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Educar en la época del perspectivismo

*** Un análisis de la educación en nuestro tiempo (Primera Parte).-

UNAM

Escribe: Dr. Ramsés Leonardo Sánchez Soberano.-

En 1884 Paul Bourget escribe un libro cardinal para la comprensión de la decadencia de la cultura burguesa. Él llevó el nombre de Baudelaire. En él se muestra que el ocaso de los valores morales, coincidentes con el desprestigio metafísico de la moral[1], que comenzó con la crítica a los modelos de ciencias totalizadores y dogmáticos, es un fenómeno que resulta de la descomposición de los organismos que sostenían núcleos jerárquicos y la subordinación al trabajo en coordinación con una totalidad. El Spleen de Paris de Charles Baudelaire es una obra que refleja la decadencia de la época, la caída de la moral burguesa y la pérdida de credibilidad en las instituciones que históricamente cuidaban de la moral. Su obra abría el espacio para la consolidación de la voluntad individual, el aislamiento y la egolatría interesada del hombre del nuevo siglo[2]. Esta situación definiría, como ha visto entre nosotros Carlos Fuentes en Las buenas conciencias[3], el gran estilo y la expresión de la salud de una clase empoderada en la dictadura de las buenas costumbres. Con las prácticas de los círculos burgueses se ofrece una imagen dominante sobre lo que se debe ser y sobre la manera en la que se debe esperar la salvación. Esta idealización habría producido sus propios márgenes ya que la imposición de la idea de lo que es bueno, verdadero y deseable ha surgido al interior de una clase social y de todo aquello que le es familiar. De suerte que el diagnóstico convocado ya había sido reflejado en el prefacio a Le disciple, también de Bourget, de 1889, escrito tres años después del segundo prefacio a Die fröhliche Wissenschaft de Friedrich Nietzsche[4]: en ambas obras se vislumbra la necesidad de enfrentar momentos de crisis para transmutar los valores que dominan, desde la sombra, desde su génesis histórica, la enfermedad de la cultura. Una enfermedad que comienza cuando se derrumban los valores que las instituciones se habían dado a cuidar y cuando la moral que ellas preservaban se pone al servicio de un poder efectivo.

Gracias a estas ideas analizaremos la situación de la Educación en nuestro presente.

Nosotros sabemos que la transmisión del saber está posibilitada por la enseñanza y que por ello la Universidad, como dispositivo de transmisión de todo saber, funcionaría como el lugar donde se profesionaliza el conocimiento y, así, ella tendría en su poder la decisión de lo que se «debe» o no enseñar y de lo que se «debe» o no mostrar. De acuerdo con pensadores como Kant, Hegel, Nietzsche, Heidegger, Canguilhem, Derrida, Deleuze, Baudrillard, Lyotard o Foucault, los saberes que reproduce la Universidad, en tanto que institución que ha secuestrado la educación, deben ser congruentes con los problemas que el sistema dominante requiere. Así se pone al servicio de una estrategia generalizada donde es necesario posibilitar una competitividad en la que se ponga en práctica lo que enseña y encuentre sentido para se les ha preparado. La universidad transmite los saberes que cuentan con los medios necesarios para aplicar el conocimiento que nos ha sido enseñado. Esta preparación es lo que hoy llamamos educación. Los preparados para hacerlo son los jóvenes que se convertirán en piezas que tendrán la tarea de perpetuar pragmáticamente los retos que pone la Universidad con el apoyo del sistema social, del poder centralizado y de los mecanismos que deciden hacia dónde orientar el conocimiento y cómo transmitirlo.

Es en esta situación donde entra la «performatividad de la transmisión del saber» entendida como la situación donde competimos para dominar las respuestas a las necesidades que el poder requiere[5]. Esta «performatividad» se despliega en las universidades y las instituciones de enseñanza superior que deben competir sin importar que su ideario sea forzado, traicionado, olvidado o superficialmente admitido. El efecto de esta situación es la experimentación de discursos, la explotación de propuestas pragmáticas funcionales para otras instituciones, la modificación de valores y el intento por controlar el conocimiento y la pedagogía misma en la que se transmite ese valor. Es así que se despierta, al interior de la comunidad afectada, recaídas sociopolíticas, movimientos fuera de la institución, creación de otras redes y esfuerzos reales que exigen a los mecanismos de control requerir la ayuda de redes extrauniversitarias. Es allí donde la educación se deja dominar por las agendas políticas, por la lucha entre partidos, por los proyectos políticos en turno y por la tiranía de la pragmaticidad. Queda establecido que la transmisión de saberes ya no está destinada a una élite que guíe al pueblo a su liberación, sino que se encuentra inmersa en una serie de relaciones donde es necesario ocupar puestos fundamentales. El personaje principal de esta lógica es el joven de la élite liberal al que se le ha educado en un sistema de competencias necesarios para su profesión. Hoy en día el emprendedor postcapitalista ha sustituido a la figura del revolucionario marxista. Este personaje existe gracias a un conjunto organizado de conocimientos a partir de los cuales funciona el sistema y que es congruente con las exigencias pragmáticas que están al servicio del poder. Esto señala que vivimos en un momento cuya consecuencia global es la subordinación de las instituciones de enseñanza superior al poder donde el saber ha perdido por completo la idea de ser un fin en sí mismo[6].

En nuestra época el joven liberal, educado en las competencias propias a su ciencia, está situado dentro de la óptica de la descomposición de la cultura como fenómeno general. En la época del perspectivismo el alumno se caracteriza por estar al asecho del éxito y por medirlo en términos de poder y dinero. Hoy las competencias educativas exigen que a los pocos años ya nos hayamos dejado seducir por todo tipo de ideas, que estemos convencidos que no hay una única interpretación para los hechos y que todas las religiones han sido legítimas en su momento. Esto implica que no es necesario comprometerse con convicciones duraderas ya que lo aprendido en la escuela está destinado a transformarse en mero instrumento. Es así que la Universidad se ha entregado a la lógica de la instrumentación.

La Universidad ha dejado de pensar el modo de ser del alumno en términos de ethos. Este olvido sugiere la condición de hacer verosímil la ficción de que se cree en lo que se dice. Esta ficción hace más fácil el uso del cinismo en las prácticas sociales. El bien y el mal, la belleza y la monstruosidad, la virtud y lo perverso son para nuestros jóvenes meros objetos de interpretación. Aquí ya nada es verdadero y no hay nada falso. Y, si no hay nada que de suyo sea moral, tampoco tendríamos elementos para hablar de lo inmoral. He aquí la esencia del perspectivismo. (ramses.sanchez@ulsa.mx)

[1] Cf., Franco F., Franca, P. M., Introducción a la pedagogía general, Siglo XXI, 2006.

[2] Cf., Charles Baudelaire, El Spleen de parís,

[3] Cf., Carlos Fuentes, Las buenas conciencias,

[4] Cf., Friedrich Nietzsche, Die frühliche Wissenschaft,

[5] Lyotard, J-F., La condición posmoderna, Cátedra, pp.

[6] Sobre los personajes de un discurso, en tanto que efectivación de sus principios, Cf., Deleuze y Guattari, ¿Qué es la filosofía?, Anagrama, 2010.

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