Las publicaciones en redes sociales de violencia, crímenes, accidentes o conflictos sociales tienen un poder de atracción masivo y veloz, si bien sobre el cibernauta, también sobre los profesionales de la comunicación. Ambos estarían requiriendo atención especializada inmediata.

PALABRAS MAYORES // David Guillén Patiño
Firmas como Interactive Advertising Bureau (IAB) y Llorente y Cuenca (LLYC) estiman que en México operan entre 1.9 y 3.3 millones de creadores de contenido en todas las plataformas de interacción social.
De esta manera, el país se consolida como el segundo mercado más grande de la creator economy en América Latina, después de Brasil.
Dicho anglicismo se refiere al ecosistema económico que permite a los llamados “youtubers”, “podcasters”, “streamers”, “influencers”, educadores en línea, escritores de “subdomains/newsletters” y fotógrafos monetizar sus trabajos, conocimientos o marcas a través de plataformas digitales.
Millones de usuarios de internet suben videos de forma casual, pero la cantidad de canales que operan como verdaderos negocios o perfiles de alto impacto se reduce a 152 mil creadores profesionales, unos 750 espacios de YouTube con más de un 1 millón de suscriptores y 8 mil canales con por lo menos 100 mil seguidores. Aun así, la cantidad de canales sigue siendo alarmante.
Por otra parte, registros del Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT) y de la Secretaría de Gobernación (SEGOB) señalan que en México operan unas 2 mil estaciones de radio, asimismo, existen entre 900 y mil canales o señales de televisión abierta y circulan de 700 a 800 periódicos y revistas.

Para sobrevivir, este tipo de medios, denominados “tradicionales” —radio, televisión y prensa escrita—, se han visto en la necesidad de llegar al extremo de imitar las dinámicas y el lenguaje propios de los creadores digitales, de modo que, por ejemplo, un periódico impreso o estación de radio son también portales web de noticias, canales de YouTube y productores de videos para redes sociales.
En general, el éxito de la creación de contenido está respaldado por la psicología del comportamiento y una comprensión de cómo operan los algoritmos en la red.
Los trucos más efectivos para romper la barrera de la indiferencia del usuario, son: el gancho de los tres segundos (the hook), la asimetría visual, el ritmo acelerado (pattern interrupt), la ingeniería del clic y, desde luego, la naturaleza del contenido.
En este último punto es cuando el valor informativo suele sustituirse por la manipulación del morbo y la idiosincrasia de la audiencia, llegándose a transgredir, tanto la ley, como los códigos éticos y morales socialmente aceptados.
En tanto, llama la atención que las firmas de análisis de audiencias HubSpot y Metricool, y el propio algoritmo de YouTube, coincidan en que el éxito de los contenidos ya no depende del formato en que estos se presentan (por ejemplo, en video o texto), sino del estímulo psicológico que provocan.
El rey indiscutible de las redes sociales es el contenido orientado al entretenimiento puro y al «escapismo» personal, a lo cual le sigue la fusión de la educación o información con el entretenimiento («infotenimiento») y la curiosidad (“edutainment”) y, en tercer lugar, mensajes de conexión humana y los «detrás de cámaras» (“relatability»).

Particularmente las publicaciones de violencia, crímenes, accidentes o conflictos sociales tienen un poder de atracción masivo y prácticamente inmediato sobre el cibernauta.
En el entorno digital, este fenómeno no solo se mantiene, sino que se amplifica, debido a la inmediatez de las plataformas y a la viralidad de las redes sociales.
Este magnetismo no es casual, sino que responde a un mecanismo biológico y psicológico profundo que los creadores de contenido y los medios de comunicación, tanto tradicionales como digitales, conocen y explotan de manera regular.
¿Por qué estos temas capturan la atención con tanta fuerza? Desde una perspectiva evolutiva, el cerebro humano está programado para prestar mucha más atención a las amenazas, peligros y conflictos que a las situaciones positivas o neutrales.
El diseño de los algoritmos de redes sociales como TikTok, Facebook o X (ex Twitter) aprovecha un comportamiento digital moderno conocido como doomscrolling, es decir, el hecho de deslizar la pantalla de forma obsesiva para consumir malas noticias. Ciertamente, existe entre los usuarios de internet un componente psicológico innegable ligado al morbo.
Las historias de conflicto o violencia generan una intensa estimulación emocional, en la que entran en juego la adrenalina, la indignación, el miedo y/o la compasión.
Otro efecto de este tipo de publicaciones es que generan bandos que, a su vez, causan interacción. Una historia de violencia o un conflicto político/social despierta un deseo inmediato en el cibernauta de expresar un juicio moral.

Este altísimo nivel de atención plantea un dilema ético para quienes gestionan portales de noticias o canales digitales.
Sucede que la sobreexposición a conflictos exhibidos en internet tiene un impacto psicológico, emocional y social que el internauta sufre al centrar su atención de manera continua, masiva y sin filtros a imágenes, debates, crisis y tragedias a través de los medios de comunicación tradicionales y plataformas de interacción social.
A diferencia del colapso informativo general, que se refiere a un exceso de datos diversos, este fenómeno se enfoca específicamente en la carga de hostilidad, violencia y sufrimiento humano, como: guerras, polarización política, desastres, discusiones en foros públicos.
Cuando se consume este tipo de contenido de forma desmedida, se desencadenan tres efectos principales: fatiga por compasión (catalogada como “desgaste empático”), así como reactividad y polarización y, lo que considero peor: una visión distorsionada del mundo, mejor conocida como “Síndrome del mundo cruel”).
Descrito originalmente en la teoría de la cultivación, este tercer trastorno psicológico hace que las personas que suelen consumir noticias violentas o conflictivas perciban el mundo como un lugar mucho más peligroso, hostil y deshonesto de lo que realmente es, lo que eleva los niveles de paranoia y ansiedad generalizada.
En esencia, la sobreexposición a conflictos agota nuestras reservas de empatía y nos hace olvidar que, fuera de las pantallas, la convivencia humana también está hecha de cooperación, cotidianidad y neutralidad.
Este fenómeno es especialmente complejo para quienes trabajan directamente con la actualidad —como periodistas o investigadores—, ya que el conflicto es parte de su materia prima, lo que los obliga a desarrollar barreras de protección psicológica para evitar el cinismo o el desgaste profesional.
Para los profesionales de la comunicación, el conflicto y la tragedia humana no son ruidos de fondo, sino una cruda realidad, así que cuando el coste emocional de procesar ese dolor supera la capacidad de asimilarlo, aparece la denominada “fatiga por compasión”, que se define como el resultado directo de absorber el trauma ajeno.
Identificar este desgaste a tiempo es crucial, según sus tres fases: 1. Embotamiento emocional y cinismo. (Las historias que antes conmovían o movilizaban, ahora dejan a la persona fría e indiferente). 2. Intrusión o trauma secundario: flashbacks o imágenes de los conflictos que la persona ha estado observando, editando o redactando aparecen en su mente en momentos de descanso. 3. Hipervigilancia y ansiedad, incluida la sensación de que algo malo está a punto de suceder («Síndrome del mundo cruel»).
Proteger la salud mental, tanto de los usuarios de las redes sociales como de quienes ejercen profesiones u oficios con alta exposición a los conflictos, no es un lujo. Si no se cuidan los filtros, la persona terminará “rompiendo el motor”, en detrimento propio y ajeno.
davidguillenp@gmail.com

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