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El misterioso caso de los calcetines desaparecidos

Un cuento de Roberto Adrián Morales.-

calcetines

Desde niño he escuchado historias extraordinarias con las que la gente busca encontrar repuesta a la extraña desaparición de calcetines, que ocurre desde que se empezó a utilizar esta prenda inventada para proteger a los hombres de los rigores del frío, después su uso sirvió para demostrar cierto status social. Lo mismo se fabrican calcetines de algodón, de lino, de seda que de estambre, y ahora con tanta modernidad, hasta los hay de plástico.
Como recuerdo a Doña Nieves, mi abuela, sacudiendo la ropa limpia en busca de la pareja de un calcetín; cuando no lo encontraba revuelto entre las sábanas, acudía a hurgar en el lavadero, en el tendedero, en el cesto de la ropa sucia, debajo de las camas, en los botes de basura y hasta en la despensa de la cocina. Cansada de la infructuosa búsqueda, guardaba el calcetín huérfano en un cajón de madera; la prenda pasaba a hacerle compañía a un montón de amigos, que también perdieron a su pareja en el viaje obligado del cesto de la ropa sucia al tendedero.
En la casa limpia y ordenada, amplia y despejada, no había un sólo rincón que no hubiese sido revisado… pero nada, el calcetín no aparecería. ¿Dónde estaba? ¿Dónde pudo ocultarse? Era más fácil encontrar una aguja en un pajar que aquella prenda extraviada para siempre.
Jamás sabré por qué Doña Nieves no se deshacía de esa pieza de tela, que a partir de entonces se convertía en un objeto inútil. En el cajón de madera, destinado expresamente para los calcetines sin par, había prendas lisas, estampadas con rombos, círculos o flechas; unos eran largos y blancos y otros oscuros y pequeñitos; los colores se mezclaban en ese atado donde uno de los huérfanos servía como cordón para anudar a los demás y mantenerlos aprisionados, para que no tuvieran la ocurrencia de escapar tras su pareja.
Cierta ocasión le pregunté a la abuela qué ocurría con los calcetines extraviados; me miró por encima de sus pequeños lentes de lectura, esbozó esa agradable y picaresca sonrisa de siempre que se dibuja en su rostro marcado por los años y luego regresó a su costura. Al vaivén de la mecedora, me contó que cuando era niña también había hecho esa pregunta a su madre. Ella le explicó que a los duendecillos no les gusta el olor que emana de los calcetines sucios. Por eso, para que sus dueños no los vuelvan a usar, a veces arrojan uno al patio, lo entierran en el corral o lo hacen pedacitos con sus tijeras mágicas. De esa forma nadie vuelve a utilizarlos. ¿Quién podría ponerse un calcetín negro en el pie izquierdo haciendo juego con el color púrpura del que adornara el pie derecho?
La explicación que dio mi abuela me fascinó. Le pregunté entonces como eran los duendecillos. Sus ojos claros brillaron como brillan las estrellas. Doña Nieves me explicó que los duendecillos son seres pequeñitos, vestidos como pajes de los reyes, usan zapatos negros puntiagudos, sombreros con hebillas plateadas y, además, no se pueden ver a simple vista. Es rara la persona que ha podido sorprenderlos haciendo toda clase de averías y travesuras en el interior de las casas y más raro es aún quien ha logrado pescarlos robándose los calcetines.
Después de tan extraordinaria explicación, me tiré de espaldas en el piso del patio fresco, oloroso a plantas recién regadas, puse las manos bajo mi nuca y entonces empecé a contar las lucecitas que iluminan el cielo, nunca encontré en la bóveda azul algún indicio que llevara mi vista a la casa de los duendes, ni siquiera las figuras de los signos del zodiaco, por más que me esmeré en hacerlo. Pensé que tal vez allá en lo alto, en alguna de esas lejanas estrellas habitaban esos pequeños seres que se encargan de sustraer calcetines.
Mi madre no piensa igual, Doña Irene, aplica teorías casi científicas para explicar la misteriosa desaparición de los calcetines. Afirma que algunos se van por el drenaje al momento de enjuagar la ropa y otros van a parar a la basura cuando la gente barre de prisa los pisos.
Sin embargo, pese a que las teorías de mi madre son más aceptables, yo prefiero seguir creyendo en la historia fascinante que me contó mi abuela, esa misma que, con el paso del tiempo, les he contado varias veces a mis hijos. (Cuento tomado de El Último Vuelo, 2003).

 

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