Baile y Cochino.-
Por: Horacio Cárdenas.-

Guardando y sin guardar las debidas proporciones, el caso de Esther Quintana Salinas en su pretensión de convertirse en la primera presidenta municipal de Saltillo, se parece demasiado al de Hillary Clinton, quien en la pasada elección del mes de noviembre, compitió para ser la primera presidenta de los Estados Unidos. Ambas lo tenían, podríamos considerarlo así, si no todo, bastantes elementos a su favor: una carrera política sólida, un reconocimiento público, el gobierno municipal de Saltillo, como el norteamericano, eran de su mismo partido, que aunque tuviera críticos y opositores, la percepción generalizada era la de un buen desempeño, con lo que lo razonable que cabía esperar, era la continuidad, por lo demás sus campañas estuvieron bastante mejor organizadas que las de sus competidores y sus propuestas eran más aterrizadas… y aun así, no ganaron.
La explicación de estos resultados podría no encontrarse en lo político, sino en la actitud misógina que todavía marca vergonzosamente tanto a la sociedad estadounidense como a la mexicana, aunque es difícil decir en cual de ella es más fuerte, en los Estados Unidos ha habido varias gobernadoras, Sarah Palin que lo fue de Alaska y que incluso contendió por la candidatura a la vicepresidencia del país en comicios anteriores, Janet Napolitano fue gobernadora de Arizona y luego ocupó en nada sencillo cargo de secretaria de seguridad interior (homeland security) en el gobierno de Barak Obama, dan idea de más seriedad de la que han tenido los poquísimos gobiernos de mujeres en México, a las que cuando mucho se les ha concedido gobernar los estados más pequeños de Tlaxcala y Colima, y lo de Claudia Pavlovich es la excepción que hace temblar la regla, pero no demasiado, no al grado de que se convierta en ejemplo.
Hablando solo de Saltillo y de Coahuila, la verdad nos cuesta trabajo entender para que alguien quiera ser presidente municipal por un año, siendo que el período normal, si se le puede decir así es de tres o cuatro años, lo único que lo salva es la posibilidad de reelegirse que permite ahora la legislación electoral, pero considerando lo complicado que es la administración en el nivel más cercano al pueblo, nadie puede presumir que la tenga en la bolsa. Pero por si las cosas no fueran suficientemente complicadas, la misma ley ordena que el que quiera ser candidato, a elección o reelección, debe haber renunciado tantos meses antes del día de los comicios, con lo que más difícil es comprender la cuestión política en este país, entre que unos sienten que apenas están encontrando cómoda la silla y otros que con una semana se las ingenian para saquear las arcas, están los que quieren eternizarse en el poder, sin el cual “no se hallan”.
Pero bueno, Esther decía en campaña que de ganar ella gobernaría un año, sus propuestas y su plan de trabajo estaban estructurados para ello, algo que no se puede decir ni de Manolo Jiménez que resultó el triunfador en la elección del 4 de junio, ni de las comparsas y apuntados que iban solo a la pepena. En su salud lo hallarán los saltillenses, que en vez de preferir a quien tenía identificados los problemas más inmediatos, los que podían atenderse en el transcurso de un año, se fueron por las propuestas difusas de siempre, esas que terminan convirtiéndose en escaso trabajo, algunas nuevas fortunas personales, más deuda que no se tenía, y problemas agrandados y recursos más limitados para enfrentarlos.
Las palabras de los candidatos, de todos, ganadores y perdedores, como lo sabemos por dolorosa experiencia, se los lleva el viento. Eso en determinados casos, podría ser considerado como una bendición, ah porque si el gobernante de repente se acuerda que tal o cual propuesta o proyecto para atender una necesidad social, la hizo otro candidato al que le tenía particular tirria o miedo, lo más seguro es que la sepulte en el arcón de lo que no se hará jamás, no fuera a ser que retomándola, alguien se acordara de aquel o aquella, echándole a perder la gloria al gobernante, algo imperdonable, mejor lo otro.
Pero… pero Esther con esa inteligencia y colmillo que es imposible negarle, supo identificar el problema número uno de la capital coahuilense, uno que tiene estrangulada la vialidad, que afecta la vida de decenas de miles de personas que viven en la ciudad o pasan por ella, que es tan grave que puede afectar el desarrollo inmediato de Saltillo, y que se centra en un error: quienes diseñaron (es un decir) los pasos inferiores de Nazario Ortiz Garza para tomar Periférico Luis Echeverría, de plano no sabían sumar, que es lo que finalmente es el cálculo del aforo de vehículos por una determinada calle.
Toda la inversión en los famosos puentes que convertirían a Saltillo en CoahuiYork, se estrangula en ese punto, donde de ida y de venida dejaron un solo carril, cuando dos apenas hubieran sido razonables y tres le hubieran dado al conjunto vial la utilidad prometida, de veinte a treinta años. Para quienes tienen que pasar por allí en horas pico, más bien en horas serranía, es una pesadilla de lentitud, todo porque algunos funcionarios decidieron irse por la barata de un solo carril, en vez de dos, ¿resultado?, un broncón vial al que nadie quiere entrarle.
Pues bien, la propuesta de Esther si llegaba a la alcaldía, era ni más ni menos que esa, construir un puente, elevado para sacarle la vuelta al paso inferior, y desatar la tripa anudada del tráfico y de miles de conductores que en mala hora, la que sea, tienen que transitar por allí. Además no se andaba por las ramas, hasta plano había, tenía hasta el cálculo de costos y los tiempos de terminación, para que pudiera concluirse antes de tener que entregar el poder en doce meses.
¿Qué va a pasar ahora?, lo más probable es que nada, o que se le sigan dando soluciones parciales como lo de pintar la raya amarilla, poner multas a quienes se la brinquen, poner barreras de acero, pero lo que es entrarle a una obra cara, sí, carisma, pero indispensable, de eso nada. Porque todos se van a acordar que la que lo propuso fue Esther Quintana, pero no por eso debería ser castigado todo el pueblo de Saltillo y los que pasen por aquí. Al contrario, el puente debería hacerse y levantarle una estatua a Esther por haber tenido la idea, o si no la idea, los pantalones para proponerlo como programa de gobierno.
Ojalá, que quede en eso, en un ojalá que Manolo o el gobierno estatal, o quien sea entren en razón de que esto es lo que se necesita, y que sin esto, Saltillo pierde unos ocho lugares en esa lista famosa de las mejores ciudades para vivir

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