Semanas Santas y el santo olor de las comidas de mi madre

PAPELERÍA EN TRÁMITE

POR: Sergio Alvizo.-

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Comienza una semana de reflexión para algunos y para otros de fiesta y desenfrene, una semana que se aprovecha para disfrutar a la familia.

Aún recuerdo cuando mi mamá nos llevaba a los oficios a la Iglesia del Sagrado Corazón, ahí en la Plaza de la Madre, era un ritual salir temprano para alcanzar al Padre Lázaro en la procesión con los Ramos, llegar a comprar el ramo que traía hojasén, manzanilla y laurel. Este que después colgaba en la entrada de la casa y servía para curar alguna enfermedad del estómago o del alma.

Participábamos activamente de las celebraciones de la Semana Santa, mi madre, mujer de antes, compraba todo lo que iba a utilizar en la comida de vigilia que se tenía que preparar desde el jueves. Además de comprar el cirio para la misa del Sábado de Gloria.

Antes eran pocas las gentes que salían de vacaciones. Muchos se quedaban a guardar los días y a reflexionar sobre lo hecho por nuestro señor Jesucristo en la cruz. El Jueves Santo nos despertaban los olores en casa de mi mamá, desde muy temprano se preparaba para cocinar y dejar las 7 comidas listas para jueves y viernes. La casa de inundaba de aromas como el piloncillo, canela, chiles y demás. Preparaba cabuches, tortitas de papas y camarón, caldo de pescado, acelgas, habas, pipián, lentejas, caldo de pescado, flores de palma, nopales, todo esto para aligerar al ayuno de los días que marcaba una de las normas de la Semana Santa.

Todo debía quedar listo para las 2 de la tarde, ya que a las 5:30 debíamos ir a la misa del lavatorio de pies, bendecir el pan y las monedas. Llevábamos un canasto de pan para que el padre lo bendijera y repartir con los de la casa, aparte de bendecir las monedas para que el dinero rindiera y sobre todo en esa época que era escaso.

Salíamos de misa e íbamos a visitar los 7 altares, era especial ir a ver el de San Francisco, uno de los más llamativos y tradicionales. El recorrido estaba lleno de comida como churros, papas, nieves y caminar por las calles del centro para contar 7 templos, volvíamos ya tarde en combi para comenzar al siguiente día muy temprano.

El viernes era día del Viacrucis y a las 7 palabras cubrir los espejos con telas moradas o negras, no prender le radio y la tele era un ambiente de luto y tristeza. Tampoco se cocinaba, se recalentaba lo del jueves además era de ayuno y una sola comida en el día.

Por la noche era ir a darle el pésame a la virgen a la iglesia acompañar la procesión del silencio. El día era triste, con frío y tolvaneras. A veces íbamos al Viacrucis en la Iglesia del Perpetuo  Socorro.

Todo esto se ha ido perdiendo, las nuevas generaciones prefieren la playa, la diversión, irse al rancho a celebrar en vez de guardar días de paz y reflexión.

El sábado era fiesta, muchos se iban al baile al rancho, otros nos quedábamos a la celebración del Fuego Nuevo, y la semana se iba rápido, sin darnos cuenta, una semana santa mas se acababa.

En días pasados entrevisté a Fray Raúl Vera y aseguró que no se quedará en la ciudad, se irá a un convento de su orden religiosa, los dominicos. Dijo que no es que la ciudad le disgustara, pero le gustaría volver a la vida conventual. Además, dentro de un año y medio esta Diócesis tendrá 3 obispos, 2 eméritos y un titular, algo nunca visto. Don Francisco Villalobos está por cumplir 99 años, dejando así a esta ciudad con 3 obispos.

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