
Por: Edgar Eduardo Tolentino Armendariz.-
Parras se fundó hace más de 400 años. Por aquellos tiempos, la misión jesuita se encargó de congregar a grupos seminómadas que se asentaron en un pequeño espacio del semidesierto mexicano. El S.J. A. Churruca, el Profesor H. Barraza, A. M. Esparza y M.Sakanasi, recuperan parte de la fundación de Parras y la describen como un acto “…sin formalidad ni solemnidad…” [1]. La gente se dio cuenta que había tierras fértiles y suficiente agua como para asentarse y obtener buenas cosechas. Y así, la gente de a poco en poco fue llegando con el deseo de un próspero futuro.
Tanto la fundación, su desarrollo y la época actual, no se explicarían sin las condiciones climáticas favorables propias de un oasis: árboles y cultivos abundantes, microclimas, condiciones favorables para la agricultura. Ya que el agua es un elemento fundamental para la subsistencia humana, las fundaciones de las ciudades guardan una relación estrecha con su abastecimiento. Lo anterior, no es la excepción en la ciudad de Parras de la Fuente.
Antes de ser pueblo mágico, Parras contaba con vastas huertas de árboles frutales y vid. Previo a los nogales, la gente habla de la siembra de la milpa: maíz, frijol, calabaza, tomate, chile. Hasta se habla de semillas criollas de diversos cul-vos que se fueron perdiendo por la sombra de las huertas del nogal.
Fluía abundante agua por las acequias proveniente de los veneros de agua que salen de la parte alta del Municipio. Antes de la llegada de las maquinas perforadoras, de los pozos profundos y de la insaciable sed de dinero, se sembraba con el agua que había. Había norias que se hacían con pico y pala, sirviendo en ocasiones para regar cuando las nubes daban tregua. Sin embargo, cuentan que llovía seguido y no hacía tanto calor, por lo que su uso era muy ocasional.
Ese Parras ha quedado en el pasado. Ahora, como al principio, llegan personas de otras ciudades en busca de “abundancia” que no es más que estatus y dinero. Con el avance de la tecnología, se observa un crecimiento irracional en la cantidad de huertas de nogal, de viñedos, de invernaderos que usan maquinas perforadoras para extraer agua del subsuelo. Pozos de 100, 200, hasta 500 metros de profundidad extraen agua sin control ni medición, pero sí con una sed despiadada.
La crisis se agrava con el vacío de autoridad que existe en la Conagua y la incongruencia del Ayuntamiento para hablar mucho y no hacer nada, lo cual ha generado que existan innumerables pozos que extraen tanta agua como desean. Aquellos que cuentan con mayor capital han hecho pozos más profundos, acarrean agua de las partes altas a las bajas, instalan bombas e infraestructura hídrica más grande y potente. En pocas palabras, sacan lo que quieren y nadie les dice nada.
Por otro lado, los campesinos han visto secar sus huertas y sus pozos, innumerables tajos se han perdido por lo que el agua ya no corre por las acequias; la sequía y el saqueo los han afectado al grado de observar como el gusano barrenador y otras plagas acaban con sus cultivos. Mientras los ricos florecen con lagos artificiales, viñedos y fraccionamientos para la élite; la clase trabajadora deja el campo, vende sus tierras y trabaja de forma precarizada para los nuevos caciques del agua.
Así pues, Parras el primer «Pueblo Mágico» del norte del país corre el riesgo de convertirse en una broma de mal gusto: la magia de hacer desaparecer el agua para el beneficio de unos cuantos. De continuar la extracción descontrolada, la inacción de las autoridades y la falta de acuerdos con los agroindustriales, seremos la generación que atestiguó el fin del oasis.
Parras sobrevivió a cuatro siglos de historia, pero su sentencia de muerte la está firmando la avaricia de unos cuantos.
1 A. Churruca, H. Barraza, A. M. Esparza y M. Sakanasi (1990), El sur de Coahuila an@guo, indígena y negro.
COLECCIÓN JESUITAS BIBLIOTECA PEDRO ARRUPE SJ

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