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Juárez ante «¡aquel bárbaro remedio!»

Hace escasas dos semanas, el pasado 18 de julio, se cumplieron 142 años del fallecimiento de Benito Juárez García, quien, a mi juicio, ha sido, si no el mejor, sí uno de los más sobresalientes presidentes de México, por muchas razones.
Me parece una buena ocasión para rememorar esos momentos aciagos que rodearon su muerte, mismos que considero una lección de vida. Para ello, hago referencia de un singular registro histórico, acerca del cual comenté en alguna ocasión en éste mismo espacio.
Según el escritor campechano Héctor Pérez Martínez, así lo narraría luego Ignacio Alvarado, el benitomédico que atendió al Benemérito de las Américas, horas antes de fallecer, víctima de «neurosis crónica del gran simpático» (de «angina de pecho», publicó el periódico Tiempo de México). Por momentos, Benito Pablo Juárez García «… parece que ya está salvado, cuando vuelve un nuevo ataque, y un nuevo alivio, y en estas alternativas transcurren cuatro o cinco largas horas, en que mil veces hemos creído cantar una victoria o llorar una muerte».
«Serían las once de la mañana de aquel luctuoso día, 18 de julio, cuando un nuevo calambre dolorosísimo del corazón latía débilmente; su semblante se demudó, cubriéndose de las sombras presurosas precursoras de la muerte y, en lance tan supremo, tuve que acudir, contra mi voluntad, a aplicarle un remedio cruel, pero eficaz: el agua hirviendo sobre la región del corazón».
«El señor Juárez se incorporó violentamente –sigue recordando el doctor Alvarado– al sentir tan vivo dolor, y me dijo, con el aire que hace notar a otro una torpeza: «¡Me esta usted quemando!». «Es intencional, señor –aseguró haberle contestado el galeno–, así lo necesita usted».
«Después de este lance, el alivio fue tan grande y tan prolongado que se pasaron cerca de dos horas sin que volviera el dolor; la familia se retiró al comedor, y quedando yo solo en compañía suya, me relataba, a indicación mía, los episodios de su niñez…»
«Y cuando yo estaba más pendiente de sus labios, se interrumpió repentinamente, y clavando en mí, fijamente, su mirada, me dijo casi de modo imperativo: `¿Es mortal mi enfermedad…?’ Comprendió en el acto perfectamente lo terrible de mi respuesta… (no obstante) continuó inmediatamente su interrumpida narración en el punto mismo en que la había dejado…»
«No le vi inmutarse; no le vi vacilar en su palabra, ni trató siquiera de pedirme las explicaciones que tanto deseaba yo darle… ¡Cuánto dominio sobre sí mismo…! Esperó, para conocer su sentencia, a que su familia no estuviera presente, para no acongojarla, y aprovechó la distracción de mi atención para que al hacerme de improviso su pregunta no tuviera yo tiempo de estudiar la respuesta…»
«Aquella calma de tres horas pronto desapareció, y un nuevo ataque más formidable, más repentino y más prolongado que el de la mañana, vino a perturbar la reciente tranquilidad de quienes le rodeábamos, e inútiles fueron cuantos medios empleé antes de ocurrir otra vez al agua hirviendo… ya no sentía yo el pulso debajo de mis dedos. Le anuncié lo que íbamos a hacer…»
«La palidez de su semblante, la falta de pulso y su respiración anhelosa estaban anunciando que el término funesto se acercaba a grandes pasos.»
Él mismo «se tendió en el lecho, se descubrió el pecho sin precipitación y esperó sin moverse aquel bárbaro remedio. Lo apliqué sin perder tiempo, y aún me parece que estoy mirando cómo se crispaban y se extendían alternativamente las fibras de los músculos sobre los que se dirigía mi operación, señal evidente de un dolor agudísimo. Dirigí mi vista a su semblante: ¡Nada!».
«Ni un solo músculo se movía, ni la más ligera expresión de dolor o sufrimiento; su cuerpo todo permanecía inmóvil, y esto, cuando al quitar el agua se levantaba una ámpula de varias pulgadas sobre su piel vivamente enrojecida…»
«La primera vez que le quemé sin que él estuviera prevenido, su cuerpo reaccionó como tenía que hacerlo, con los movimientos reflejos… En la segunda ocasión, en que ya estaba prevenido para el dolor, no quiso mover el cuerpo, y no lo movió; no quiso expresar el dolor en su semblante, y no lo expresó, quedándose impasible, como si su cuerpo fuese ajeno y no suyo propio».
Después de atender, estoico, sentado en un sillón, a algunos colaboradores que lo reclamaban, a quienes zanjó varios asuntos, sin dar evidencias de su terrible daño, antes de las 11:00 de la noche «el presidente llamó a un criado a quien quería bastante… y le dijo que le comprimiera con la mano el lugar donde sentía intenso dolor. Obedeció el indígena, pero no podía contener las lágrimas».
«Momentos antes de morir (el presidente) estaba sentado tranquilamente en su cama; a las once y veinticinco minutos se recostó sobre el lado izquierdo, descansó su cabeza sobre la mano, no volvió a hacer movimiento ninguno, y a las once y media en punto, sin agonía, sin padecimiento aparente, exhaló el último suspiro. Yo dije esta sola palabra: ¡Acabó!». Tenía 66 años de edad».
Fue en el número 1 de la calle Moneda donde «le contemplamos con una emoción que no trataremos de describir, en su recámara, encima de la cama de bronce, vestido de negro, pálido, pero con la fisonomía tranquila, sin contracción alguna, y pareciendo más bien dormir con el plácido y pasajero sueño de la vida, que con el eterno y profundo de la muerte». México le sigue honrando.

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