Reforma Vecinal: el derecho a la ciudad

BAILE Y COCHINO… // Horacio Cárdenas Zardoni

Foto: El Heraldo de Saltillo.

Vecinos de unas veinte colonias de la ciudad de Saltillo, integrados en asociaciones formalizadas y protocolizadas algunas ante notario, y otras menos formales, pero no menos interesadas en la atención de los problemas de su comunidad, andan promoviendo una reforma a la Ley de Participación Ciudadana del Estado de Coahuila de Zaragoza, en un movimiento que han dado en llamar ‘La Reforma Vecinal’.

Alguna gente se lo toma como poca cosa ¿cómo que vecinal?, en efecto, para mucha gente el nivel vecinal es el más bajo que pueda pensarse en la escala de la organización social, es el que está integrado por la gente que saluda uno todas las mañanas, o a la que ve, aunque no la salude, son las personas que se topa uno a querer o no, en la tiendita, en la tortillería, en todos los comercios del barrio, con ellos comparte los apagones, la escasez de agua, los baches de las calles, y si a esas vamos, hasta el ruido de los camiones, los malos olores del drenaje y las picaduras de los zancudos y garrapatas.

Efectivamente, fuera del techo familiar, es el nivel más elemental de la convivencia, sabemos de ellos, y ellos de nosotros, nuestros nombres, nuestros problemas, nuestras aspiraciones, nuestros chismes… es el escalón que está más a la mano de cualquier integrante de la comunidad, al que podemos acudir en casos de emergencia, como también somos nosotros los que recibimos y atendemos las llamadas de auxilio, no pocas ocasiones, más allá de nuestra capacidad para ello, pero para eso son los sacrificios, no para guardarlos para quién sabe quién, quien sabe cuándo.

En parte, por eso es que denominaron a su proyecto Reforma Vecinal, cuando lo normal es que se lancen por todo lo alto, poniéndose nombres rimbombantes, que luego no reflejan la realidad, y de la misma manera que nacen, se extinguen, pero cuando uno apela a lo básico, lo que vivimos y vemos en corto, las cosas tienen muchas más posibilidades de lograrse y de permanecer.

Lo que traen entre manos los integrantes de la ‘asociación de asociaciones’ es un asunto de lo más interesante, uno que por lo general, y estando ocupados, como siempre solemos andar, ocupados de mil cosas cada quien, damos por hecho, algo que por estar dado, no nos merece el más mínimo pensamiento. Nos estamos refiriendo al derecho a la ciudad… concepto abstracto que puede abarcar desde las aspiraciones más modestas, hasta las más elevadas, y sin embargo, como decimos, no nos merece la menor dedicación, ni en lo individual, ni mucho menos en lo colectivo.

Uno podría pensar que por el solo hecho de vivir en la ciudad, ya estoy gozando de mi derecho a la ciudad… y no, no necesariamente es así, porque en la ciudad que pensamos, no es la misma en que nos movemos cada momento de cada día de nuestra vida. El derecho a la ciudad, así como lo vemos nosotros, está más relacionado con una aspiración de lo que podría ser, de lo que debería ser, y no con lo que padecemos cotidianamente.

Si uno vive en una calle sucia, llena de baches, sin una sola planta en una jardinera, mucho menos un árbol que nos de sombra mientras caminamos, o una banca bajo otro árbol, para que nos detengamos a descansar o simplemente a pasar el rato, podemos decir que no estamos ejerciendo nuestro derecho a la ciudad, y eso que no hablamos más que de la pasada, ya si nos ponemos exigentes…

Uno como ciudadano, dejémoslo en habitante o en visitante, tiene derecho a respirar un aire limpio, no dañino, un aire como decían los antiguos, que huela a flores, a hierba, pero lo que encuentra es olor a gasolina y a diésel quemado, o peor, a medio quemar, emanaciones de drenaje como la de la mismísima avenida Presidente Cárdenas, al pie de la presidencia municipal… si eso es ahí, ¿cómo será allá en cualquier colonia?

Uno como saltillense tiene derecho a escuchar el arrullo de las palomas, el escándalo de las cotorras y pericos, el canto de algunos pájaros, el rumor del agua corriente, y en cambio lo que tenemos es el ensordecedor ruido de camiones, trocas y motocicletas que lo dejan a uno todo destemplado.

La verdad es que las ciudades no las vivimos, las sufrimos, las padecemos hasta que acaban con nosotros. No estamos exagerando nada con la expresión que usamos, cada año un número indeterminado de ciudadanos muere atropellada por algún vehículo, otros quedan dañados de por vida, no sabemos cuántos padecen de enfermedades respiratorias, digestivas y de otros tipos, por actividades industriales que ocurren en las ciudades, cuando que deberían ser en áreas exclusivas y bajo medidas de contención y remediación. Todo eso tiene que ver con el derecho a la ciudad.

También tiene que ver la forma en la que se autorizan las construcciones de nuevas casas, nuevos comercios, nuevos negocios, que presionan para mal nuestra calidad de vida, en franca violación a nuestro derecho a convivir en la ciudad.

Ahora andan trabajando por que logremos la consciencia de nuestro derecho a la ciudad, la verdad que emociona e ilusiona, y nos motiva para participar en la medida de nuestras posibilidades a que nuestras aspiraciones se conviertan en realidad. Vale la pena.

2 comentarios sobre “Reforma Vecinal: el derecho a la ciudad

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  1. El mejor proyecto de nuestras vidas siempre está por llegar!!!
    Así mismo la mejor calidad de vida en nuestra ciudad!!se puede lograr con empatía,sentido de pertenencia y buena voluntad en coparticipación de autoridades y vecinos de esta nuestra ciudad!!

  2. Un derecho fundamental a convivir y disfrutar con decoro y seguridad la ciudad, nunca es tarde para emerger como una fuerza de vecinas y vecinos que vive y da vida a una ciudad.

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