TELEGRAMA // Héctor Barragán

La organización de las Naciones Unidas carece de la fuerza necesaria, de la influencia, para hacer prevalecer el derecho y menos aún la justicia, no obstante declaraciones sesudas, humanitarias y los derechos consagrados por todos y cada uno de los pueblos.
El ejemplo actual es la «guerra» de Israel contra Palestina, donde se permite la confrontación de un país bien armado y poderes, decidido a la violencia desde siempre, ataca sistemáticamente a uno mucho menor, demostrando desde el inicio, que sacrifica 4 y muchos más nacionales pero cada uno de los que ha perdido.
Y los grandes de la ONU que no se someten a sus acuerdos salvo que haya consenso, es decir conformidad en algo de todos y cada uno de los asociados. Desde el fracaso de la vieja Sociedad de las Naciones se sabía que la nueva organización internacional iba a ser algo inútil, enerosa y generadora de pérdidas de tiempo y esfuerzos.
Y los grandes intervienen para su favor económico, junto al probable ganador simpatizante de sus modos de hacer la administración y la política, de lo que requiera hacer el pueblo perdedor de la contienda y no satisfaga a esos grandes. ¿No?

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