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Nuestra idiosincrasia como razón de ser

porfirioDesde hace tiempo, por décadas nuestros gobernantes impusieron sus costumbres que después se hicieron leyes y a estas se le agregaron artículos, apartados y hasta bis, etc.
Don Andrés Molina Enriquez, revive al dictador más grande de la historia del México contemporáneo, Porfirio Díaz cuando en 1907 éste habla con Francisco Buldes, refiriéndose a la idiosincrasia del mexicano, y en esa entrevista se nota que poco han cambiado las cosas en los mexicanos desde 1907.
«Los mexicanos –Dice Don Porfirio — están contentos con comer desordenadamente antojitos, levantarse y llegar tarde a todas partes, tener padrinos de influencia para estar en puestos públicos, asistir al trabajo con inpuntualidad, faltar y enfermarse con frecuencia, obtener licencias con goce de sueldo, no faltar a las corridas de toros, divertirse sin descanso, casarse jóvenes y tener hijos a pasto, gastar más de lo que ganan y endrogarse con los usureros para hacer posadas, celebrar onomásticos o cumpleaños y otras fiestas, los padres de familia son los más fieles servidores del gobierno, por su miedo a la miseria ya que el mexicano de las clases directivas sólo le teme a la miseria, no a la opresión, no a la tiranía, no al servilismo; sino a la falta de pan, y a la dura necesidad de sacrificar su pereza».
A más de un siglo de la entrevista del General Porfirio Díaz, el pueblo mexicano sigue ocupado en sus quehacer cotidiano, gambeteando el hambre, sacándole la vuelta a la pobreza, atento a los distractores baratos y, obedeciendo a los caprichos de la Casta Divina ha quedado atrapado en un viacrucis sin remedio, sin salida, constante y lo peor impuesto, castigo interminable como si el pueblo fuese culpable de algo y se le cargan todas las culpas habidas y por haber.
La dejadez propia de la mayoría de los ciudadanos de este país es aprovechada por armas y escudo de los políticos nacionales y en su juego de gobernar haga canalladas que dejen a los ciudadanos, como aquellos que «fueron por lana y salieron trasquilados» y por costumbre los políticos les toca «tronar los cuetes y al pueblo recoger las varas», tal y como está sucediendo en Coahuila y en otros estados de la República Mexicana donde son pocos los que truenan cuetes y muchos, casi todos los que recogen las varas.
Se debe de entender que en un país en donde predomina la justicia y la democracia marca el rumbo, es el pueblo quien sin duda de donde dimana el gobierno, mientras a la clase política le queda obedecer, administrar y hacer guardar las leyes, sin embargo en México nuestros gobernantes se transforman en caciques, señores feudales, se convierten en reyecitos comarcanos y hasta en groseros mesías y al pueblo le queda ver, aceptar y hasta en muchas ocasiones aplaudir.
Dadas las circunstancias pegada a la idionsincracia que nos arropa, parece que a la mayoría de los ciudadanos así nos gusta vivir, sin iniciativa, a lo que Dios ordene y mande y que se haga la voluntad de Dios, pero en los bueyes de mi compadre.
Leer a Octavio Paz en El laberinto de la Soledad o en Libertad Bajo Palabra es interiorizar en nuestra cultura del importamadrismo, de la apatía de diferir todo, dejar para el cuarto para las doce o remediar lo irremediable y desde luego salir raspados o porque no, descomponer lo que ya estaba medio compuesto, pero sin culpa y en el mejor de los casos triangular o culpar a terceros o cuartos o terminar todo por mandarlos a «la chingada» y seguir en más de lo mismo.
De ahí y con ese dogma y paradigma, nuestra clase gobernante cosecha la apatía e indolencia y ellos resurgen para seguirse aprovechando de la escuálida teta presupuestal.
Los mexicanos somos buenos para quejarnos y malos para exigir o protestar, más aun para unirnos en un bien común, de ahí que las cooperativas sean un rotundo fracaso y mejor algún vivillo aproveche para formar el fraude formidable que son los fideicomisos tan de moda en algunos sexenios y pariendo camadas de millonarios.
Como resultado de todo esto nos da una apatía de miedo para que los medios de comunicación y las acciones de nuestra clase política las aprovecha a la perfección.
Desde, Àndre Brenton, llamado padre del surrealismo, hasta la fecha muchos sabios extranjeros han venido al país a estudiar la antropología del sistema político mexicano y, después de mucho quebrarse la cabeza, han confesado rendidos que sigue siendo un misterio único en el planeta nuestro sistema político nacional, sustentados este por los narcisismos colectivos, siendo la singularidad del mismo sistema quien ha legitimado su permanencia, como si fuese una expresión de nuestra forma de ser y vivir. Y aunque parece que pende de alfileres, por increíble que parezca este sistema esta sostenido por nosotros mismos ¿por qué? se preguntarán algunos, pues por la impostura de sus métodos, los valores, los rasgos, las costumbres, sus ritos y creencias en apego a la idiosincrasia de que aun vivimos ante dos disyuntivas que en 1907 cita Don Porfirio Díaz «Pan o Palo», la mayoría de los mexicanos prefiere el pan, no importa que sea amargo y duro…

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