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Mala suerte

De: Roberto Adrián Morales.-

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Alejandro Malpaso es sinónimo de mala suerte. Siempre recaen sobre él las culpas de todo lo malo que sucede; los objetos se quiebran o descomponen en sus manos, los animales mueren extrañamente cuando los toca y sus amigos pierden el empleo o sufren un accidente cuando conversan con él por más de diez minutos. Parece tener un imán que atrae todo lo negativo del mundo para destruir, inconscientemente, todo lo que está a su alcance. Su mala suerte es extrema, debido a eso no ha podido ser feliz, aunque se acostumbró a vivir en la soledad casi completa como consecuencia de tal estigma. Este mal que padece no lo cura ningún médico, aunque ha visitado decenas de ellos, con la esperanza que existan medicamentos para detener, o por lo menos aplacar, ese extraño mal que lo ataca y lo obliga a permanecer alejado de todo ser humano. Los siquiatras que han visto su caso, lo analizan un día y al otro, sin saber las causas reales, son despedidos, se derrumba o incendia su consultorio y andan en busca de empleo en los hospitales de la ciudad.
Definitivamente, no hay quien desee acercarse a tan singular personaje. La mala suerte lo persigue desde siempre. Cuando nació, ocurrieron cosas por demás extrañas. A su madre le hicieron cesárea estando programada para parto natural; el doctor cerró la herida de la paciente olvidando dentro unas gasas y un bisturí; la enfermera derramó merthiolate sobre el recién nacido, pintándolo de anaranjado; el oxígeno del cilindro se agotó; hubo un corto circuito en la sala de expulsiones y la operación se realizó bajo la romántica iluminación de unas velas.
Nadie creyó entonces que esos hechos estaban relacionados con el nacimiento del pequeñín, que llegó al mundo precedido de una incesante tormenta eléctrica y un fuerte aguacero que anunciaron un estado de salud grandioso, pulmones excelentes para aspirar el aire mezclándolo con berridos incontrolables.
Conforme fue creciendo, justo donde Alejandro se encontraba, sucedían hechos anormales, adjudicados a la mala suerte. No había equipo deportivo que quisiera integrarlo porque era el talismán de la derrota. En todo perdía, aunque no porque fuera un perdedor sino por esa mala suerte que lo perseguía por todas partes. El profesor Eutimio Miranda, al darse cuenta de tan extraordinarios y singulares atributos, cuidando de no estar cerca de él, lo utilizó para alejar de la escuela al odioso inspector. Nada más lo veía bajar de su automóvil y sin más ordenaba «chamaco, ve a cargarle el maletín al inspector». Entonces todo ocurría. En el único agujero que tenía el patio, el inspector metía el pie y caía; los lentes se hacían añicos en el suelo y había necesidad de llamar a un taxi para regresarlo a su casa. Y ni qué decir de esas madres metiches que no abandonaban la escuela en toda la mañana. «Ve a platicar con las señoras, a ver que se les ofrece», ordenaba Miranda, esbozando una sonrisa picaresca. El niño conversaba con ellas y en un santiamén huían del lugar, como si les hubiera picado un alacrán. A unas les subía la presión, otras resbalaban o se torcían un tobillo. No había duda, era un buen elemento para sacudirse a indeseables y alejar metiches.
Alejandro, pese a estar alejado de los juegos y la amistad de todos, era inteligente. La inteligencia no estaba reñida con la mala suerte. Así concluyó el sexto grado de primaria. El profesor Eutimio mostró preocupación al saber que los acompañaría al viaje de estudios de fin de año. Podía adivinar lo que ocurriría, pero no pudo convencer a la madre para que negara el permiso a su vástago. El viaje se convirtió en un pandemonium. Apenas habían dejado atrás Ciudad Lerdo, manchón verde que resalta en el desierto de Durango, cuando se escuchó un fuerte tronido, el chofer se orilló en la carretera y revisó el autobús. Una llanta explotó haciéndose pedazos. «No entiendo, apenas las revisé y estaban en perfectas condiciones», explicaba nervioso. Los alumnos bajaron del autobús en espera del cambio de llanta. Media hora después, continuaron su camino. No bien habían partido, el motor empezó a toser y el vehículo se tironeó como si lo jalaran fuerzas sobrehumanas. Nuevamente el chofer se vio obligado a detenerse. Revisó las condiciones del motor. No tenía nada descompuesto. Regresó a su asiento, intentó encender la marcha pero ésta no respondió. «No sé que sucede profesor», decía el chofer, limpiándose la frente con las manos engrasadas dejando los dedos pintados en el rostro.
