Volver a nacer

Escribe: Paola B.

depresion

Preludio

Estimados editores,

Les comento que gracias a las publicaciones que ustedes han realizado de mis textos, una chica de Saltillo se ha acercado a mí para hablar de sus propios acontecimientos, a raíz de nuestras conversaciones y de el encuentro entre la afinidad de proyectos, ella me ha enviado un texto sobre sus problemas con la depresión y el suicidio. Le he ayudado a redactarlo y, estoy seguro, que su publicación en el Demócrata será de gran ayuda para todos los chicos que están en la misma situación. Creo que hay que ayudar en este fenómeno de salud pública y estoy seguro que ustedes son el medio idóneo para hacerlo.

Me atrevo a enviarles por este medio el texto final con la finalidad de que sea publicado en su medio. Nuestra Universidad y la Universidad La Salle de saltillo están muy preocupadas por el tema y le damos seguimiento de muchas maneras. Una de las formas para que los chicos encuentren paz es el de reconocer su esfuerzo y entrega a tan profundo problema y estamos convencidos que es a ellos a quienes debemos dejarse expresar.

Muchas gracias por todo su apoyo.

Dr. Ramsés Sánchez Soberano.

 

Volver a nacer

alegría

Depresión y suicidio, dos grandes problemáticas del siglo XXI, mucho más comunes de lo que nos podemos imaginar, y muchas veces, los problemas de las personas que menos lo esperamos. Actualmente, a pesar de su gravedad, nuestra sociedad no quiera hablar de ellos; son fenómenos que están sucediendo, aunque no los queramos reconocer.

Además, siguen existiendo los famosos tabús que afirman que para salir de una depresión, sólo es cuestión de «echarle ganas», cuando en realidad va más allá de eso. De hecho, el imperativo «échale ganas» es de las peores cosas que le puedes decir a una persona en estado de depresión. Nuestra cultura confunde la solicitud de la ayuda con debilidad, pero decir lo que sentimos, lo que pensamos, lo que nos molesta es todo lo contrario: hablar de nuestros sentimientos, aceptar que necesitamos ayuda y aceptar que muchas de las veces no podemos solos es de personas fuertes. Siempre he pensado así, y estos últimos meses lo reafirmé.

La depresión va mucho más allá de un simple estado de tristeza. Se trata de una enfermedad que puede tener diferentes causas y profundas consecuencias. Uno no entiende lo que es estar deprimido hasta que lo vive o ve a alguien cercano vivirlo.

En febrero de este año tuve una de las peores etapas de mi vida. Estaba cursando mi tercer y último año de preparatoria. Me sentía triste, cansada, sin ganas de nada todos los días. Y conforme iba pasando el tiempo, las cosas fueron empeorando. Comencé con terapia psicológica. No era la primera vez que iba con un psicólogo, mas sí la primera vez que sentía que no me ayudaba en nada. Seguí yendo, pero ahora ya no sólo era el cansancio, la tristeza y la desgana; se fue agregando el insomnio, la falta de apetito, el no querer socializar, el no poder concentrarme. Todo esto afectó los demás ámbitos de mi vida. Llegué a un punto en que comencé a autolesionarme, porque era lo único que me hacía sentir bien y calmaba mi ansiedad. Una vez que comencé, ya no pude parar. Por más que yo intentaba estar bien, estar feliz, no podía. Mi familia se desesperaba porque no entendían cuál era la razón por la que yo estaba así. Mis amigos notaron el cambio pero nadie sabía qué hacer, ni siquiera yo.

Intenté seguir con mi vida. Dejé de ir al psicólogo. Pero ese vacío que sentía aumentaba cada vez más. Trataba de mantenerme lo más ocupada posible para no pensar, para no sentirme de esa manera, pero no había un solo día en que yo no llegara a mi casa a llorar, a hacerme daño. Llegué a un punto en que me odiaba tanto, que me tranquilizaba de una manera impresionante cortarme. Mi familia se dio cuenta, pero no lo entendía, ni siquiera yo lo hacía. Sentía un vacío enorme que no puedo explicar. Me sentía sola aun sabiendo que no lo estaba y que había mucha gente que se preocupaba por mí (aunque en ese momento no lo reconocía del todo). Mis amigos siempre estuvieron ahí, me trataban de ayudar, pero nadie sabía cómo.

