BAILE Y COCHINO
Por Horacio Cárdenas Zardoni.-

Dicen que todos los lugares comunes son despreciables, o por lo menos desagradables. Puede ser, en general se trata de frasecitas hechas que son emitidas y aceptadas como una demostración de que se ha establecido la comunicación entre quien habla y quien escucha, por más que probablemente el único acuerdo que se pueda decir que lograron es el reconocimiento de que a uno y otro les vale sorbete el tema del que se está hablando.
Uno de los lugares comunes más hartantes, desde mi punto de vista, es el de llamar a las elecciones ‘fiestas de la democracia’. De esta no le puedo decir nada, porque no fui a votar, ejercí plenamente mi derecho a abstenerme, pese a que tenía ganas de escribir algunas groserías en las boletas, pensé que no valía la pena, si nadie las iba a leer, otra cosa será si alguien se toma la molestia de hacer una selección de las frases y mensajes más imaginativos, o si los sistematiza para determinar las opiniones y hasta los procesos mentales de los mexicanos, que sí, tenemos nuestros momentos de gracia, pero por lo general repetimos las mismas peladeces sin mayor imaginación.
De verle las caras a los funcionarios de casilla, a los representantes de partido, incluso a los ciudadanos con los que compartimos la fila, la impresión que nos da, es que la elección es lo que sea, menos una fiesta, he visto agencias del ministerio público más animadas que una casilla electoral, en la que todos están entre serios y enojados, a punto de brincar ante lo que considere alguien una violación a la ley o al procedimiento. ¿Fiesta?, no.

A lo mejor la fiesta es después, del lado de los que ganaron, claro, de los que perdieron definitivamente que nada tienen que festejar. Dicen que hay épocas de tronar los cuetes y épocas de recoger las varas, y para los que pierden en una elección, la recogida de varas es de las tareas más ingratas que hay, los otros pueden agarrar la borrachera y exhibirse ante cámaras y micrófonos, o celulares, haciendo escarnio de los que perdieron, bonita fiesta de gente fea, que luego cuando los muestran en toda su bajeza, y ya en plena cruda, andan pidiendo perdón o buscando cómo quitarlas de las redes sociales o los noticieros.
Pero uno de los temas obligados luego de la fiesta de la democracia que es cada elección, compete a los estadísticos, contables y a quienes les da por los análisis numéricos finos no tiene que ver con el proceso en sí, sino con su costo, y allí sí que las cosas están para llorar.
Otro lugar común, en otro nivel, es el que dice que la democracia mexicana es la más cara del mundo, y es que el sistema político gasta muchísimo dinero, mucho más que otros países, por organizar procesos electorales, quizá por el temor de que la gente no acuda a las urnas, y por lo tanto, la elección sea válida, pero carezca de legitimidad, pues esta solo la pueden dar los ciudadanos que sufragan, y lo hacen no tanto por estar de acuerdo con este o con aquel candidato, sino porque están convencidos de que la democracia es la forma de gobierno que conviene a la nación. No es el caso mexicano, aquí se gastan millonadas y la gente sigue opinando que la política es una actividad deleznable, de la que procuran mantenerse lo más alejados posible.
La presidenta Sheinbaum, su antecesor López Obrador, y todos los que integran esa cosa informe que llaman cuarta transformación, necearon durante meses con que la de este primero de junio sería la elección más importante de la historia de México, una elección que además, pondría a la nación por encima de todas las del mundo, ya ve cómo son para echarse confeti, la elección de los miembros del poder judicial convertirían a México en el país más democrático del mundo.
¿Y qué cree que pasó?, lo sabe usted mejor que yo, a la gente le valió un cacahuate la elección, el poder judicial, del más modesto tinterillo hasta los ministros de la suprema tremenda corte, igual que los calificativos históricos y la supremacía global y casi galáctica. Pero lo malo de esta actitud mía, el burro siempre por delante, y la de todos los que no votaron, fue que la costosa democracia mexicana, se disparara en costos a nivel de escándalo.

El parámetro utilizado desde hace mucho tiempo es el de cuánto termina costando cada voto. La operación es fácil, cuánto dinero se presupuestó, eso se divide entre el número de votos emitidos, y listo, tenemos un dato.
La tabla que ha circulado sobre el asunto nos permite ver que el costo se había mantenido más o menos constante, en 2012 cada voto costó 147 pesos, en 2015 subió a 188, en 2018 bajó a 176, para subir a 198.6 en 2021, y quedar en 151 en 2024 se notan los altibajos cuando son las elecciones de presidente, y cuando son intermedias. Bueno, el asunto es que de los 151 de la elección de año pasado se disparó a 538.4 pesos por sufragio en la elección más importante de la historia del planeta tierra y de la especie humana, variedad homo Sapiens.
Cada voto emitido por los aspirantes al poder judicial, voto emitido a capela o usando un acordeón provisto gentil y previsoramente por MORENA y el gobierno federal, costó más de tres veces lo que se gastó en los votos del año pasado, y mire que la cosa pudo estar mucho peor, porque el INE quería 13 mil millones de presupuesto, y quedó al fin en siete mil millones, que si no, hubiera tranquilamente roto la barrera de los mil pesos por sufragio…
¿Caro, no?, carísimo, y todo para poder escribirle groserías a Gerardo Fernández Noroña, esa es la fiesta democrática más grande del mundo.

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