BAILE Y COCHINO… // Horacio Cárdenas Zardoni

Nos encontramos de nueva cuenta en esa época del año, en que todo el mundo quisiera llevar agua a su molino. Perfectamente justificado, cada dependencia del poder público tiene responsabilidades frente al pueblo, algunas directas y otras menos, pero en una democracia se entiende que todo empleado de gobierno es ante todo, un servidor público, pero por supuesto, para poder ejercer ese servicio público, requiere de elementos de las más distintas clases, en cantidad suficiente y de preferencia, que hasta sobre para atender imprevistos, y para dejar como mínimo el basamento de lo que se requerirá en los años por venir, porque el gobierno y la administración pública son así, si no eternos, sí infinitos, y deben estar debidamente pertrechados de aquí hasta el mismísimo día del juicio final.
Pero los recursos económicos de las arcas nacionales padecen una sequía crónica, es más, una astringencia de dinero que se viene agudizando con cada año que pasa, y las fuentes tradicionales de ingresos, las que dieron lugar en su momento al milagro mexicano, al Mexican moment, y otros periodos de bonanza, cada vez más esporádicos, con cada vez menor duración y menor alcance, se han venido secando, y tanto que, ahora en vez de proveer, demandan, y no nos extrañaría que acaben en unos pocos años, costando más dinero del que alguna vez aportaron.
Haciendo un paralelismo inconveniente pero funcional, la capacidad del gobierno de la república de satisfacer con suficiencia todas y cada una de las necesidades de las dependencias públicas, para que estas a su vez atiendan las de la población en general, está tan mermada como la posibilidad de que México pague los 300 millones de metros cúbicos de agua que debemos como país a los Estados Unidos, en el marco del tratado de límites y aguas que tenemos celebrado con ellos desde la década de los años cuarenta del siglo pasado.
Pero lo que se hace notorio en estos momentos, cada año, podríamos denominar miopía presupuestal, caracterizada esta por la incapacidad de las dependencias, organismos, sectores, actores sociales y económicos, grupos de interés, y en general, de todas las formas que pudiéramos pensar de organizar o agrupar a la población, de algo muy concreto: pensar como un todo.

Las demandas de los trabajadores del IMSS para que de los insumos indispensables para prestar servicios de salud a los derechohabientes que contribuyen quincenalmente o semanalmente para el sostenimiento de la entidad que les brinda servicios médicos y asistenciales, está plenamente justificada, sobre todo cuando comparamos cómo eran las cosas en el pasado y cómo son las cosas en el presente, siendo notorio para los de cierta edad el deterioro registrado, si además pensamos que ahora se exige al IMSS atender a mucho más del doble de los que originalmente eran sus derechohabientes que pagan, con la nueva obligación de atender a millones de mexicanos que no contribuyen, y no se cuenta con la correspondiente asignación presupuestal para sostener una calidad de los servicios mínima, la situación se torna críticamente explosiva.
Lo mismo pasa con la educación superior, las asignaciones presupuestales se han venido restringiendo durante los pasados 8 años, periodo en el cual se les ha exigido incorporar cada vez más alumnos, con la consecuencia obvia de qué, quienes hoy ingresan a las aulas universitarias, reciben servicios mucho menores que los que tenían quienes estudiaron antes de que llegara a la cuarta transformación al poder público federal.
La tónica declarada ha sido desde el principio la de hacer más con menos, pero esto en la práctica se ha traducido en llevar la capacidad de las distintas instituciones y dependencias a niveles peligrosos, forzando la infraestructura física, los recursos humanos, los equipos que se van volviendo obsoletos hasta su límite de rompimiento.
Y encima se les ha pretendido castigar a todos con incrementos salariales por debajo de dos parámetros que hasta hace poco eran inamovibles: el índice inflacionario, y el porcentaje de incremento de los salarios mínimos generales. Mientras que el año pasado el incremento al salario mínimo fue de 13% para tener vigencia este 2026, el ofrecimiento a la burocracia apenas llegó al 4%, y lo que detonó el problema con el IMSS fue que la oferta, supuestamente aprobada por el sindicato, sin consultar a los trabajadores, fue del 2. 9%.
Los empleados quieren salarios, las instituciones exigen insumos, quienes atienden al público demandan recursos para atenderlo, y simplemente no hay dinero para todo, si el escritor portugués José Saramago escribió su novela Ensayo sobre la ceguera, los mexicanos estamos experimentando en carne propia un ensayo sobre la miopía presupuestal.
Y aunque sabemos, o más bien sospechamos que existen prioridades que no se tocan, mucho nos tememos que este padecimiento, la miopía, cada vez está afectando a cada vez más ciudadanos, y en un futuro previsible, no habrá un ciudadano al que el gobierno no le esté quedando a deber.

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