Eran vacaciones de Semana Santa, en esos momentos yo estaba en el suelo. La primera semana me fui de misiones. No sabía si ir o quedarme, porque no sentía que podía ayudar a las personas cuando ni siquiera podía estar bien conmigo. Terminé yendo, pero de la misma manera, no hubo día que no llorara por la impotencia que sentía de no poder disfrutar las cosas que antes amaba hacer. No lo entendía.

La segunda semana de vacaciones no hacía otra cosa que dormir todo el día, estar encerrada en mi cuarto sin hablar con nadie. No me paraba ni a bañarme, tampoco comía nada. Mis papás, muy preocupados, querían llevarme con un psicólogo, pero no le veía sentido, porque afirmaba estar bien, aunque claramente no lo estaba. Una persona muy cercana a mi familia se enteró por lo que estaba pasando, habló con mi mamá y, sin preguntar, hizo una cita con el psiquiatra. Cuando me enteré que tenía cita y que nadie me había dicho que iba a ver a un doctor que según yo no necesitaba, perdí el control: comencé a gritar, a llorar del coraje, porque no quería recibir ayuda. Ya no tenía arreglo.

Estaba tan negada a ir, que me tuvieron que cargar para meterme a la regadera. Salí del baño y mi mamá me vistió. Me cargaron a la camioneta y, al llegar al hospital, también me cargaron para ir al consultorio.

Estando ahí con el doctor, no sé qué pasó pero me dio una confianza increíble y le conté todo: cómo me sentía, cómo no le veía sentido a mi vida y me sentía un estorbo para los demás. Al terminar de escucharme, lo primero que me dijo fue: «¿Por qué te tardaste tanto? Traes una depresión del demonio». Al escuchar eso me quedé en shock y empecé a entender por qué me sentía así. Me diagnosticó con depresión severa y ansiedad. Aun así, yo seguía con la idea de que no necesitaba ayuda.

Me medicó, pero me rehusaba a tomarme los medicamentos, y cuando me hacían tomármelos a la fuerza, los vomitaba. Duré haciendo esto todo un mes, si no es que más. Hasta que me di cuenta que realmente los necesitaba. Al principio sentía que las cosas iban mejorando, incluso me dejé de lesionar, pero no siempre lo sentía así; había días buenos y días malos, pero después se fueron acumulando más los malos. Ya no sabía qué hacer, así que empecé a cortarme otra vez con cualquier cosa que encontrara, porque todos los objetos punzocortantes estaban escondidos. Sin embargo, ya ni eso calmaba mi ansiedad. Era horrible sentir la taquicardia, empezar a temblar de la nada, sentir que no podía respirar, y cada vez era más fuerte.

Ya no podía más. Comencé a escribir cartas de despedida. No sabía cómo ni cuándo lo iba a hacer, pero sabía que lo haría: quitarme la vida. Dos días después encontré un bote de pastillas Ketoprofeno de mi papá en la cocina. Lo agarré, ya que en esos momentos todas las medicinas y cosas con las que me podía hacer daño estaban escondidas; lo oculté en mi cuarto.

Pasaron semanas, pero no tenía el valor de hacerlo, hasta que un día, un jueves 03 de mayo, mi ansiedad era de otro nivel. En la noche no había podido dormir nada, no había ido al colegio; mi hermano estaba de viaje, mi papá también, sólo mi mamá estaba en la casa conmigo.

Me desperté y ella estaba dormida. Saqué el bote de pastillas y me tomé 2. Eran las ocho de la mañana; pasó otra media hora y me tomé otras 2, y así me fui hasta tomarme 20, más los antidepresivos, más las gotas que me había tomado para calmar mi ansiedad. Mi mamá sospechaba algo, iba a checarme cada 10 minutos y me preguntaba qué tenía; yo sólo le decía que estaba cansada y que tenía sueño, pero ella sabía que algo pasaba.

