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Educación ignorante; el sentido radical de la enseñanza

De la educación en nuestro tiempo. Final.-

Por: Dr. Ramsés Leonardo Sánchez Soberano.-

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La época presente requiere poner en entredicho la noción de un sujeto orgulloso de su ser. Aquel que no se ha dado tiempo para poner en cuestión si lo que hace está o no a la altura de la época. Estar a la altura de nuestro tiempo supone hacerse cargo de, saberse inmerso en, ser capaz de plantear preguntas. Esas preguntas que vienen de repente, las que llegan inesperadamente, y que nos indican que ya no se seguirá siendo el mismo, muestran la dureza del mundo, su crudeza y por ello eximen de cualquier ficción o apariencia. Las preguntas que asaltan repentinamente y que no encuentran inmediata respuesta son aquellas que ponen en cuestión la normalidad y el hábito. Sacan de su ocultamiento lo posible para un modo de ser que se desconocía anclado en una óptica, en unos valores, en unas opiniones en general. Prepararnos para estas preguntas es la tarea originaria de la paideia. Ella es la única educación capaz de erigir al hombre en una época como la nuestra. Ella debe auxiliarnos ante la desprotección radical a la que está sometida la vida frente a lo que llega, a lo que no deja de llegar o a lo que tal vez ya ha llegado.

La tarea de esta educación comienza con una invitación originaria. En ella se señala cómo se puede llegar a tiempo, cómo se revela el momento donde el despertar sea dado de una manera tan radical que la comprensión de su nueva responsabilidad sea comparable con una reconversión, con un nuevo nacimiento. Este volver a nacer de un modo tan radical comienza poniendo en cuestión todo lo que se creía estable. De suerte que a este nuevo nacimiento sí asistimos radicalmente. Comienza con un escepticismo radical. Es tan íntimo que, al tomar una nueva actitud ante los problemas del presente, indiscernibles del que ha comenzado a poner atención, la vida que se llevaba con anterioridad está ahora en suspenso. Este volver a comenzar afecta entonces al mundo. Él solo puede ser alcanzado en el efectivo ser de otro modo, en un ser novedoso que ha surgido de una conmoción radical que divide su temporalidad entre un antes y un después. Ese tiempo se abre con la conmoción que nos prepara para el siguiente advenimiento.

De modo que la pregunta radical en la que nos hemos convertido no es accesible para todos. Es radicalmente mía, personal, absoluta. Sin embargo, merece ser llevada a cabo junto a otros. Dice que hay que escuchar aquello que otros han pensado en intimidad y es por ello que el nuevo escuchar requiere una enseñanza radical.

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Hacerse cargo de la educación del otro es la máxima responsabilidad. Es la responsabilidad que requiere estar atento, saber escuchar al que se expone y hacerlo frente a la máxima sabiduría. Educar y educarse originariamente consiste en tomar una responsabilidad radical. Aquella que dice cómo nos encontrará el siguiente advenimiento. Estar preparados para recibirlo, para que no pase inadvertido, es la máxima del saber aprender y la lucha por no entregar nuestra libertad a ningún sistema de recuentos.

Con todo, la educación originaria está dirigida a seres originarios, a aquellos que no aparentar ser, sino que realmente son. Se opone a la peor de las ignorancias: la que cree saber e ignora radicalmente su desconocimiento. Este obrar en la ignorancia es el diotés (el obrar mal). El que ignora su ignorancia y actúa como sabio es aquel que solo puede provocar mal: el ignorante que se ignora como tal introduce males y, al intentar actuar justamente, no puede sino causar maldad. Pretende sustituir la realidad porque  finge hipócritamente tenerla como real. Es en esa ficción que él afecta la realidad moral. Esta ignorancia encarna la peor de las acciones ya que sus decisiones ponen en juego el bien y el mal: lo ponen a disposición de las interpretaciones, de la opinión y de los hábitos en general. Su ignorancia es la causa humana del mal, es el delito que impele a todo ser que es realmente algo y que finge ser lo que no es. El diotés señala al hombre que actúa de acuerdo con sus intereses, el que perjudica a aquellos que no están incluidos entre lo que le es favorable, el que utiliza los actos para mentir, para huir de lo que le pone en riesgo, para violentar a quienes representan una amenaza para sí. De modo que el diotés es el cobarde. Es aquel que está encerrado en lo de sí. Es el que no puede dejar de ser a toda costa el Mismo.

Finalmente, un hombre que está ligado a los demás ha superado originariamente el ámbito del egoísmo y de la cómoda indiferencia. Una educación que ha surgido de estas bases fundamentales ya no vería en la guerra y en la destrucción el único camino para posicionarse en el centro del ágora y hacer escuchar a toda costa su voz. Una educación que ya no ha surgido de la guerra, está más allá del poder de la política: ya no espera a que una ley dictamine que debe actuar en conformidad con una legitimidad moral para que su acción sea buena. Una educación tal concierne a un ser que se sabe absolutamente responsable para que el Bien y la comunidad abandonen el sitio de palabras vacías. Exige una autocrítica que comienza con la comprensión de que todo fenómeno social es el despliegue de una visión del mundo que se ha educado en un contexto (en una ideología, en unas formas de ser, de actuar, de opinar, de vivir).

Una educación tal, aquella que aspira a prepararnos para el siguiente acontecimiento, ya no está limitada a permanecer enclaustrada en las aulas, ella presenta un modo de vida donde el yo se encuentra a cada instante. Esta relación entre el hombre y la idea de su perfección vuelve a poner atención en la antigua noción de κάλλος (kállos, belleza) como imagen anhelada de acuerdo con principios universales. Volverse a sí mismo una obra de vida, una acción congruente entre el pensar y el saber actuar, es la idea original de educación. Consiste en poder resistir a toda costa a entregarse a la destrucción del otro, a la violencia, al asesinato y a la indiferencia. Ello dice que no es posible confundir una acción que lleva consigo un bien ulterior con una acción interesada, pues aquí el Bien carece de perspectivas.

Hacer el Bien es obrar conforme al deber. Significa de suyo ser justo, bueno, bello, esto es, actuar como se debe es encontrarse bien, ser feliz a favor de una divinidad, inspirado y llevado por un Dios. Dice que el Bien perfecto es aquel que no espera nada a cambio. Una acción que no está encaminada a pedir nada después de actuar. Ella es pura donación, dadivad, regalo. Esta acción absolutamente buena es la que está dispuesta a recibir cualquier mal antes de convertirse a sí mismo en un hombre desgraciado. Ese es el sentido radical de la educación. Ella es la enseñanza radical. Una enseñanza que se lleva a cumplimiento como vida que es libre por antonomasia pues, una vez asumida en su originariedad, ya no se estará dispuesto a llevar a cabo acciones que nos hagan comparables con aquellos a los que detestamos.

ramses.sanchez@ulsa.mx

 

2 comentarios sobre “Educación ignorante; el sentido radical de la enseñanza

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