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Las gorditas del alcalde

BAILE Y COCHINO.-

Por Horacio Cárdenas Zardoni.-

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Hay una escena clásica, bueno no falta quien diga que todas, desde la primera hasta la última, son clásicas, en la película El Padrino. Hasta eso y en honor a la verdad, la película es fiel como pocas al libro, si lo que nos llama la atención es el cuidado que le pusieron para encontrar el sitio exacto para ubicar la acción. La escena es esta, se ha desatado la guerra entre las familias de mafiosos, y Don Corleone, el original, no la copia nopalona que era presidente del PRI y quería ser presidente de México, se había hecho construir una mansión al final de una calle privada, pero como esto no era suficiente para mantener la seguridad del Capo di tuti Capi, había comprado todas las casas que conducían a la suya, habitadas ahora por sus incondicionales, de manera que para acercarse a ella había que pasar por una trampa infranqueable, además de qué, y este es el punto crítico de la estrategia novelesca, con solo atravesar un par de carros en la entrada de la privada, con eso se hacía inexpugnable la Villa, quien quisiera pasar tendría que hacerlo a sangre y fuego… mucha sangre y todavía más fuego.

Pero esas son cosas de escritores y de directores de cine, discretas, efectivas, baratas, que logran mimetizarse con el entorno para no incordiar a los vecinos y que nadie sienta que hay un submundo de criminalidad tolerada desde el poder, en la práctica quienes diseñan las estrategias de “protección a funcionario” lo único que saben hacer es farolear, andar en sus camionetotas, mostrar sus armas intimidando al prójimo, andar con sus chalequitos que en vez de hacerlos parecer temibles, los confunde con encuestadores del INEGI, salvo por la cara de maleantes, que solo temporalmente están del lado de los buenos, y que luego de acabárseles la chamba, volverán a su nivel, y entonces sí, agárrese.

Pero dentro de todo hay estratos y niveles entre los funcionarios, hay gente en la administración pública, que sin importar su jerarquía, hacen su propia evaluación de riesgo, y sobre ella, piden o aceptan las escoltas que se les otorgan, o de plano consideran que no hay necesidad de tanto cuidado, y es más, que dadas sus aspiraciones políticas, le sale peor hacerse fama de andar siempre sobreprotegido y blindado, de tener miedo hasta del aire, y de aislar a su familia y hasta a sus mascotas de sus vecinos, ya no digamos del resto de los gobernados y del universo de los mortales. Ese distanciamiento acaba por resultar perjudicial en lo humano y en lo político, ¿pero quién se para a pensar en eso cuando puede uno disponer de gente y más gente para servir de escudos humanos en el muy remoto caso de que alguien quisiera victimar a un gobernante que seguramente no está actuando como se esperaría de él, o acaso creerá alguien que lo andan queriendo mandar al otro mundo por ser la proverbial “perita en dulce”?

En estos días santos nos venimos a enterar del caso de un personaje de esos que sufren del mal del ladrillo, en la variante que solo se da en Coahuila, que siendo gobernantes de lo que no pueden ser calificados de otra manera que pueblitos, se sienten que sus vidas valen más y que corren mucho más peligro que el mismísimo presidente de la República, por no hablar de los funcionarios de la administración estatal. Nos estamos refiriendo al alcalde del municipio de Arteaga, que para todos los efectos es lo dicho, un pueblito, en un asentamiento con esta definición lo que menos tolerable parece es que el presidente municipal disponga de recursos excesivos para el cuidado de su persona, de su familia y de su propiedad, que guardando todas las proporciones, intenta un dispositivo parecido al imaginado por Mario Puzo para El Padrino.

Arteaga siempre será un pueblito… comparado con Saltillo, la capital del Estado. Según los datos disponibles, el municipio no rebasa los 24 mil habitantes, quienes habitan en algo más de seis mil casas habitación. Los saltillenses, que según el último cambio al letrero de la carretera sobrepasa los 811 mil habitantes, siempre verán a Arteaga como un pueblito, cuya población no solo se concentra en la cabecera sino que se distribuye por toda la sierra, con lo que más pequeño se ve el casco. Ya sin el tono peyorativo, Arteaga presume con orgullo su designación de pueblo mágico aunque este membrete tenga un futuro incierto, así que sí, Arteaga es un pueblito… donde el alcalde teme por su vida, al grado que distrae una buena suma de los escasos recursos del municipio para pagarle a los zánganos que no hacen otra cosa que cuidarlo, que eso, en Arteaga, definitivamente que no es mucho.

Le digo que andábamos por Arteaga y algún chismoso que nunca sobran en el infierno grande que es todo pueblo chico nos señaló “esa es la casa del alcalde Everardo Durán”, a lo que uno, dándoselas de gran citadino preguntó ¿Cuál?, y no porque no sea ostentosa como residencia de polítiquillo a la mexicana, sino por lo que vimos y le preguntamos al chismoso ¿la del paradito?, a lo que nos contestó “sí, esa”, y pues todavía más incrédulos nosotros, pues ya parece que un presidente municipal, así sea el de un pueblo rascuachamente mágico como Arteaga, permitiría la instalación de un puesto de garnachas afuera de la puerta de su casa, ni aunque fuera para completar lo escaso del salario, que no es el caso vista la construcción.

No, explicó el vecino al que se le quemaban las habas por soltar el chisme, el paradito, cuatro palos para sostener una lona para con trabajos quitarse el sol, no está para venta al público, bueno no oficialmente, está instalado allí para alimentar al destacamento de los guardaespaldas del alcalde… ah, ya caímos, y nos salió lo curioso, ¿y de cuantos estamos hablando?, porque tener un par de señoras echando gordas o quesadillas para el chofer y el asistente del alcalde se nos hizo como que un desperdicio, a lo que nos respondieron que no, dependiendo del día, puede haber entre seis y doce, y hasta quince guaruras del alcalde, quien al menos es lo suficientemente consciente como para saber que toda esa gente tiene que alimentarse, pero no tan consciente como para que lo hagan dentro de su domicilio, en una accesoria, allá atrás del corral, de la bodega, no: que estén afuera, allí a la vista de quien quiera pasar por allí. Que hasta eso, regresando al Padrino, no está la casa de Everardo sobre la acequia, sino acá en las nuevas calles al sur de la alameda, pueden pasar horas sin que nadie se asome por allí fuera de los vecinos, y los chismosos claro. Quién sabe si el puestecito tenga permiso para instalarse en la banqueta en tan privilegiado lugar, afuera de la casa misma del presidente municipal, pero nos imaginamos que ningún inspector de piso va a hacérselas de tos por ubicase allí, habida cuenta que proveen el avituallamiento para el personal de seguridad del mismísimo Evaristo.

No se usted, pero el alcalde de un pueblito de veinticinco mil almas, no ameritaría que lo cuidara otro que un chofer que conociera los caminos de la sierra, y eso para no desbarrancarse cuando visitara los ejidos de allá arriba, si es que alguna vez va. El resto del personal estaría muy bien bacheando, haciéndola de policía en las rancherías, previniendo incendios, cualquier cosa mejor estar  esperando la quincena por no hacer nada, como no sea la hora en que los llamen para echarse sus garnachas, todo con cargo al pueblo mágico de Arteaga.

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