Trataba de dormirme pero mi perrito hacía todo por mantenerme despierta. Me tapaba con las colchas para que no me molestara y no sé cómo pero encontraba la manera de meterse debajo de las colchas y despertarme. Lo sacaba de mi cuarto y lo primero que hacía era correr al cuarto de mi mamá y regresar al mío; le ladraba a ella y arañaba mi puerta para que le abriera.

Para eso de las ocho de la noche ya estaba medicada y apenas podía hablar. Me dije: «Si mi papá llega, digo algo de lo que hice; si mi papá no llega, que pase lo que tenga que pasar». A los 10 minutos llegó. No sabía si decirle o no. Todavía me tardé 30 minutos en pensarlo y en una de esas que mi mamá vino a mi cuarto, apenas alcancé a decirle: «Háblale a mi papá». Él llegó a mi cuarto y le dije que me había tomado 20 pastillas de su medicamento. Impactado, mi papá no sabía qué hacer. Le contó a mi mamá y ella empezó a llorar; le marcó al doctor, quien les dijo que me llevaran al hospital para hacerme un lavado de estómago.

Me puedo acordar cómo iba en medio de mis papás, casi desmayándome, sin poder caminar sola. Llegamos al hospital y me hicieron un lavado de estómago. Es una de las peores sensaciones que he tenido en mi vida: tener un tubo que entra por la nariz y llega al estómago por más de dos horas, y ver cómo salían las pastillas trituradas y sangre de mi estómago. Habían pasado 10 horas de la toma de los medicamentos y para esa cantidad consumida, lo mínimo que esperaban los doctores era que tuviera una úlcera o que me afectara en algo más. Fue un milagro que no me haya afectado en nada. Mi doctor lo único que me dijo fue: «Tengo fe en ti. O le echas ganas o te interno en un hospital psiquiátrico». Ese mismo día me dieron de alta. No sé cómo explicar lo que sentía pero toqué fondo, volví a nacer, la vida me dio una segunda oportunidad.

Llegando a mi casa, les entregué las cartas a mis padres. Fui con ellos a su cuarto, se las di y les prometí que no iba a volver a intentar nada y que desde ese momento iba a poner todo de mi parte. Me partió el corazón ver a mi mamá llorando ese día a mi papá con esa cara de asustado. Y me resuenan las palabras que me dijo mi abuelito cuando se enteró: «Mi bebita, no hagas eso otra vez, te lo ruego, nos matas a todos». Cuando mi hermano llegó de su viaje, le tuve que decir, y de la misma manera, se rompió mi corazón cuando empezó a llorar con tanto sentimiento, rogándome que no lo dejara, que no me rindiera.

Era algo que tenía que pasar. Aunque fue una etapa muy difícil para mí, para mi familia y para todas las personas que me rodean, fue el momento en el que me di cuenta de lo que valía, que había muchas cosas por las cuales estaba aquí, que tenía una razón de por qué estar viva y que tenía que salir de ese hoyo en el que estaba metida.

Durante todo el proceso de mi depresión hubo infinidad de gente que se me acercaba y me decía que se identificaba conmigo por cómo me veía. Me contaban lo que habían pasado y cómo se sentían, y logré que varios pidieran ayuda, porque la necesitaban. Como yo, al principio se rehusaban, pero al final se daban cuenta de que era algo que necesitaban. Sin embargo, la persona que más me impactó y que logré ayudar fue un compañero de mi salón. No había notado que él estaba mal hasta que yo lo estuve.

Logré que la psicóloga del colegio le hablara. Lo canalizaron con un psiquiatra y, al igual que a mí, lo diagnosticaron con depresión. Me acerqué a él y le brindé el apoyo que podía darle, porque creo que yo más que nadie lo entendía. No le había querido contar lo de las pastillas porque me daba miedo darle ideas, pero un día que estábamos hablando (había pasado exactamente un mes de que yo me había tratado de quitar la vida), me dijo que había tomado pastillas. Le pregunté cuántas; me contestó que 15. Entonces le dije: «Voy por ti, mándame tu ubicación». Cuando llegué estaba muy medicado. Lo subí al carro y le tuve que decir a su mamá por teléfono que íbamos al hospital. Le conté lo que había pasado. Me tocó escuchar la voz de desesperación de su mamá y me rompió el corazón pensar que mi mamá había pasado por lo mismo. Llegamos a tiempo. Le hicieron un lavado de estómago.

