BAILE Y COCHINO… // Por Horacio Cárdenas Zardoni

Seguro ha visto usted por aquí o por allá las casetas de policía móviles. Son un verdadero espectáculo aquí en Saltillo.
Hubo una época en la que las sucesivas administraciones municipales se dedicaron a construir casetas en los sitios que consideraron estratégicos, en las colonias y barrios, aquellos que se consideraban más conflictivos y con mayores problemas de inseguridad. Aquellas casetas se ubicaban en parques, en camellones, en sitios bastante visibles y con buena comunicación, para movilizarse en caso necesario, algo que podía ocurrir varias veces al día, y muchas más durante las noches y los fines de semana, en que los saltillenses se alborotaban más que de costumbre.
Aquellas casetas de material, bueno todas son de material, pero dejémoslas en permanentes, tenían la intención de funcionar como pequeñas delegaciones o cuarteles, en cuanto que había un policía de turno todo el tiempo, y por lo general se disponía de una patrulla que se moviera a atender las situaciones que ameritaran su intervención, para regresar a su base.
El modelo era funcional, hasta que empezó a faltar el dinero, o no, cuando las presidencias municipales comenzaron a aplicar el dinero público a otras cosas, más vistosas que mantener una presencia policiaca en las colonias.
Primero quitaron las patrullas, luego quitaron los policías y las casetas fueron automáticamente tomadas por los vagos, pandilleros y malvivientes de las propias colonias. De ser el punto de la seguridad, se convirtieron en el sitio de la inseguridad, porque es donde se juntaban a beber, a drogarse, a dormir, a violar, o lo que se les ocurriera en el momento.

Luego vino algún alcalde, que mientras anduvo en campaña, recibió las quejas de los vecinos de que las casetas se habían convertido en sitios inseguros y peligrosos, la petición era que se regresara al esquema anterior, de tener un policía allí de planta y que de allí se movieran las patrullas, siendo la idea que nunca estuviera sola la caseta. Pero como los políticos nunca regresan al pasado, el alcalde de referencia se dedicó a derruir las casetas policiacas, con lo que la gente quedó todavía peor de desprotegida que antes. Una inversión de recursos públicos se convirtió en cascotes.
Luego vino otro presidente municipal, ya más recientito, que regresó a las casetas, pero no con carácter permanente, sino con casetas móviles. No sé que opine usted, pero a mí me parecen entre ridículas y riesgosas esas casetitas de un metro cuadrado de base por dos o poquito más de alto. Hay otro modelo, el de lujo, el que ponen para cuidar las cercanías de la casa del gobernador o del alcalde en turno, estas son más amplias, cuentan con iluminación, cámaras de vigilancia, radiocomunicación, probablemente hasta armamento, están montadas sobre pistones, con lo que pueden subir hasta cuatro metros, dándole seguridad y visibilidad al personal que las opera.

No, las otras son las de lástima, tienen el tamaño de una letrina, que hasta donde sé, no tienen, y como normalmente las dejan en la vía pública, cualquier vehículo tripulado por gente malintencionada las puede embestir, incapacitando o matando al oficial a cargo, que no puede alejarse de ella más que para estirar las piernas, tan de poco respeto son estas casetitas.
Pero lo interesante de estas es que el municipio, la comisaría de seguridad las considera una estrategia para la atención de la demanda ciudadana de seguridad. Que en una colonia las cosas se pusieron color de hormiga roja, pues van y ponen una caseta, las cosas se calman, o más bien se mueven dos cuadras más para arriba o para abajo, y ya en calma supuesta, consideran innecesaria su permanencia, y las mueven a otro punto crítico de la geografía del municipio, momento en el que los vándalos, vagos y demás, hasta fiesta hacen de que se fue el vecino incómodo.
Que sí, dice la autoridad que es imposible tener una caseta en cada colonia, ni de las de lata ni de las de concreto, mucho menos las de lujazo, según cuentas de la comisaría, hay solamente 25 casetas, que no alcanzan para las quien sabe cuántas colonias hay en la ciudad de Saltillo, para no hablar de los caminos y los ejidos, definitivamente que no alcanzan, apenas tienen un carácter simbólico… del que cada vez menos maleantes hacen caso, pero bueno, ánimas que las cosas no se pongan feas y los agarren de blanco.

Vallanse ala V los alcaldes y el puto manolo