RETRIBUCIONES

Por: Luis Enrique Morales.-
No fue torpeza. No fue improvisación. Y tampoco fue una derrota accidental. Fue por miedo a perder en las urnas. Lo que vimos en las últimas semanas con la reforma electoral de Claudia Sheinbaum se parece mucho más a un sabotaje calculado que a un tropiezo legislativo. Porque cuando una presidenta presenta una iniciativa sabiendo que no tiene los votos, prepara desde antes el terreno, negocia, insiste… cosa que no pasó. Hizo un borrador maltrecho de reforma y lo dejó naufragar a la deriva.
Los hechos son duros. Desde el 7 de marzo ya se reportaba que Sheinbaum preparaba un plan alterno y que en ese plan se pensaba priorizar la revocación de mandato en 2027. Pero junto a la revocación, una serie de puntos totalmente ilógicos, alteraciones constitucionales que parecían escritas con tal irracionalidad que predisponían el fracaso.
Luego vino el primer naufragio. La reforma original cayó en la Cámara de Diputados el 11 de marzo. Y Sheinbaum, lejos de disimularlo, aceptó que mandó su proyecto a sabiendas de que no reuniría los 334 votos necesarios. Esa frase es central. Porque una cosa es perder una votación; otra muy distinta es entrar a una batalla legislativa sabiendo de antemano que no tienes los números. Ahí ya no estamos frente a un error de cálculo: estamos frente a una decisión política consciente.
¿Y qué hizo después? ¿Corrigió? ¿Buscó un consenso mínimo? ¿Sacó del camino lo que dividía a su propia coalición? Todo lo contrario. Reunió a sus aliados en Palacio Nacional, les delineó un plan B y los empujó a respaldarlo “sin fisuras”. Hubo incluso un acuerdo formal para reconstruir la coalición. Pero aun así Sheinbaum mantuvo en el centro la modificación al artículo 35 para adelantar su revocación de mandato, empalmarla con la elección de 2027 y abrir la puerta a que la Presidenta estuviera políticamente metida en esa contienda. Si de verdad quería salvar la reforma, ése era el primer punto que debía quitar. No lo quitó. Lo defendió. Lo convirtió en bandera.
Y ahí está la clave de esta historia: Sheinbaum no construyó una reforma para pasar; construyó una reforma para chocar. Ya lo sabían sus operadores. Ya lo sabían sus aliados. Incluso dentro del propio morenismo se aceptaba que con el PT y el Verde no podía negociarse “lo esencial” de la reforma. Aun así, la Presidencia puso en el centro justo el punto que más resistencia provocaba: la revocación adelantada. No fue descuido; fue una forma de amarrar el destino fatídico de la reforma a la cláusula más inviable.
¿Por qué hacerlo así? Porque la verdadera lectura no está en el discurso oficial de “ahorro”, “austeridad” o “democracia participativa”, sino en el temor. La revocación de mandato, planteada como la colocó Sheinbaum, dejaba de ser un mecanismo ciudadano de control para convertirse en una ruleta política. Si la Presidenta aparecía en el centro de la boleta de 2027, la oposición tendría una causa de movilización; si la participación se disparaba, la consulta podía volverse vinculante; y si el desgaste del gobierno se profundiza en los próximos meses, Morena podría entrar a la intermedia con su activo más importante convertido en flanco de ataque. Varios análisis advirtieron justamente ese riesgo: poner a Sheinbaum en la boleta no necesariamente fortalecía al oficialismo; también podía reanimar a la oposición y hacer ver que Morena ya no tiene el apoyo de la mayoría.
Eso explica la aparente contradicción: Sheinbaum presentó su reforma como una cruzada para corregir excesos del sistema electoral, pero la subordinó al componente que más la comprometía políticamente. El resultado fue el previsible. El PT le frenó la modificación del artículo 35; el Senado sólo aprobó una versión recortada del plan B; y lo único que sobrevivió fue una reforma menor, reducida a tres temas: regidurías, gasto de congresos locales y topes salariales para altos funcionarios electorales. Todo lo demás, lo medular, se desfondó.
Sheinbaum fue víctima de sus aliados. No; a sus aliados los puso exactamente donde ella quiso ponerlos: frente a una cláusula diseñada para perder. La presidenta eligió atar toda la reforma obradorista al tema más conflictivo, aunque ya había señales claras de resistencia. Sabía que podía perderlo. Quizá precisamente por eso lo sostuvo. Porque una reforma electoral realmente exitosa le habría exigido abrir negociación, ceder, separar lo técnico de lo propagandístico y asumir costos internos. En cambio, una reforma fallida pero estridente le permite otra cosa: victimizarse, culpar a los otros, posar como reformadora incomprendida y conservar intacto el discurso de que “ella sí quiso cambiar el sistema, pero no la dejaron”.
Así que no: Sheinbaum no fue derrotada solamente por la oposición ni por el capricho del PT. Sheinbaum escogió el terreno, eligió el momento, amarró la reforma al explosivo más inestable y avanzó aun sabiendo que el costo podía ser el fracaso. Eso no es ingenuidad. Eso no es mala suerte. Eso se parece mucho a un auto-sabotaje con cálculo político.
Cabe resaltar que la revocación de mandato, no se origina de Sheinbaum, sino del ex presidente López Obrador. Para algunos analistas, éste podría ser el inicio de la ruptura al interior de la 4T. El poder de los López, cada día que pasa, se desvanece. La verdadera pregunta es ¿Cuál será el siguiente movimiento de los Obradoristas contra Sheinbaum?

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