Ser usuario de Apple… ¡Puede arruinar tus vacaciones!

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La semana pasada, específicamente del sábado 15 al sábado 22 de septiembre, mi familia y yo decidimos escapar temporalmente del estrés y la presión de la vida citadina, e irnos a disfrutar de unas no tan merecidas pero disfrutables vacaciones en  las majestuosas playas de Puerto Vallarta. Todo iba según lo planeado. Vimos en proyectores el triunfo ficticio pero alegórico del Canelo, gritamos viva México entre mariachis, buffet mexicano y caballitos de tequila. Disfrutamos de vientos calientes y cielos nublados en un bonito hotel, con familia, primos, plan todo pagado, barra libre internacional, innumerables old fashioned uno tras otro y servicio de alimentos directo a la alberca – un hermoso paraíso tropical -.

Pero para el día lunes, mientras me tomaba un cargado old fashioned en el bar del hotel, mi costoso pero bonito Iphone X se descargó por completo, un hecho completamente normal. Al llegar al cuarto lo dejé cargando. Al siguiente día al intentar leer las noticias mañaneras,  me di cuenta que algo andaba mal. El símbolo de Apple aparecía y a los cincos segundos volvía a desaparecer, una y otra vez, sin mostrar respuesta. Lo conecté al ordenador y nada.

Toda la familia quería ir de shopping a la plaza la Isla y mi hermano me comentó – creo que hay una Mac Store en el mall, seguro ahí te ayudan – así que yo, en mi ingenuidad, y al poseer seguro Apple Care+, creí que me ayudarían al instante y que sólo era un problema pasajero. Con toda la amabilidad del mundo solicité que me dieran oportunidad de actualizar y/o restaurar un Iphone X, debido a que no tenía manera de hacerlo desde el hotel, pues el internet era malo y la descarga de la actualización se interrumpía cada treinta segundos. – Por ese servicio serían 500 pesos joven – me aseveró el trabajador del servicio técnico con acento costeño. Le repliqué que sólo era una actualización y que merecía asistencia técnica debido a que al comprar el Iphone también contraté un seguro ampliado para cualquier incidente, como el que se presentaba en ese momento. –Lo siento joven, pero sin cita no puedo atenderlo, y mi hora de comida es a la una (eran las 12:45), y a las tres llega mi compañero – Sin duda, una respuesta lapidaria, que mi cerebro tradujo en – No esté chingando joven, ahorita no se puede, venga otro día – .

Un gesto de enojo y un seco gracias fue mi respuesta. Salí enfurecido y me fui de shopping, enojado; nada me gustó.

De regreso al hotel me comuniqué directamente con los servidores de Apple, contando mi historia. Me dijeron sentirse apenados e intentaron resolver la situación agendando una cita para el día siguiente. Les pregunté que si en caso de ser una falla de fábrica, no sería contraproducente el hecho de que para el sábado ya no estaría en la misma ciudad. Me dijeron que para nada, que normalmente los asuntos se arreglaban en el menor lapso posible, disculpándose una y otra vez por el incidente.

Asistí a mi cita en la Mac Store a las 12:20 de manera puntual. Me asistió otra persona y sentí algo de alivio al creer que la atención anterior había sido algo circunstancial. Pero en ese momento llegó una señorita de unos 40 años de edad – muy guapa por cierto – directo a enfrentarse con un tono grave y hostil. Su argumento era el siguiente: su computadora MacBook Pro, que ella había llevado a limpieza, al recogerla ya no prendía para nada, y que a pesar de ser una computadora casi nueva – y en verdad se veía nueva – estaba completamente inservible.  Le decían que cualquier servicio técnico de la Mac Store no tenía ninguna garantía y cualquier error o daño era responsabilidad del cliente. Ella les aseveró que jamás le notificaron tal cosa antes de dejarles su equipo, a lo cual la persona que me atendía argumentó que sí lo habían hecho, y para demostrarlo llamó al otro asesor – el que me había atendido el día anterior – y su evidencia para demostrarlo fue la siguiente conversación:

–             wey, te acuerdas que sí le dijimos que no nos hacíamos responsables si el equipo no funcionaba de manera adecuada.-

–             Sí, sí me acuerdo. Sí le dijimos. Ella no se acuerda, pero sí le dijimos.-

Esa era la evidencia por parte de los asesores. Dos testigos contra uno, la señorita claramente se encontraba en desventaja. A mí, como espectador, solo me faltaban un bote de palomitas y una coca. Todo quedó en nada. El encargado replicó entre tartamudeos que la MacBook había tenido contacto con líquido y por eso no se podía reparar, y que la tarjeta de memoria, junto con otros accesorios, se encontraba dañada. Y ellos no eran responsables. La muchacha, irascible casi hasta el llanto, tomó su laptop y se fue, con paso veloz – y debo admitir que algo sensual-  del establecimiento.

