RETRIBUCIONES

Por: Luis Enrique Morales.-
Con los rostros desencajados, ojeras marcadas y semblante grisáceo, casi fúnebre, los candidatos morenistas que más alarde hicieron durante la campaña terminaron siendo, paradójicamente, los más vapuleados en las urnas. Aquellos que llegaron con discursos incendiarios, con soberbia de conquistadores y con la bandera de una supuesta transformación, acabaron retratados por la realidad: Coahuila no les abrió la puerta.
Ayer, mientras hacía fila en la casilla donde me correspondió votar, en la colonia República de Saltillo, pude conversar con un grupo de personas mayores. No eran priistas. De hecho, me lo dijeron con toda claridad: “Aquí en la colonia somos panistas de hueso colorado, pero con tal de que no gane Morena, vamos todos a votar por el PRI”. Y así fue.
Y dicho y hecho, el Revolucionario Institucional arrasó en estas elecciones, pero no sólo por merecimiento, sino que la ciudadanía observa al monstruo tal cuál es: saben que Morena no debe apoderarse de Coahuila.
Los votantes coahuilenses entendieron que esta elección no se trató únicamente de defender colores, siglas o simpatías partidistas; se trató de cerrar la puerta antes de que la casa fuera invadida por la peste. Coahuila votó con memoria, con cautela y con instinto de supervivencia.
Durante la jornada electoral, circularon imágenes que premonizaron el desastre morenista. Se viralizó un video de ‘Tony’ Flores golpeando a un ciudadano afuera de una casilla. También se observó a Alejandra Salazar discutiendo con personas en la entrada de una vivienda, en medio de señalamientos de que intentaba impedir el voto priista. A la par, Alberto Hurtado se quejaba de hostigamiento.
Pareciera que no son de aquí. Que no entienden a Coahuila. Que llegaron con otras formas, otras mañas, otros ‘moditos’ que no corresponden a estas tierras. Como si hubieran intentado sembrar en el norte una semilla traída de terrenos oscuros, sin entender que aquí la gente todavía distingue entre carácter y bravuconería, entre liderazgo y amenaza, entre política y pandilla.
Bastó observar que, aun sin concluir el conteo preliminar del PREP, Ariadna Montiel, la dirigente nacional de Morena, ya lloraba amargamente la derrota, alegando “trampa”, al más puro estilo del viejo libreto obradorista: cuando ganan, es voluntad del pueblo; cuando pierden, es fraude.
Ese discurso ya está gastado. Ya no conmueve. Ya no intimida. Ya no prende.
El triunfo contundente del PRI en Coahuila revela algo más profundo que una simple victoria electoral: revela que, hoy por hoy, el estado repudia a la Cuarta Transformación. La rechaza no por capricho, sino porque ha visto lo que ocurre donde Morena entra.
“Aquí no permitiremos que entren los narcos”, me dijeron en la fila de la casilla. Les di la razón. Después pasé a emitir mi voto en una casilla tranquila, serena, con ciudadanos formados en silencio, pero con convicción en el rostro.
Esa convicción que no se le vio a Ale Salazar, ni a Antonio Attolini, ni a Tony Flores, ni a Alberto Hurtado en sus videos del día de ayer en la elección. Porque ellos ya lo sabían. Lo sabían desde antes de que cerraran las casillas. Se les veía en la mirada, en el tono de su voz, en los gestos desesperados: se sabían derrotados.
Y su profecía se cumplió.
Amarga para ellos. Dulce para Coahuila.

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