El director sabía lo que ocurría. La maestra Engracia García, intentaba controlar a los niños al tiempo que pedía una solución pronta. Nervioso, Eutimio Miranda tomó la decisión que debió adoptar desde la ponchadura de la llanta. «Voy a regresar a Torreón, que Alejandro me acompañe. Si en lo que me voy, reparan el camión, le pido, maestra, que continúen el viaje y me llame cuando lleguen a Durango». Tomó de la mano al niño de la mala suerte, detuvieron un automóvil y regresaron. Apenas vieron alejarse el vehículo en que regresaban director y niño, el chofer hizo un nuevo intento para encender el motor, éste funcionó. Todos abordaron felices la unidad y reiniciaron, ya sin problemas, el viaje de estudios.
El carro que les dio el aventó al profesor Miranda y a Alejandro, apenas llegó a Ciudad Lerdo, entre tirones, humaredas y lamentos del conductor. «Hasta aquí llegué maestro», dijo estacionándose cerca de un taller mecánico. Agradeciendo el favor prestado, el director dijo: «No se preocupe amigo, ni gaste dinero en el taller, en cuanto nos marchemos su auto volverá a funcionar normalmente». El hombre se sorprendió.
El día de la graduación, El profesor Miranda rezó a todos los santos para que Alejandro no acudiera a recibir su certificado, pero no lo escucharon. El pequeño llegó puntual, con el pelo negro relamido, sus cejas grandes y negras peinadas y su uniforme de gala bien planchado. En ese evento, no sabía qué situación inesperada pudiera presentarse, cualquier cosa mala rondaba el ambiente.
Lo primero en fallar fueron los micrófonos de tal forma que el profesor Jeremías Sánchez, elegido como maestro de ceremonias, tuvo que anunciar a grito abierto los números del programa y luego los nombres de los niños que ese día decían adiós a la Escuela Centenario. Aparte del micrófono todo parecía ir bien. Sin embargo, a la hora de realizarse un bailable, una de las niñas cayó del tapanco fracturándose un brazo; en ese preciso momento, saltaron chispas del aparato de sonido, nubes negras invadieron el cielo y un chubasco fenomenal hizo acto de presencia dejando a padres de familia, niños y autoridades escolares, hechos una sopa. En tanto, el director corría para poner a buen resguardo los certificados de los alumnos. La ceremonia de graduación, con tantos inconvenientes, definitivamente fue suspendida. Nadie hacía caso a los llamados de los maestros, niños y adultos corrían hacía los salones para guarecerse de la lluvia, dejando atrás un montón de sillas destruidas, como si un terremoto hubiera pasado por el lugar.
Los maestros se reunieron en la dirección y lamentaron la suerte que impidió llevar a feliz término la graduación. «No se mortifiquen más; esto no volverá a ocurrir en todo el tiempo que nos resta de vida», dijo Eutimio Miranda. Y así fue. Nada más puso Alejandro los pies en la calle, todo volvió a la normalidad. Años después nadie recordaría aquellos incidentes.
Ya en la secundaria, Alejandro conoció nuevos compañeros que, desconociendo sus dotes de mala suerte, le prodigaron su amistad, una amistad endeble que se convirtió en desprecio con el paso de los días. Nuevamente el infortunio lo devolvió a su soledad. Ya en tercero de secundaria, conoció a Meche, adolescente simpática, de grandes trenzas rubias y ojos verdiazules como aguas tranquilas de mar. A ella no le importaba el desprecio que mostraban todos hacia aquel muchacho que era tan serio y parecía tan desvalido. Le prodigó amistad, lo vio como un buen amigo, hasta el día en que, al salir de la escuela, un raudo automóvil la atropelló dejándola muerta en la negra inmensidad del pavimento. Todos culparon de la tragedia a Alejandro, pero nadie se atrevió a señalarlo directamente. Él sufrió en carne propia esa desgracia; era tiempo que había descubierto que, por extraños azares del destino, todo lo que quería lo dañaba. Su soledad creció; se acostumbró al silencio, a no escuchar palabras amistosas de sus compañeros.
Así llegó a la preparatoria y luego a la profesional. Estudió veterinaria porque los animales no podía rechazarlo. Si hubiese sido médico, arquitecto o cualquier otra cosa, posiblemente hubiera muerto de hambre ante la falta de clientes. Volcó su necesidad de prodigar comprensión y cariño en los animales, que también padecieron las consecuencias de la mala suerte.
