BAILE Y COCHINO… // Horacio Cárdenas Zardoni

Nos llamó mucho la atención la nota aparecida el fin de semana pasado, en la cual se decía que expertos veían potencial para que el Centro Histórico de la ciudad de Saltillo se convirtiera en una especie de emulación, en miniatura, de la Colonia Condesa o de la Roma, de las más elegantes en su momento, en la ciudad de México.
El asunto nos llama a reflexión, porque como suele ocurrir con esta clase de declaraciones, no falta quien de inmediato se trepe al volantín, y piense que su chorizo saltillero pudiera llegar a parecer con una mano de pintura, un palacete de la era porfiriana. Esta clase de cosas deben tomarse con el debido cuidado, porque si no, la gente se aloca, y al ver que sus expectativas no se cumplen, se siente defraudada, y con toda la razón del mundo.
Por principio de cuentas, la fuente, la declaración la hizo Sandra Cuevas, en su doble, o triple calidad, primero de persona dedicada a los bienes raíces, lo que esto abarca de comprar, vender, rentar propiedades, a las cuales, por supuesto, hay que ponderar y poner por todo lo alto para que sea negocio para todos los involucrados, comprador, vendedor y comisionista; luego está su calidad de presidente de la Asociación Mexicana de Profesionales Inmobiliarios, organización empresarial en la que debe tener un prestigio bien ganado, como para haber sido electa entre todos los que están registrados, como su dirigente, y finalmente la no menos importante de experta, Sandra Cuevas debe saber de lo que está hablando, ya que vive de eso.
Pero una cosa es la visión eminentemente comercial de quien hace la declaración, y otra la realidad de que Saltillo, su centro histórico concretamente, pudiera convertirse en un determinado plazo y con una inversión importante, en una zona que hoy por hoy, es de las más solicitadas en la ciudad de México, por quienes buscan rentar o adquirir una propiedad para habitar.

De hecho si le escarbamos un poquito, la Roma y la Condesa se han convertido en la manzana de la discordia del llamado fenómeno de la gentrificación, uno que si hacemos caso a las leyes del mercado, se mueve por una mano invisible, invisible pero con un buen fajo de billetes entre los dedos, y la tradicional apreciación de la izquierda, la de cualquier parte del mundo y la de MORENA en nuestro país en este momento, que esas colonias deben permanecer como eran hace décadas, quizá imaginando que ambas colonias eran de gente pobre.
No es el caso, la Roma y la Condesa, desde su fundación como colonias, a finales del Siglo XIX, se diseñaron como asentamientos de clase media alta, o alta. Los terrenos sobre los que se edificaron casonas y palacetes, sin exagerar, no eran accesibles para campesinos, obreros o burócratas de bajos ingresos. Allí se asentaron algunas de las familias más ricas de la época del porfiriato, en unas casas que, envidiosamente, podemos calificar de ensueño.
Algunas de ellas permanecen, pocas como casa habitación, han sido adquiridas por empresas e instituciones para instalar sus oficinas. Otras fueron derruidas para construir edificios de departamentos, que tampoco fueron concebidos como vecindades, departamentos con toda la mano. Y sí, muchas de las casonas no resistieron este o aquel terremoto, y los edificios que las sustituyeron no guardaron el estilo ni el sabor de principios del siglo XX, ni tendrían por qué hacerlo, después de todo, las ciudades se adaptan al crecimiento, las necesidades y las posibilidades, pero algo sí le podemos decir, nunca fueron habitadas por las clases marginales de la ciudad de México.

Regresando a Saltillo y su centro histórico. No todas sus calles son iguales, algunas de ellas, las más cercanas a la plaza de armas, también tenían grandes casonas, edificadas en predios de buenas dimensiones, casas hechas con toda la mano, algunas de las cuales todavía se conservan, algunas pocas en su esplendor, y otras bastante dejadas, tan sencillo como que las sucesiones no siempre tienen el dinero o el interés de mantenerlas en perfectas condiciones, o las venden, o están intestadas. Esas las de clase alta.
Luego están las de clase media, más modestas en su diseño y factura, y por supuesto las de clase baja, los típicos chorizos saltilleros, en los que quienes las construyeron cuarto tras cuarto, no derrocharon ni un centavo en imaginación. En el centro histórico hay muchas vecindades, que de rescatable no tienen nada, y lo mejor sería derruirlas, pero eso no quita que satisficieran una necesidad de habitación antes y todavía.
También en el centro histórico hay muchos terrenos baldíos, en su momento fueron casonas, huertas y quintas, que literalmente se vinieron abajo por las razones antes mencionadas, para convertirse en estacionamientos, en talleres de autos, en tiraderos o en nada.
Nuestra tesis es que, si el centro, o Santa Anita, o el Ojo de Agua fueran a convertirse en algo especial… lo hubieran sido desde siempre. Si no lo son es porque sus habitantes estaban conformes con tener sus casas, sus calles, sus plazas, sus banquetas como estaban y como siguen. No es crítica, cada quien vive como quiere y puede, por eso nos incomoda esa apreciación de que podría nuestro centro histórico ser como la Condesa… ¿y por qué no como Park Avenue, como Campos Elíseos, como Paseo de la Reforma?, y sí, habrá proyectos, los ha habido: concreto estampado que simula piedra, pero no es; arbotantes de parecen hierro forjado, pero es puro latón, herrería de forja, que es comprada prefabricada… no, la gente reconoce lo que tiene y lo que quiere, querer engañar con utilería de segunda o tercera, haciéndola pasar por lo verdadero, eso no ha funcionado nunca, ni va a funcionar acá, ahora tampoco.
Y dirá ¿no hay esperanza?, claro, comencemos a vivir en casas como quisiéramos que fueran, y no nomás para que parezca lo que no son.

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