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Comer con lujo a costa del pueblo, práctica de funcionarios del gobierno de Coahuila

Comer es uno de los mayores placeres que da la vida, y qué mejor que alcanzar esa sensación de satisfacción celestial –alimento de cuerpo y alma- al hacerlo en un lugar bueno y exclusivo, en donde, desde que el comensal abre la puerta para penetrar en uno de esos recintos, innumerables y exóticos platillos esperan en la mesa, convertidos, en principio, en un puñado de letras estratégicamente colocadas en carpetas que entregan en mano propia voluptuosas edecanes vestidas de negro, maquilladas hasta los dientes, con el labial rojo que parece morderles las orejas.
Es grato escucharlas hablar sin que desaparezca la sonrisa de sus labios -después de todo, esa sonrisa va incluida en su factura-. Verlas cortar el aire con sus delgados brazos y ofrecerle la especialidad de la casa que aparece con letras doradas en el menú y con nombres tan rimbombantes que el cliente jamás se imaginará que se trata de una simple y miserable sopa de frijoles remolidos que en la fonda de doña Concha llaman pomposamente «sopa Conde». Tal vez se deba ese nombre a que su ingrediente principal sean unos reCONDEnados frijoles.
Pero en esos lujosos restaurantes, por más que se trate de simples frijoles, o sopa de frijoles o caldo de frijoles, es un platillo bautizado con un nombre francés u holandés, aunque sean países en donde poco se consuma ese alimento, pero que, por el simple hecho de tener nombre rimbombante los lleva a costar una buena cantidad de pesos que nada tienen que ver con los veinte devaluados que cobran por ellos en la fonda.restaurante
Ah! y la delicia de un buen corte servido a la mesa con una guarnición de papas fritas y dos que tres verduras que los chefs acomodan de tal forma que dan ganas hasta de tragarse el plato. Nada que ver con el puchero de Nohemí donde al trozo de carne y la alberca donde reposa está rodeado de un montón de papas, zanahorias, chícharos y calabazas.
No, en esos lugares exclusivos las verduras que acompañan al corte de carne hablan por sí solas. Si hasta parece que siempre fueron parejas de la mantequilla pura de leche de vaca.
Que delicioso es observar a la mesera de curvilíneas formas acercarse a la mesa y colocar justo frente al comensal ese artefacto de madera donde descansa un plato de aluminio en el que reposa un chillante y jugoso bistec de más de medio kilo, que levanta su aroma agradable y hace brincar las papilas gustativas y hacer que, como dice el populacho, la boca se haga agua.
Ah la delicia de la comida. Bien presentada, sabrosa. La entrada deliciosa, el plato fuerte, fuerte y el cierre se transforma en un postre en el que el chef ha puesto todo su empeño para que la mezcla de tres o cuatro sabores no provoquen una tragedia o algo que sepa a nieve de pobre, aunque muchas veces, debo confesar, yo que soy muy asiduo a esa nieve, — y no precisamente por el hecho de ser pobre, pero honrado– es más sabrosa que los platillos dulces de tan distinguidos y hasta estrafalarios recintos del alimento y la bebida.
Ah, olvidaba que en el inter de llevar el plato fuerte, pescado o carne, las meseras escancian en copas de cristal cortado, vinos blancos o tintos o rosados, depende de cuál sea el alimento. Y hablan de cosechas que la mayoría de los comensales no saben ni de qué carajos se trata pero observan los precios más altos de la carta o del menú y es lo que piden en voz alta para que el comensal de enfrente escuche que en buena mesa, buen vino.
Es así como dos horas después con la barriga llena de vino y comida, los comensales despatarrados por el sopor de la delicia solicitan la cuenta. Sumas que van entre los 20, los 30 y hasta los 50 mil pesos aparecen al abrir las negras carteras en donde reposan las cuentas a las que les falta incluir el 10 por ciento irrestricto de las propinas para pagar así la atención con que se desviven las meseras, esculturales diosas vestidas de negro.
Los comensales pelean por liquidar la cuenta, no como mis amigos del Bar Victoria que al momento de pagar la cuenta hacen como que les hablan a su celular y espichaditos se esfuman sin decir adiós. No, aquí da gusto ver cómo pelean por hacer que la tarjeta sea elegida. Y al final, mientras consumen una tasa de aromático café, solicitan la correspondiente factura con cargo… ¡a la Secretaría de Finanzas del gobierno de Coahuila!
Sí, ese mismo gobierno, el que dice que no tiene dinero para pagar a sus proveedores, da cabida a que sus empleados, o funcionarios, o como les quiera llamar, posean la «firma» y paguen cuentas exorbitantes en restaurantes lujosos.
Es en esos sitios donde el gobierno de Rubén Moreira premia a sus incondicionales. Así, a esos lugares desfilan diariamente, sí, leyó usted bien, diariamente, como si no tuvieran casa, la jefa de la oficina del gobernador, María Esther Monsiváis, el secretario de gobierno, Armando Luna Canales, el Secretario de Finanzas, Ismael Ramos Flores, el Secretario de Educación, Mario Alberto Ochoa Rivera, el futuro líder del Congreso local, José María Fraustro Siller, el líder del Congreso, Eliseo Mendoza y su séquito de diputados y colaboradores y un montón de personajes que en menos de tres años ya aprendieron a comer bien, sabroso, con todo lujo.
Y para que olvidar hasta a la primera plana de priístas que encabeza el no menos degustador de platillos caros y bien servidos, David Aguillón Rosales.
Todos participan en el saqueo. Todos gastan a manos llenas. Todos saben comer, con todo lujo, provocándole al gobierno una sangría de cientos de miles de pesos que van a parar a las cuentas de representación.
Y mientras esto sucede en el pequeño núcleo de beneficiados de la Revolución moderna de Coahuila, muchos ciudadanos fueron despedidos por al actual gobierno, les quitaron su empleo y los lanzaron a la calle, mientras que a otros les partieron a la mitad el sueldo, so pena que de no aceptar colocar sobre el mostrador de Lito Ramos su renuncia, aunque de ello comentaremos en mejor ocasión.
Qué bueno es vivir, comer y beber a expensas del presupuesto que, según el gobernador Rubén Moreira y sus colaboradores, apenas si alcanza para pagar la deuda.
¡A mí me encantan esos restaurantes lujosos!, lástima que en mis bolsillos, al igual que en los de la inmensa mayoría de paisanos, gracias al saqueo y la corrupción de los gobernantes, apenas se guarde lo que alcance para ir, de vez en vez, a las ricas y económicas gorditas de la Tía Tota.

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