Cierta ocasión solicitaron los servicios de Alejandro para que revisara un par de preciosos cachorros dálmata; tendría que atenderlos en un rancho cercano a Torreón, por el rumbo de Matamoros. Se trasladó hasta el lugar; con su caja de instrumentos, algunas inyecciones y enseres requeridos para darles atención. Se requería, principalmente, vacunarlos contra la rabia. Apenas arribó al lugar, puso manos a la obra. Los perros corrían en el patio tratando de huir del desconocido, hasta que llegaron a una noria abierta donde cayeron. Alejandro escuchó el ruido de los cuerpos al chocar en el agua; no sabía que hacer, arrojó el cubo con que se extraía agua para ver si los perros subían a él, lo hizo con tan mala fortuna y tan buen tino que el objeto fue a caer justo sobre la cabeza de uno de los perros que falleció instantáneamente. Decidió entonces llamar a los dueños, quienes sorprendidos escucharon el relato. Cuando al fin pudieron sacarlos de la noria, los cachorros estaban muertos. Uno ahogado y el otro como consecuencia del duro golpe en la cabeza. Molestos con el veterinario lo echaron del lugar, por más que éste alegaba que todo había sido consecuencia de un accidente, que en sus manos no estuvo solución alguna para salvarlos. Tan tremendo fracaso lo llevó a pensar en suicidarse. No era posible ya seguir arrastrando la cruz de la mala suerte a donde quiera que fuera.
Por ese entonces conoció a un próspero veterinario, Armando Gallego, quien lo invitó a colaborar en su clínica. Semanas después, empezó a tener problemas con la farmacia y se vio obligado a cerrarla. Realizó un viaje a Monterrey en busca de un préstamo que le permitiera reactivar la economía del negocio. No sabía por qué causas todo se había venido abajo. A fin de no dejar sola la veterinaria la encargo a Alejandro quien, gustoso, puso todo su empeño en atender a las mascotas que llevaban. Durante la semana que permaneció en Monterrey, la clientela disminuyó considerablemente. A su regreso, Armando encontró el cadáver de un perro sobre la plancha de operaciones, a un lado botellas de cerveza y en el suelo, colillas de cigarro y cenizas revueltas con sangre y suciedad. Llamó a casa de Alejandro, nadie sabía dónde se encontraba. Así pasaron varios días en que le fue negado el paradero del veterinario. Los días subsiguientes, surgieron quejas por todos lados y una demanda del dueño del perro que encontró muerto. Con tan desastroso panorama y sin haber conseguido el crédito en Monterrey, Armando Gallego se vio obligado a cerrar el negocio.
Alejandro, ya convertido en todo un hombre; alto, moreno, de bigotillo y cabello ralos, dedicó el tiempo a buscar pareja. Como todo hombre requería una compañera, así que no perdió el tiempo y buscó, en barrios donde nadie lo conocía, a la mujer que quisiera hacerle compañía. Sus ojos rasgados parecían juntarse más de lo que ya estaban cuando los fijaba en alguna joven. Al cabo de unas horas, de unos días, las damas rechazaban su sola presencia, porque no había cosa mala que no sucediera.
La vida se fue haciendo insoportable; solo, sin nadie que lo quisiera; con la mala suerte llevada a sus espaldas, un bulto de polvo que se esparce por donde camina, decidió perderse en la inmensidad del desierto. Pensó que tanta era su mala suerte que cuando se internara en ese horizonte de arena, aparecerían las lluvias y la tierra florecería.
Cuando conoció a Juan Castillo creyó que su vida cambiaría. Juan lo invitó a visitar a una bruja que tenía fama de curar todos los males y padecimientos. Contentó fue a buscarla. Doña Fregosa, vivía en el barrio de San Joaquín, una boca de lobo donde habitaban maleantes, pandilleros y toda clase de prófugos de la justicia. Sin embargo, la fama de la curandera era tanta, que hasta de poblaciones del resto de Coahuila, Durango, Chihuahua y Estados Unidos, llegaban hombres y mujeres cargados de males y de sufrimientos y salían sonrientes y tranquilos tras ser tocados por las manos cargadas de energía.