Cuando llegó su mamá, me abrazó y me dio las gracias. Me dijo: «Por favor, no lo dejes solo». Cuando llegó su papá me saludó y me apretó la mano. Sus palabras se me quedaron muy grabadas: «Dios te lo pague. De todo corazón, gracias». Me fui del hospital porque empecé a ponerme mal: temblaba con taquicardia, así que su mamá se acercó y me dijo: «No te preocupes, ya está bien, sólo estamos esperando los estudios. Yo le digo que te mande mensaje cuando salga». Me despedí de ambos y me volvieron a agradecer, cuando en realidad no había por qué hacerlo. Lo había hecho de corazón y lo hubiera hecho por cualquier persona.

En ese momento me imaginé el dolor que les había causado a mi familia y amigos cuando intenté quitarme la vida. Me había tocado estar de un lado pero no del otro, ahí entendí muchas cosas.

Me di cuenta que me habían dejado para algo y desde ese momento me propuse hacer todo lo que estuviera en mis manos para que la gente viera que esto es un problema real y que pasa más de lo que nos podemos imaginar. También me prometí que iba a ayudar a las personas a que no tuvieran miedo de hablar, porque muchas veces por ello se cae en este tipo de enfermedades y el problema se hace más grande.

Creo que esto pasa porque no le damos la importancia suficiente a las enfermedades mentales, cuando en realidad es lo más importante para poder vivir una vida tranquila y feliz. Nuestra cultura tiene la idea errónea de lo que es ir con un psicólogo o psiquiatra: automáticamente te tachan de loco, cuando no tiene nada que ver. Es una cuestión de salud, de la misma manera que vamos al médico cuando tenemos algún malestar u enfermedad física. La salud mental es igual de importante que la salud física.

Como dije, las causas de una depresión pueden ser muchas. La depresión es una enfermedad, no es cuestión de actitud ni de echarle ganas. Cuando una persona está deprimida, lo que más quiere es salir de esa situación y dejar de sentirse así.

Me atrevo a escribir y contar mi vivencia porque sé que así, de alguna u otra manera, voy a ayudar a que las demás personas se quiten el miedo de hablar de lo que sienten, que sepan y que vean que en verdad, aunque en ese momento no lo distingan, siempre hay una salida y todo problema tiene solución. Quiero decirles que si en algún momento se llegan a sentir así, busquen ayuda, no están solos, no tengan miedo del qué dirán. Al final del día la gente va a hablar, pero uno es quien verdaderamente sabe su historia.

Es válido tener nuestros bajones, tener días malos, lo que no es válido es que nos quedemos estancados en eso. Y nunca olviden que no están solos, siempre va a haber alguien dispuesto a ayudarlos. Creo que es tiempo de que todos nos tomemos un minuto de nuestro día para ver más por el prójimo. A veces no nos damos cuenta, pero las acciones más pequeñas, una sonrisa, saludar, preguntar «¿cómo te sientes?», un mensaje, una carta, son cosas que en un estado depresivo ayudan.

Actualmente sigo medicada. Como todos, tengo mis días malos, pero algo que puedo decirles y les puedo asegurar es que siempre hay una razón, incluso en un mal día, para ser feliz. Haber sobrevivido me hizo darme cuenta de que tengo que aprovechar la segunda oportunidad que la vida me está dando y disfrutar las cosas más pequeñas, que son las que nos hacen felices y no nos damos cuenta.

Haber sobrevivido a mi intento de quitarme la vida fue volver a nacer, porque después de eso ya no eres la misma persona: ves las cosas distintas con una actitud diferente. Y puedo decir con orgullo que, gracias a Dios y a todas las personas que me ayudaron, hoy estoy aquí y soy una sobreviviente.

Si buscas ayuda, no lo dudes, comunícate con nosotros.

ramsessanchezsoberano@gmail.com

 

 

 

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