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Así que era mi turno. Con toda la preparación mental ante cualquier excusa posible me acerqué y pedí que revisaran mi equipo.

–  Si se le restaura son 500 pesos joven –

– Ya lo intenté yo desde el hotel, como quiera no enciende, si gusta intente –

– Bueno, si no enciende, no se le cobra –

Por fin algo bueno. Yo sabía que no encendería porque un día antes en la madrugada lo intenté yo desde mi equipo – Una Mac, por cierto –  y no tuve respuesta. El fallo seguía. Los asesores en línea me dijeron que si volvía a tener problemas con el servicio técnico que les llamara inmediatamente.

Pero en fin. Sentí un poco de esperanza cuando el tipo accedió a anotar mis datos y mi número de póliza de mi Apple Care. Sacó un pequeño dispositivo de un cajón y lo conectó al Iphone, e hizo una cara de molestia – Chin, joven, el equipo no detecta su Iphone. Si no lo detecta no lo puedo recibir, ya que debe leer el número de serie – y ahí fue donde empecé a intuir que estas personas disfrutan el sufrimiento ajeno. – ¿Y qué puedo hacer? – pregunté.  – Necesita traerme la factura original joven .-

Tomé un equipo de los que estaban ahí, accedí a mi correo y obtuve la factura de la Apple en línea. – En un momento se la mando – le contesté.  Se lo mandé por correo y su rostro hizo otra mueca de desilusión –No joven, necesito otra, una que trae el número de serie del equipo –

Llamé por teléfono a un asesor personal, y después de hora y media de hablar y explicar el mismo caso a cuatro personas diferentes, lograron mandarme una factura donde aparecía el número de serie.

Se la mandé al muchacho del servicio técnico.  Sentí algo de satisfacción, porque, al verla, su cara fue de asombro y de verdadera desilusión: ahora sí tendría que atenderme.

Empezó a tomar todos mis datos y pidió disculpas por el incidente de horas antes con la “señora grosera”. Le di mi teléfono y todos mis datos y me entregó un recibo. Pero antes de irme, decidí preguntar con mi inevitable acento norteño – Oye compadre ¿Y cuánto tarda la inspección? –

A lo que él dijo – Híjole joven, pues depende del equipo, si es fallo de fábrica, o si se mojó pues no entra la garantía (en forma de amenaza) porque tiene un sensor que nos dice si se moja.

– Porque yo me voy de la ciudad el sábado – aseveré

En ese momento noté un enorme gesto de satisfacción en su rostro – Híjole joven, son mínimo ocho días, y pues se debe recibir aquí mismo – en ese momento caí en la cuenta que era mejor llegar a tierras saltilleras, y esperar un mejor trato.

Me volví a comunicar con los servidores en línea. Ellos se apenaron y mandaron sus respectivas disculpas, jugando al policía bueno y policía malo. Decidí olvidar el asunto y pasar lo que restaba de mis vacaciones siendo un hombre libre, sin ataduras a la tecnología. Y fue aquí donde me di cuenta de lo necesario que es hoy en día estar comunicado.

Mi vocación periodística, mis ansias de lectura y búsquedas rápidas de significados o información complementaria de lugares y atracciones, se vieron nulificadas.

En una ocasión me perdí en una excursión en el mercado del Rio Cuale, al que asistí con toda la familia. – No importa, puedo pedir un Uber – pensé; he ahí mi frustración. Y si me voy sin avisar se van a preocupar. Mi irritada decisión fue ir al auto que rentamos y esperar a los demás. Estuve dos horas parado debajo del cálido sol Puerto Varteño.

Cero fotografías, cero selfies, cero videos de antro, cero imágenes de platillos exóticos. Cero historias de Whatsapp. Dentro de lo que cabe me la pasé muy bien, aunque nadie lo sepa.

Hoy lunes ya tengo cita en Saltillo, en la Mac Store de Galerías. Espero este sea el final de la historia, y no tenga que cambiarme a Samsung (hasta ahora era bastante fan de la marca) aunque debo admitir, estoy seriamente tentando.

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