El peso de los días

Primera parte.-

Escribe: Ramsés Sánchez Soberano.-

libertad

En todas las culturas el más grande de los afanes recibe el título de libertad. También en todas el yo se lanza a su búsqueda a través de las ideas que su mundo ha establecido. Si un yo corona la idea de independencia que le es más familiar es porque ha comenzado a alcanzar los prestigios que su ambiente custodia de antemano. Él lucha por alcanzar los valores más altos que se han instaurado intrahistóricamente como verdaderos, únicos, buenos y bellos en su mundo circundante y familiar. De este modo también lucha por su manutención. Así, antes de toda voluntad, ya ha sido delineado y puesto en validez un sistema de coordenadas que él ha aceptado. Un yo que lleva a cabo los intereses que son propios a la familiaridad del horizonte donde ha nacido mantiene la validez que da unidad interna a su vida común. Para trascender las posibilidades de lo que le es más familiar es necesario encontrar una autonomía más originaria que aquella que nos ha sido gratuitamente otorgada. Es la emancipación que prepara al yo a intentar volver a pensarlo todo. Dicho lo anterior, y de acuerdo con Ortega y Gasset, nadie debe permitirse vivir toda su vida en los engaños de la «gente»[1].

Con anterioridad al advenimiento insondable de la muerte el existir merece vivir esta confrontación. Pero la toma de conciencia, ya fantástica u ontológica, donde se revela el ser-para-la-muerte no es el primero de todos los acontecimientos: su puntualidad y univocidad empobrece la apertura de otros derrocamientos. Gracias a la multivocidad de acontecimientos posibles, el yo puede abandonar la condición en la que está secuestrado de antemano. Para tener conciencia de su ser confinado, el yo no puede estar totalmente sojuzgado por aquello que le deja pensar. Hay una emancipación que se anuncia frente a esta terrible situación. Ella pertenece a una región particular del existir. Supone el removimiento de un ser que se lanza hacia otra visión, aquella que sólo es pensable como un movimiento que pertenece a la naturaleza de la existencia: la liberación de la mirada que comienza con el testimonio de un yo que se sabe atrapado obliga al pensar a asumir una toma de conciencia que, padecida por un ser cautivo, se muestra por vez primera como autoafección: es el dolor que sólo un ser de carne puede padecer por sí mismo.

Los prejuicios heredados no describen una óptica cualquiera que se emplaza sobre las cosas y las situaciones mundanas. El xenófobo no odia la opinión de quien detesta, lo odia por ser. Esta predisposición se declara como lo que resulta del despliegue de nuestro ser histórico. De allí que el odio al otro se pueda crear a partir de discursos y reproducir a partir de prácticas. La fuerza de la opinión señala que el cautiverio originario del existir consiste en la imposibilidad de cuestionar si lo inferior es realmente inferior a lo superior. Impedimento que se mantiene en su impotencia gracias al carácter ingenuo del que no hace preguntas. La ingenuidad no puede imaginar que toda afirmación y aceptación es al mismo tiempo negación y rechazo. Que cuando un valor es embellecido y plenificado, otros son empobrecidos y condenados. Esto señala que la decisión, la resolución, por ser de un modo, supone la aniquilación de otros modos posibles. Que la ingenuidad, incapacidad de poner en duda el valor espiritual que ha sido instaurado sobre las cosas, es el testimonio de una vida que se ha conformado con la historia que le han contado. Y esta situación de empobrecimiento radical, a decir, aquella que pertenece al espíritu de su presente, señala que, antes de todos los milagros que serán domesticados, siempre estará mostrándose el mundo que habitamos como aquello que suscita el asombro que puede sacarnos de esta terrible ingenuidad.

Cuando llegan las primeras conmociones, los primeros derrocamientos, se revela una nueva experiencia fundamental en el interior del mundo: en ella el yo confronta su condición humana inicial y se abren otros posibles como modos realizables a futuro. El yo que ha superado su ingenuidad inicial es un yo conmovido. En él la experiencia radical de un ser que se vive originariamente se revela como la condición primerísima de la existencia. Un ser conmovido comienza a pensar de un modo radicalmente distinto. Pone en suspenso la validez de los valores adoptados por su mundo familiar. Da un ‘salto’ fuera de sus códigos. Cuando este ‘salta’ fuera del mundo que le acoge, puede volver a comenzar. Este nuevo comienzo merece el nombre de libertad en un modo inminente. Es dado como un «nuevo nacimiento» donde un mundo, que no ha sido elegido, toma un sentido distinto[2]. A partir de aquí el pasado viene al auxilio de la reconstrucción del futuro. Nuevas posibilidades se abren después de este acontecimiento.

El ser alienado se opone al modo de ser de un existir que aborda comprometidamente la realidad del mundo que le circunda. Solo así este último puede comenzar a deliberar. Un ser que ha abandonado su servidumbre inicial ya no es discernible de su efectiva situación. La ha sufrido. Con ella han caído los valores que mediaban entre el mundo que le acoge y las interpretaciones en las que se sostenía. Para ver más allá de aquello que abraza nuestra ingenuidad, hay que abandonar y morir, como recordó Kierkegaard, a todo lo que tenía anteriormente valor de cosa real, finita. Así, el drama de un ser que desampara lo que le tenía secuestrado ya no responde a la moral aristocrática, la única que habría visto Nietzsche, sino que ella enseña la dificultad de alcanzar la verdadera libertad: aquella que por el hecho de nacer le está prohibida a todos los hombres de todas las épocas.

Dada como automanifestación afectiva, la autonomía no es cuestión de meras apariencias, ella revela el acontecimiento primerísimo del ser. Un hombre libre ya no retorna a lo Mismo: ya no está dispuesto a ponerse al servicio del discurso que le ha acogido desde su comienzo. La familiaridad con la que un ser se entrega a la comodidad y al placer es el artificio de su propio drama: la obligación de un existir alienado por el cuidado de lo que imagina le protegerá ante la oscura intuición en la que se asoma la nada. La violencia que padece un ser ante la posibilidad de desaparecer es vivida como abismo, como nada, como puro terror, ella sólo declararía el cansancio y el agotamiento del individuo.

Hemos mostrado que hay más de un solo acontecimiento donde la vida se manifiesta. Y que el derrocamiento fundamental no hace uso de la gramática de la muerte. Esto dice que la posibilidad que la vida se cuestione por sí misma es la primera responsabilidad del ser. Ella consiste en ganar la autonomía para volver a comenzar[3]. Con ello queda expuesta una soberanía que equivale a una renovación general de la existencia pues, y aquí también habla Kierkegaard, si lo que hemos ganado o perdido no cuenta en absoluto en el derrocamiento y si la eternidad nos conoce como somos realmente conocidos y nos mantiene sujetos en los brazos de la separación, entonces la lección consiste en comprender que toda vida será conocida de acuerdo con la manera que ha elegido vivir.

 

[1] Cf., José Ortega y Gasset, El hombre y la gente, España, Alianza, 1996.

[2] Cf., Max Scheller, Vom Ewigen im Menschen, Gesammelte Werke, Band 5, Hrsg. von Manfred S. Frings. Bouvier Verlag, Bonn 2000.

[3] Cf., San Agustín, Obras completas II. Las Confesiones, Biblioteca de Autores Cristianos, España, 2005.

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