SACRIFICIOS POLÍTICOS.-
Por Horacio Cárdenas.-

Así sea el político más encumbrado en la jerarquía de poder, o sea el más modesto servidor público en el más pobre de los municipios del más fallido de los estados de este sufrido país, cada uno aporta a lo que los académicos han dado en llamar la ciencia política, esa que algunos bien peinados y con muchas aspiraciones la van a estudiar en las universidades, y otros lo practican día a día, con éxito si es que se conservan en el poder público, y sin él, si son echados del puesto que ocupaban y no consiguen otra colocación superior o ya de perdida equivalente a la que tenían.
Allí donde lo ve, Enrique Martínez y Martínez es uno de los políticos que en la época reciente han contribuido más a la ciencia y a la práctica de la grilla en este país. No por nada que haya escrito, si no todos son como Eliseo Mendoza Berrueto que se las arregló para escribir un libro cada año durante los últimos casi cincuenta años, o como alguno de los simpáticos y claridosos que contribuyeron al diccionario de las reglas no escritas de las política a la mexicana, desde Fidel Velázquez con aquello de que “el que se mueve no sale en la foto”, hasta Santiago Oñate con lo de que “el que la anda buscando es porque la trae perdida”, o “La Güera” Rodríguez Alcaine con lo de que “lo importante es hacer espuma con el chorrito”, o tantas y tantas otras; no, lo de Enrique fue más acorde con su personalidad, casi casi doctrinario: en política están los amigos, están los empleados, y eso no debe confundirlo nadie, nadie que quiera seguir en la política claro.
A sus amigos Enrique cuando era gobernador, les dio todo, les permitió todo, les justificó todo, no importa que saliera perjudicado no ya el pueblo o la dependencia que tenían a su cargo, sino hasta su gobierno. Ah, pero en cambio a sus empleados, los trató con una gelidez, si es que se puede decir así, una soberbia y un desprecio, que acabó por convertirlos en enemigos acérrimos. Basta recordar la forma en la que fueron tratados Humberto Moreira, quien todavía el día anterior al comienzo del sexenio confesaba que no sabía si el nuevo gobernador lo iba a poner en la secretaría de educación o en la de desarrollo social, difícilmente podría decirse que cuando se fue de candidato a la alcaldía de Saltillo contaba con la venia del ejecutivo, y en lo tocante a la sucesión para la gubernatura, Raúl Sifuentes y Javier Guerrero podrían contar cada horror… pero obvio se lo guardan porque así es la política en este país y hay que apechugar.
Esto que le platicamos venía mínimo desde Acamapichtli, y fue Porfirio Díaz el que acuñó lo de “a los amigos gracia y justicia, y a los enemigos solo justicia”, sí pero se necesitó un Enrique Martínez para decantarlo al punto de que los mismos empleados se sentían como enemigos. La enseñanza es válida y valiosa, para cualquier político en cualquier momento, pero cobra relevancia en el momento actual en que se acerca la sucesión presidencial, antecedida como siempre en el calendario político, por las elecciones en el estado de Coahuila, al que los analistas de las cosas están han dado en considerar “un laboratorio” de lo que pueda ocurrir en la grande.
El presidente Enrique Peña Nieto se las ha estado viendo negras, eso no es ninguna novedad, lo que sí lo es, es que mientras que al principio su actitud era la de respaldar a sus amigos con todo y a costa de todo, a últimas fechas ha comenzado a tratarlos como lo que siempre debieron haber sido, piezas en el ajedrez político, empleados no suyos sino del pueblo mexicano, sacrificables cuando su utilidad hubiera concluido o cuando comenzaran a pesar más que lo que le servían a la administración en general y a la imagen presidencial en particular.
¿Qué es lo que esto implica para Coahuila en estos momentos?, mucho, luego de lo que hemos visto que ha estado ocurriendo en Nuevo León, en Chihuahua, en Veracruz y en Quintana Roo, por mencionar solo los más sonados, que la pretendida amistad que el ejecutivo federal o los compromisos políticos o económicos con los mandatarios estatales se dan por cancelados, esto para que nadie pueda decir que el presidente respalda a corruptos, a violadores de los derechos humanos, a asesinos de periodistas o cualquier otro señalamiento de esos que parece que estos coleccionan.
Coahuila podemos decir que está en el ánimo presidencial… pero no tanto, nunca, como lo está y lo estará siempre el Estado de México, que también renueva gobernador el año entrante. Las cosas en Coahuila puede decirse que están difíciles… pero no tanto como donde gobierna Eruviel Ávila, heredero del poder estatal del mismísimo presidente. ¿Qué estaría dispuesto a perder Enrique Peña Nieto en el 2017?, Coahuila o el Estado de México, aquí no estamos hablando de personas o de empleados, sino de posiciones de poder, y a como suelen ser las negociaciones en este país, no sería descabellado que el presidente y el PRI decidieran sacrificar el estado lejano por el cercano, el de pocos habitantes por el de muchos, el fronterizo por el que rodea a la capital del país. Aun si el PRI ganara Coahuila en buena lid, Saltillo nunca será Toluca, y en la mesa de los acuerdos por debajo del agua, podría haber uno de esos sacrificios que no respetan amistades, ni lealtades, ni servicios prestados ni nada. Puede pasar cualquier cosa, y para eso no falta mucho.

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