porque no hay otra más que meterse en cualquier lugarcito, está la otra, de aprovechar el hueco para acelerar todo lo que pueda, y no porque vaya a ganar muchos minutos, probablemente ni siquiera segundos, pero lo que importa aquí no es lo que logra, sino lo que cada quien cree que logra, y eso es todo el día, todos los días, fines de semana y festivos incluidos, en los que se va uno haciendo de una habilidad que es indispensable para ir y venir por la ciudad de México y su área conurbada. La otra opción es no salir, no asomarse, no nada de nada, que tampoco tiene mucha lógica.
Allá en la Ciudad de México tienen desde hace muchos años los burócratas más ingeniosos, no por su efectividad, sino para plantear soluciones que realmente tienen poca razón de ser, y una utilidad relativa, pero que para el momento medio que funcionan, y como ellos son los que tienen el poder en el momento, no hay ni quien pueda impedir que las pongan en marcha, ¿qué importa si se equivocan y que los critiquen?, lo que importa es el ejercicio del poder, y los demás que se soben del trancazo como puedan o quieran, o que, muy a la chilanga, se acostumbren a la nueva realidad, dándole ese toque tan particular, que también, se convierte en un nuevo dolor de cabeza de la autoridad, pues esa actitud tan anárquica, son menos que imposibles de tratar.

Cuando se construyó, y luego se inauguró el viaducto de la Ciudad de México, aquello representó una obra de ingeniería auténticamente monumental. Por principio de cuentas, no había dónde hacerlo, así que lo que se les ocurrió a las grandes mentes burocráticas, fue entubar los ríos que fluían por el territorio de la capital del país, que con tantos cauces, y con tanta vegetación a la vera de cada uno, debió ser un sitio esplendoroso para vivir, pasear y visitar, pues sí, pero no era compatible con una ciudad moderna en la que reinara como en las grandes del mundo, su majestad el automóvil.
Entonces entubaron los ríos, y a ambos lados del inmenso tubo, en lo que era el lecho de los ríos, hicieron vialidades, que en su momento fueron de velocidad media a alta. Esto ocurrió por allá por los años sesenta del siglo pasado, y sí, indudablemente que el sistema de viaductos, que antes fueron hermosos ríos, prestó servicio para un flujo siempre creciente de vehículos, que llegaron a ser tantos, que al rato ameritó adecuaciones.
Originalmente se planteó como una vialidad de dos carriles de ida y dos de venida, eso en el área central, y en las laterales, otros dos carriles, para incorporar y desincorporar tráfico a la primera. Bueno, pues al rato se había saturado tanto, que a alguna lumbrera se le ocurrió ¿y si en vez de dos carriles, metemos tres?, y aquella idea que pareció descabellada, porque lo era, pegó.
Soluciones a la mexicana, medio borraron las rayas de los dos carriles y pusieron las de tres, excuso decir que lo que al principio era un gusto de conducción, con poco tráfico, y en carriles anchos, se convirtió en una pesadilla, con un tráfico a vuelta de rueda y los carros lámina con lámina. Acuérdese que por aquella época los carros más parecían lanchones que automóviles, que aunque los había compactos y pequeños, la mayoría y los que se iban haciendo viejos ocupaban amplio espacio de lámina de calibre grueso, nada del papel de aluminio y plástico que se usa ahora.

Hoy el viaducto sigue existiendo y funcionando, y sí, es una pesadilla cada vez peor, pues el tráfico jamás baja, siempre es más, pero ahora se adereza con motocicletas por cientos de miles, todo embutido en tres tristes carriles, en los que todos tiene prisa.
Bueno, pues ahora en Saltillo se plantea utilizar la misma solución, que además nos venden como altamente imaginativa, de, allí en las laterales de bulevar Fundadores, repintar los carriles que hay ahorita, dos o tres en algunos sitios, para dar espacio a tres o cuatro, esto como medida de solucionar (¿?) el problema de tránsito en lo que es la salida de Saltillo por la carretera 57, a México.
Allí el error fue que todas las colonias del oriente de Saltillo van y desfogan a esta vialidad, casi como si fuera escurrimiento de agua de la sierra. Cuando se comenzó a poblar y fraccionar la zona, no se pensó, o si se pensó no se hizo, hacer otra, otras dos, otras tres avenidas del mismo ancho que la carretera 57, para llevar y traer a la gente de sus casas a sus empleos y de regreso. Resultado, todos por la 57, y por los parches que se han ido haciendo allá, pero que no pasan de ser eso, parches tardados.
Con la tradicional habilidad del saltillero, y déjese de eso, con nuestra cortesía para manejar ¿usted cree que reducirnos el ancho de los carriles contribuirá a menores tiempos de traslado?, yo creo que lo hará pero para un mayor número de accidentes viales, con su consiguiente retraso de los tiempos de traslado de los demás y de los mirones.
Pero además, ¿por cuánto tiempo cree que funcione una medida tan simplona como esta?, porque se siguen haciendo fraccionamientos, porque se siguen instalando fábricas, pero no en función de una planeación orientada a las ‘ciudades de 15 minutos’, que suena muy bonito y funcional, pero que en la práctica no se lleva a cabo. Dentro de tres años, si acaso, eso estará igual de lento, pero más atiborrado, ¿y luego?
Ah pues y luego será otro trienio, y vendrán otras lumbreras a corregir lo que ahorita no se está haciendo bien.

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