RETRIBUCIONES
Por: Luis Enrique Morales

Dicen que para que la cuña apriete debe ser del mismo palo. Esta frase viene a colación porque, últimamente, las redes sociales se han convertido en un campo minado contra Andrés Manuel López Obrador y su familia, lo que es atribuido al “fuego amigo” que sale de Palacio Nacional.
Podría pensarse que se trata de la pura razón abriéndose paso, que la verdad —como el agua— siempre encuentra una rendija por donde brotar. Pero la política no funciona así. En México, la justicia no avanza sola: es más bien un gigantesco bloque de concreto que necesita de muchas manos para moverse apenas un milímetro.
Unos empujan más fuerte que otros. Y en este momento, la que dirige la carga es Claudia Sheinbaum, la presidenta “con A” —como ella misma se nombra—, quien tras bambalinas ha puesto en marcha el destierro político del hombre que la llevó al poder y de toda su familia.
No es tarea sencilla. López Obrador la puso donde está. Y las garras del obradorismo siguen hundidas en la maquinaria de la 4T. Pero Sheinbaum ha entendido que el verdadero poder del “peje” no está en las instituciones, sino en su imagen y en la devoción de quienes lo siguen. Y ahí es donde ha comenzado a golpear.
Las notas sobre “Andy” en Japón, el otro hijo presumiendo sandalias Gucci, el más joven navegando en un yate con su novia modelo y una cartera de veinte mil pesos, no son casualidad. Tampoco lo es que Beatriz Gutiérrez Müller se haya mudado a España, su “nueva patria”. Ni siquiera lo es el gesto calculado de Sheinbaum al fingir defenderlos en las mañaneras, repitiendo los hechos bochornosos y reforzando la idea de que la familia López Obrador, lamentablemente, ya no cabe en México.
La presidenta tomó ya una decisión: arrancarse las garras del peje, aunque para ello tenga que ofrecerlo en bandeja al gobierno de los Estados Unidos.
La guerra mediática lleva meses, pero la batalla legal apenas comienza. El Poder Judicial de la Federación resolvió que López Obrador violó de manera sistemática la ley en sus mañaneras, al usar la sección “Quién es quién en las mentiras” para golpear a críticos desde el púlpito presidencial. El Tribunal fue claro: no se trató de opiniones personales, sino de funcionarios utilizando recursos del Estado para denigrar a otros. Una violación constitucional en toda regla.
Esto es apenas la primera estocada. López Obrador lo sabe. Hay mucha tela por cortar, y sólo de Claudia depende si logra erradicar el virus obradorista que aún infecta a su gobierno.

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