TELEGRAMA // Héctor Barragán

Cuántas veces oímos de diferencias en el destino de una herencia, de pequeña parcela, un legado de pesos que llevó a la muerte de uno de los presuntos herederos, a la disolución de una familia, lamentando en cabeza ajena el problema, que sin embargo suele presentarse a los más elevados niveles, sin que exista el derecho a contravenir la voluntad del finado, ni a la capacidad de manejar el dinero del negocio que se disolverá en sus manos con toda celeridad, por ineficiencia o falta de dedicación.
Porque en el fondo los perjudicados son todos los integrantes de la familia, llenos de amargura y resentimiento y ante el daño irremediable en el pobre o grande legado económico.
Rencor y amargura que cargarán por el resto de sus vidas, en notable perjuicio de su salud, en la terrible situación de que una familia llevada con paz y éxito sin duda parece lejana. Durante una generación y frente al fracaso ineludible del proyecto lejano.
No se necesita mucho cacumen para encontrar que la mejor solución es la del finado, al que hay que respetar, para tener la certeza de que en su tiempo tendrán el apoyo para sí de sus allegados. Al menos es sencillo encontrar tal solución.

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