La potencia de la desesperación

Los acontecimientos.-

Escribe: Ramsés Sánchez Soberano.-

desesperacion

Una vez que los acontecimientos nos han visitado, ¿cómo dar el siguiente paso pasa liberarnos de su eco? La búsqueda de una provocación, susceptible de invitar a comenzar, será tomada desde las situaciones donde se pone a prueba el yo. Esto es, el acontecimiento esboza una modalidad de la edificación de un orden novedoso y es por ello que encarna un ethos radical. Esta edificación señala que el comienzo originario, una vez que la visita del acontecimiento nos ha abandonado, consiste en encontrarse dirigido a la búsqueda de la transformación. Esta búsqueda singulariza al yo inmerso en sus posibilidades fácticas. Abre un entendimiento anterior a cualquier camino tímidamente trazado por la creencia en ser sí mismo. Pensar así implica pensar de otro modo, en términos de Levinas, fuera de la inmanencia burguesa y de la felicidad de ser a toda costa el Mismo. De modo que nos encontramos ante la entrada a una verdad que requiere el mayor esfuerzo. Aquí el yo se relaciona con la vida a partir de un nuevo ethos.

Este ethos no está supeditado a principios nomológicos –donde el derecho ha secuestrado la distinción entre lo moral e inmoral–; él ha surgido de un estado del alma que se vio asaltado y conmovido. Es por ello que comienza, como ha señalado Leopardi, como tedio, como aguijón, como desesperación. En ellos se revela una modalidad preteórica de la existencia y lo hace como el primer motor para el removimiento del espíritu. Volver a sí preocupado, sentirse conmovido por el acontecimiento de vivir, estar secuestrado por lo imposible de controlar, ofrece el acceso hacia un principio radical: en él vivir consiste en la mayor seriedad. El tedio, el aguijón, la desesperación, como movimientos donde se expresa la seriedad de la vida, conducen a cuestiones de este tipo: ¿cuál sería la lógica a la que nos arrojamos una vez que es en el tedio, el aguijón y la desesperación donde el otro comienzo se expresa? ¿Debemos olvidar los aportes de la política aristotélica y lanzarnos ingenuamente a acontecimientos incontrolables por la prudencia? Nuevamente la respuesta es negativa.

Que la desesperación sea la mayor miseria espiritual –porque no se puede dejar a un lado cuando nos fastidia y tampoco es posible dársela a otro para que cargue con ella– y que la cura de esta desesperación consista en poner fuera de validez las cosas terrenas, es la muestra que el todo del mundo está completamente impelido por ella. El estado de apertura patético que aquí se esboza, en su epifanía, en su archimanifestación, abre la posibilidad de hacer explotar el hermetismo del yo, protegido por las seguridades de las que se ha prendido y a las que acude para disipar cualquier molestia, pues es allí donde ser yo es individualizar una posibilidad eterna. El que desespera enferma de existencia, cae en la cuenta de que a partir del acontecimiento sus acciones no se desvanecen en la omnipresencia de la historia – donde sólo hay lugar para grandes eventos antes que una lógica para reconocer el paso nimio de los días. El que desespera tendrá que comenzar por deconstruir el lugar en el que había puesto sus preferencias. El amor por lo finito se vive desde aquí como un amor adiestrado por lo superficial –un dispositivo de reproducción de una lógica dominante– donde el yo desesperado comienza a despedirse de los goces fugaces y prepara el terreno para recibir el rostro de un ser que se ha dado a sí mismo un ethos.

El yo comienza destruido, y en esa agonía (tedio, aguijón, desesperación) se ve obligado a decidir llevar a cumplimiento una acción que le será propia: retroceder a la lógica del mundo natural o lanzarse más allá de la tierra dominada por sus padres. Una vez que se ha vislumbrado esto, hemos puesto un límite a la desproporción del yo encerrado en sí. El comienzo sólo es posible por la eliminación de aquello de lo que se es esclavo. Es un movimiento de libertad en secreto anclaje con el ethos que se es y él es, desde aquí, el único que opera como su propia vigilia.

Finalmente, queda establecido que hemos reconstruido los principios morales sobre los que se acentuaba la nomología del bien. La última palabra sobre la ética aún no está dicha, ella se expresa siempre en situación. Las historias de la moral enseñan lo mismo que la historia de las ciencias positivas: contenidos exhaustos que no provocan nada. El comienzo fundamental es un nuevo comienzo que indica que la historia no es más original que la existencia. Esto demuestra que no hay una ubicación específica (no sabemos aún si el combate reside en la primeridad de las cosas, no sabemos si el Bien es más originario que el Mal), lo que experimentamos es que no estamos ante la expresión de un movimiento de la existencia que posea un único sentido ante un nihilismo “auspiciado” y territorializado en la moral del presente. Un individuo que se sabe a sí mismo susceptible de estos acontecimientos no tiene un solo lugar para comenzar. Él mismo sería una posibilidad para liberar el bien de una moral preformada, para desterritorializar el lugar desde donde hemos sido moralizados. Así, si no hay una moral ejemplar y es posible desplazar las dominantes, también la moral del indiferente es un fenómeno susceptible de destrucción. El pensamiento que hemos visitado aquí, es solo una invitación, pero estas puertas no están abiertas para todos.

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