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El saltibús que todos queremos

Baile y cochino

Escribe: Horacio Cárdenas

combi

Luego de tres años y medio de demagogia, que se suman a decenios de incompetencia, complicidad, complacencia, pusilanimidad, cobardía y contubernio, el transporte público concesionado en la capital del Estado de Coahuila se halla no vamos a decir que en uno de sus peores momentos, sino en un estanco cualquiera de ineficiencia en la prestación del servicio, y en una demostración, como si todavía hicieran falta más, de que el gobierno municipal de Saltillo vive dedicado a administrar la anarquía.
Bien dicen que dicen los químicos, que si no eres parte de la solución, eres parte del precipitado… y en el caso de la actual administración, es un ejemplo clásico del grado al que un ayuntamiento que comenzó con las más altas expectativas, termina rindiéndose a los mismos intereses mezquinos, a cambio por supuesto, de que no molesten mucho, que hagan como que hacen, y se mochen con una corta, que seguramente nada tiene de modesta, y por el contrario, debemos de estar hablando de muchos millones de pesos.
Toda la tramoya tendida en torno al tristemente célebre Saltibús, se vino abajo a una velocidad pasmosa: cien kilómetros por hora que dicen que era a lo que viajaba el camión de la Ruta 3-A Valle Verde por las calles de la Colonia Diana Laura Riojas. A lo mejor el lindo logo ese, el de los aros de colores a los que solo le falta uno o dos para ser olímpicos marca registrada, le servirá de adorno a la sepultura del niño Sebastián Martínez, quien a sus cuatro años de edad, fue atropellado y muerto por el vehículo en cuestión.
Mire, no nos interesa averiguar si el concesionario Arturo Becerra era de los que firmaron el fideicomiso del Saltibús a la primera o haciéndole manita de puerco, tampoco nos importa si formaba parte de las rutas alimentadoras o de las troncales, si era de los que dizque van a tener aire acondicionado, o si el chofer había pasado las pruebas de confianza, los cursos de capacitación o lo que sea con lo que están cerniendo a los que sirven de los que no sirven para circular por las peligrosas calles y avenidas saltilleras, lo que sí nos importa es que por las arterias de la ciudad capital, la que está por convertirse de nueva cuenta en la mejor del mundo, es un riesgo de muerte andar para un peatón no suficientemente avispado.
En un extraño giro en la redacción de las notas que dan cuenta del asesinato, ¿se vale llamarlo asesinato o debemos de quedarnos en el eufemismo de accidente, tragedia o incidente?, ahora salen con que la culpa la tuvo el niño, a quien su tío mandó a la tienda del padrino, con tan mala suerte y cruel destino que esta no se hallaba en la misma acera, sino enfrente, con lo que el destino de Sebastián estaba por decirlo así, sellado.

O no tanto ¿cuántas veces habría cruzado la calle, solo o de la mano de padres, hermanos u otro pariente?, nos imaginamos que miles, a lo mejor lo conocido del recorrido lo hizo efectivamente demasiado confiado, no voltear a ver si venía un vehículo, pero dicen los testigos que sí volteó, y aún así se echó a correr para ganarle el paso al camión. Error imputable a quienes debían prevenirlo de que con los carros, trocas y camiones, pero sobre todo estos y los taxis, no se apuesta, porque pocas son las posibilidades de ganar, y sí muchas las de perder hasta el pellejo.
Pero ponga que si el camión hubiera venido circulando a una velocidad ya no digamos reglamentaria, lo cual es pedirle peras al olmo, porque todo en torno al transporte concesionado está corrompido hasta la médula, si no respetan el pago de impuestos, la

obligación de plaquear las unidades, de capacitar al personal, de dar mantenimiento a los vehículos, ¿quien voltea a ver los reglamentos si es que dicen algo, o las señales de tránsito que están de puro adorno?
Y es que a ver: de todas las cuestiones que dicen que contempla del proyecto del Saltimbanqui-bus, ¿a alguien se le ha ocurrido sugerir siquiera que a los motores de los camiones se les ponga gobernador… o bueno, aunque sea presidente municipal, para que no puedan viajar a más de equis velocidad?, bueno, ¿alguien ha considerado cuál es la velocidad a la que deben desplazarse estando en servicio estas unidades, y a cual pueden viajar cuando van a encerrarse, digamos su velocidad de crucero?
Alguien sugirió que por las calles de la Diana Laura debía ir cuando mucho a treinta kilómetros por hora, ¿pero es esa la versión de la autoridad?, y si es así, ¿hay disposiciones equivalentes para toda la ciudad?, más nos parece que ese alguien se sacó la respuesta de la manga del muerto, pero habiéndola, es obvio que el chofer, de quien además dicen que no tenía antecedentes penales de ninguna clase, violaba flagrantemente las supuestas disposiciones.

Todos sabemos, por mala experiencia, que esos camiones aceleran tan rápido como un carro, y que por su masa o por el tamaño de sus ruedas, alcanzan y dejan atrás a cualquier conductor que vaya ocupado en no tener un accidente de tránsito. ¿Porque entonces no les instalan los ya citados reguladores de velocidad, digamos, que solo puedan desplazarse a cincuenta kilómetros por hora, en vez de los cien de este caso específico o los todavía más a los que viajan los que hacen las ruta a Ramos Arizpe y Arteaga?, es una reparación de a quinientos pesos, cuando mucho por unidad, y una que redundaría en una reducción del número de accidentes en que se ven metidos los autotransportes.
Lo dicho, se metió el alcal-de Jericó Abramo a querer arre-glar lo que no tenía idea siquiera de todo lo que implicaba, no solo se trataba de meter en cintura a un gremio poderoso política y económicamente, sino a uno que se niega sistemáticamente a sa-crificar sus ganancias para cum-plir con disposiciones que les represente el más elemental costo. Por supuesto que ir despacio les significa dejar de ganar dinero, pues sí, ¿pero cuantos accidentes no han sufrido los saltillenses por esta desmedida ansia de dinero?, demasiados, ante la incompeten-cia de una autoridad que por andarse por las ramas, en los adornitos y por allí dicen que en los negocios turbios, no se ocupa en enterarse de todo lo que implica administrar un transporte tan francamente ajeno a todo ordenamiento.
Ya para esta hora y día ni quien se acuerde del asesinato, accidente, incidente o como quiera llamarle de Sebastián Martínez, cuando mucho y muy a la mexicana, sus familiares plantarán una crucesita de madera o metal allí donde fue el crimen. El alcalde andará como siempre, con la conciencia tranquila de haberle quitado la concesión al concesionario, con echarle la culpa al chofer que andaba jugando carreras, a quien si llegan a agarrar, no tardan en sacar del bote los abogados de la CTM, la CROC o quien sea que lo patrocina, incluso del Saltibús.
¿Cuando ocurrirá el siguiente accidente?, difícil decir con precisión, pero no tarda mucho, así son estas cosas, nos volveremos a escandalizar, a exigir soluciones, pero en el fondo no se resuelve nada de lo técnico, de lo decente, que es lo que podría prevenir que estas cosas vuelvan a ocurrir.

 

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