Gángsters contra gángsters

BAILE Y COCHINO.-

Escribe: Horacio Cárdenas Zardoni.-

tereynapo

Dicen por allí, seguramente algunos anarquistas de mano dura, que el problema del mundo contemporáneo se deben es que ya nadie bebe su vino en el cráneo de su enemigo… cuando escuchamos esto por primera vez nos pareció que alguien se estaba tomando las cosas con una visión demasiado miope y ciertamente violenta y hasta definitiva, pero luego le encontramos su parte mínima de razón, no de que como nos imprime en las pupilas la visión de tener que matar al enemigo, decapitarlo, quitarle toda la carne al cráneo, cortarlo y ahora sí, degustar su vino favorito con un cierto gusto a cadáver, sino que con tantas leyes, reglamentos, burocracias, instancias de revisión y en general obstáculos, todo lo cual sirve de pretexto a los gobiernos para no dar una solución última a los problemas, estos tienden a perpetuarse.

Lo decían los politólogos, historiadores y analistas, cuando la revolución mexicana se institucionalizó, cuando los generales se convirtieron en políticos, los batallones en partidos y las batallas se ganaban o perdían en procesos electorales, lo que terminó pasando es que la revolución perdió su eficiencia. En efecto, antes las cosas se arreglaban a balazos, quien tenía más parque comía más pinole, y sí, ni quién se atreviera a interponer una denuncia en alguna comisión de derechos humanos, un tribunal de justicia administrativa, una instancia anticorrupción, una agencia del ministerio público, porque los muertos no firman actas, y los vivos procuran que no los conviertan en muertos.

Pero luego los revolucionarios tuvieron hijos, pero estos no les salieron soldados, sino que les salieron fifís, y a estos nomás no les agradó mancharse las manos de sangre, ni de ninguna otra secreción corporal, y como con inteligencia no lograron hacer el mismo trabajo que poniendo el pecho y metiendo el hombro, aquí están las consecuencias.

En el ámbito de la organización laboral las cosas no son muy distintas. Los sindicatos surgieron, en una etapa muy temprana, como una manifestación de la inconformidad y el descontento de los obreros con las condiciones de trabajo impuestas por sus patrones. Lo lógico es que las decenas, centenas o pocos millares de trabajadores negociaran con su patrón, en corto, respecto de cosas muy particulares, pero como los obreros estaban demasiado acobardados frente a los propietarios, surgieron los sindicalistas profesionales, agitadores que (según), no tenían miedo de hablar al tú por tú con los ricos, además que idearon la estrategia de traerse gente de otras empresas y otros gremios para presionar a un patrón, quien además se veía presionado por otros empresarios que veían a sus obreros irse a solidarizar con otros, afectando sus negocios. Esto funcionó en todo el mundo y de hecho sigue operando, pero sólo vino a corromperse como suelen corromperse las cosas en México, al rato los sindicatos rojos se volvieron blancos, y terminaron por ser los principales aliados de la parte patronal y del gobierno, vendiendo a los obreros a cambio de prebendas, las cuales la mayoría sólo podemos imaginar.

En su momento el establecimiento de sindicatos de empresa y de las primeras centrales de trabajadores, fue un proceso bastante violento. No es exagerado decir que la historia del movimiento obrero organizado en México es un camino plagado de cadáveres, eso como lo más aparente, pero antes de llegar a ese extremo, de amenazas, intimidaciones, componendas, y toda clase de situaciones poco edificantes, que llevaron a lo que fue durante varias décadas un control férreo de la clase trabajadora, por parte de quienes debían defenderla y velar por sus intereses.

Pero todo por servir se acaba, la poderosa Confederación de Trabajadores de México bajo la férula de Fidel Velázquez terminó por anquilosarse, y es que el PRI dejó de encontrarle utilidad a una instancia controlada por momias que se rehusaba a dejar el poder. Pero lo mismo pasó en otras centrales y sindicatos grandes, en los que lo que falló fue precisamente la no obligatoriedad por renovar las dirigencias con gente, no necesariamente de ideas nuevas, pero sí menos cansada y físicamente enferma.

Hace pocos días se resolvió, a la manera antigua, un caso que se había visualizado como un laboratorio, además de la punta de lanza para la intentona de la Cuarta Transformación por tener su propio obrerismo a modo. Nos estamos refiriendo al pleito de meses entre el Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana, feudo del inefable Napoleón Gómez Urrutia y la CTM, mangoneada en Coahuila por Tereso Medina Ramírez. El primero heredó el sindicato de su papá Napo el viejo, y el segundo de su suegro Gaspar Valdés, en un control que se acerca o sobrepasa los setenta años. Pues bien, el botín era el contrato de Arneses PKC, que finalmente se lo quedó la CTM por otros cuatro siglos, y Napito a lamer sus heridas y a entregarle cuentas al único que confié en el en el universo, el presidente Andrés Manuel López Obrador. En esta ocasión no llegó la sangre al río, pero si hubo sus conatos de violencia.

Donde sí llegó fue allá en Guanajuato, donde el fin de semana fue asesinado el líder del Sindicato de la Industria Petroquímica, Similares y Conexos de la República Mexicana (SIPSCRM), Gilberto Muñoz Mosqueda, para más señas, secretario general de la CTM, desde hace nada más y nada menos que cuarenta años, alguien ni duda cabe, formado en las prácticas del movimiento obrero organizado de siempre. Lo diferente del caso es que quien se adjudicó el asesinato al más puro estilo gansteril no fue la CROM, la CROC, alguna otra organización sindical dentro o fuera del Congreso del Trabajo, no, en esta ocasión, los autores autoproclamados, digo para no tener que andar buscando culpables ni siguiendo líneas de investigación que no llevan a ningún lado, fue el Cartel Jalisco Nueva Generación.

A lo que parece este sindicato del crimen, como se les conoce en Estados Unidos, ya se cansaron de andar con cosas ilegales y se han decidido pasar a lo legal, a cosas dentro de la ley… pero con las mismas políticas, estrategias y prácticas, que hacen parecer a los asesinatos de líderes sindicales de los años cincuenta del siglo pasado, como pleitos entre pandilleros. Estos cuates del CJNG no se andan con ternezas, le tiran a la cabeza, literalmente con descargas de AR-15 y AK-47, tanto o más eficientes que los cañonazos de cincuenta mil pesos que solía recetar el general Álvaro Obregón.

La pregunta es, ¿el sindicalismo anquilosado, con líderes de toda la vida, hechos blandos a fuerza de comodidades y aburrirse en sus curules, porque siempre están o de diputados o de senadores, tiene capacidad de enfrentar a gente ruda y tan sin corazón como ellos para tratar a los sicarios como ellos tratan a sus agremiados, como peones prescindibles? Estamos ante una guerra entre gángsters, en Coahuila hay varios campos de batalla probables, Monclova, Piedras Negras, las minas, la industria metalmecánica; no se extrañe que vuelva la violencia que tenga, para variar, al obrero como carne de cañón.

 

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