Caciquillo de Parras desafía al gobernador Riquelme

Baile y Cochino.-

Por: Horacio Cárdenas.-

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México, todo el país, y Coahuila no podía ser la excepción, es tierra de caciques. Lo que son las cosas, las definiciones que encontramos de la palabra en el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española, siguen tan válidas hoy como cuando los españoles se toparon con los primeros caribes, los habitantes originarios de las Antillas, antes de esclavizar a los que se dejaron y exterminar a los que no: Cacique, Gobernante o jefe de una comunidad o pueblo de indios, Persona que en una colectividad o grupo ejerce un poder abusivo, y Persona que en un pueblo o comarca ejerce excesiva influencia en asuntos políticos. Parece el retrato hablado de dos que tres matasietes que en este Siglo XXI gobiernan algunos de los municipios de Coahuila como si estuviéramos en la época de la Colonia, o peor, en la edad media.

Caciques nos los encontramos en todas las ciudades y hasta en los poblados que con trabajos mantienen una población como para seguir siendo considerados como municipios. Lo mismo son individuos que se en el curso de su vida se hacen de dinero y de influencia, que de familias que mantienen el poder por generaciones… y hasta siglos. A veces, la verdad es que pocas, el cacique tiene cualidades humanas como para hacerse cargo de su papel frente a una comunidad que, por las razones que sean, lo ven para arriba, pero esas son excepciones, la mayoría de las ocasiones el cacique vive entregado a concentrar más y más poder, primero el económico, luego el político, a controlar tierras, recursos, negocios, gente, todo, lo cual nos lleva a que el cacique y su familia se enriquezcan cada vez más, mientras que el resto de los pobladores se mantienen apenas por sobre la línea de flotación, que no es decir mucho.

En general los caciques se reconocen como parte del sistema. El sistema político y económico los consideran parte de sí mismos, los utiliza y en compensación, los premia con un poder creciente, además de un nada despreciable nivel de tolerancia, que aun en este país de impunidades sin cuento, no se le concede a cualquiera. Es entendible y así funcionan las cosas en esta estructura piramidal del poder, en la que los de hasta arriba requieren de los escalones inmediatos para que los de hasta abajo no se les acerquen, no los incomoden y no les exijan lo que si la sociedad fuera aritméticamente justa, les correspondería. Es una relación de ganar ganar, los de arriba con los que les siguen, a costa de los de abajo donde todo es perder perder, todo excepto la esperanza de que algún día las cosas se componga, y así se van los años y las generaciones sin ver una mejoría.

Pero a veces los caciques se exceden, a veces por abusos que rayan en lo imperdonable, el sistema termina dándose cuenta que uno de sus engranajes comienza a ser más un riesgo y una amenaza, que ha perdido la utilidad que tuvo, corriéndose el peligro de que los de abajo lo rebasen, llegándose a tocar las puertas del poder, algo que es además de incómodo y mal visto, una amenaza para la estabilidad.

Eso es lo que está pasando en Parras de la Fuente, donde el pueblo sería mágico de no ser por los caciques que lo tienen acogotado de la Revolución… desde mucho antes de la Revolución, sin que a lo largo de las décadas se haya tocado el poder que detentan los Madero y otros caciquillos, portándose hoy como cuando toda la región era tierra de nadie, como señores de horca y cuchillo.

De por sí que todo aquel que llega a Parras por la ruta escénica, por llamarle de alguna manera no demasiado sarcástica a la carretera que va de Saltillo, se pregunta al ver la cantidad descomunal de trailers nuevos o seminuevos, si el pueblo de veras da para tanto. Sabemos que un tractocamión pueden durar millones de kilómetros, los hacen durar millones de kilómetros de servicio continuo y con el mantenimiento apenas suficiente para que sigan funcionando, ¿pero una flota de tractocamiones nuevos?, eso es un contrasentido hasta para los floteros que lo que renuevan lo mandan para que siga chambeando en alguna subsidiaria o en empresas cada vez más lejos de los centros de gran tráfico de mercancías, y salvo su mejor opinión, ¿qué tanto puede mover Parras?, y sin embargo allí está el negocio.

Y pues sucede lo que tarde o temprano tenía que pasar, que un pésimo día, las autoridades detienen un cargamento de droga que iba en un tráiler de la empresa de la que es dueño el cacique Evaristo Madero. Hombre, lo más fácil en estos casos, es que el transportista acuda y explique que a ellos los contrata tal o cual cliente, y que no es su responsabilidad la mercancía que llevan, sobre todo cuando no es la que está declarada en los manifiestos, lo que por sí solo es violatorio del contrato y libera de culpa al prestador de servicio. Esa sería la actitud de un empresario con tantito colmillo y mediano conocimiento de su negocio, pero no.

El asunto aquí es que un problema que ocurre cotidianamente en el ramo del transporte, se convierte en uno de orden político y social, pues el cacique Evaristo Madero se siente que no le debe explicaciones a nadie, y por nadie entienda usted a la justicia federal, a la estatal, a ninguna instancia de gobierno, del que él forma parte por haberlo buscado por enésima vez y logrado ocupar la presidencia municipal.

Pero no es solo que el mangoneador de Parras se sienta por sobre la Secretaría de Gobierno o por encima del Congreso del Estado, sino en la actitud que asume de que a él nadie lo puede tocar, ni mandar, ni nada. Eso sí que calienta, porque sí, Parras puede estar a cincuenta kilómetros por la desviación en Paila, pero no por eso deja de haberse convertido en el punto focal del sistema político y de la sociedad coahuilense, porque lo que está haciendo el tal Evaristo es desafiar al gobernador Miguel Ángel Riquelme Solís, convirtiéndose en la primera gran crisis que le toca enfrentar, y todo por un asunto que pudo haberse resuelto diciendo que el camión no es mío o que le clonaron los rótulos o que se lo habían robado, lo que sea, ah no, a bravuconear como solo Los Madero pueden hacerlo.

Allí tiene al caciquillo picándole la cresta al secretario de gobierno, que si algo tiene es memoria para acordarse y cobrarse las afrentas, sobre todo de problemas gratuitos que sacan al gobierno de la zona de confort donde le gusta estar. Allí tiene a Evaristo echándole a perder al gobernador Miguel Riquelme la tormentosa luna de miel con el pueblo coahuilense, forzándolo a actuar con mano dura cuando lo que quisiera es a todos tratar con guante de seda.  Lo mismo al Congreso, teniéndolos a todos en contra ¿cree Evaristo que puede ganar la partida?, habría que preguntarle, por si él lo sabe: cuando se acaba el mundo y todos nos vamos a Parras para escapar de la catástrofe ¿A dónde se van los de Parras, comenzando por su caciquillo de piel de campechana?

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