En espera de su turno, Alejandro observó como esa gente salía supuestamente sanada. Le llamó doña Fregosa. Le bastó observarlo para conocer su desgracia; explicó que la mala suerte lo había acompañado durante toda su vida y que ella lucharía para sacar ese mal de su cuerpo. En el cuartito donde atendía a sus clientes había un altar de trece escalones blancos cubiertos con mantelitos tejidos a mano y sobre ellos una fotografía de Francisco Villa, personaje de la revolución mexicana, a quien la bruja invocaba para hacer sus curaciones.
«Espíritu de Pancho Villa», clamaba, al tiempo que blandía en su mano un racimo de plantas de olor que estallaba sobre la humanidad de Alejandro. Una y otra vez repetía los azotes y conminaba a los malos espíritus a abandonar el cuerpo de la criatura del Señor. Tras la extenuante sesión, y cobrarle una buena suma de dinero, dijo que todo empezaría a enderezarse pero que era necesario continuar las sesiones. «No hijo, tú por lo menos necesitas veinte buenas barridas para sacarte todo el mal ocasionado por envidia», dijo antes de darle una nueva cita.
Pasaron los días, Alejandro no vio ninguna mejoría en su condición de mala suerte; al contrario empezó a notar que ocurrían más cosas negativas que las que sucedían hasta antes de ir con doña Fregosa. Un día, cuando se disponía almorzar se le vino encima una vitrina con todo y las cuatro vajillas de lujo que guardaba celosamente su madre. El ruido estrepitoso llamó la atención de los vecinos que no se atrevieron a preguntar lo que ocurría conociendo que en esa casa transmitían la mala suerte.
A la siguiente cita, la curandera pidió a Alejandro que se quitara la ropa para darle una barrida general. «El mal no nos puede ganar, el espíritu de Pancho Villa está con nosotros», decía mientras mezclaba varios menjurges en una botella. Desnudo, en el centro del cuarto, empezó el ritual con el que quedaría librado para siempre de la mala suerte.
Doña Fregosa roció con el liquido pestilente al paciente. Mientras hablaba y hablaba entre dientes. Alejandro solo comprendía las palabras «Pancho Villa», después de ellas no sabía lo que la bruja decía, era como si hablara en otro idioma. El menjurge espeso oloroso a alcohol empezó a escurrir desde su cabeza hasta sus pies. Estaba totalmente bañado con esa fragancia de rosas, romero y alcohol alcanforado.
Alcanzó a escuchar cuando la bruja dijo: «ora sí, tu mala suerte se acabó para siempre». Tomó una veladora encendida y la pasó alrededor del cuerpo desnudo, haciendo piruetas con la vela encendida. La fue acercando a Alejandro hasta que, de pronto, el alcohol provocó una flamazo azul que iluminó todo el cuarto. Los gritos de dolor y terror se confundieron con los rezos incesantes. Al fin acudieron algunos clientes y con una manta cubrieron al quemado. Ni un centímetro de piel dejó de ser purificado por el fuego.
Una ambulancia llegó hasta el lugar. Trasladaron a Alejandro hasta el Hospital Civil donde falleció horas después como consecuencia de las quemaduras. Doña Fregosa al enterarse de lo funesto del caso se escondió en casa de unos familiares. «No, si se lo dije. Esta operación iba a ser muy difícil, pero al fin, con la ayuda de Pancho Villa, lo libré de la mala suerte.»
En el panteón, los pocos deudos y amigos lloraron la muerte de joven. Tuvieron que esperar más de dos horas porque la carroza se descompuso en el camino y no hubo manera de arreglarla. Solicitaron otra en buenas condiciones y cambiaron de un lado a otro el ataúd. Estaban en esa maniobra, cuando la caja resbaló partiéndose en dos; el bulto amortajado cayó en pleno pavimento. Los empleados de la funeraria no sabían qué hacer. Solicitaron una nueva caja y colocaron a Alejandro en su lecho mortuorio. Al fin, ya dentro del cementerio, lo bajaron a su última morada. La fosa había sido construida en forma tan exacta que, cuando se percataron que habían metido el féretro al revés, ya no pudieron sacarlo.
La madre lloraba su desventura y más lloró cuando le informaron que, por un error habían bajado al revés la caja y tendrían que esperar a que los trabajadores abrieran otra fosa para solucionar el problema. Doña Sarita, limpiándose las gotas de agua que fluían por su frente, ojos y nariz, después de analizar el caso, y sabiendo lo que podía esperarse después de tanta mala suerte rogó: «No señores, ya no lo muevan, mejor échenle ya la tierra encima».

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