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Solo para dimensionar

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Por Horacio Cárdenas.-

Ya ve como somos los coahuilenses, enredosos como alguna vez lo dijo y siempre lo pensó Eliseo Mendoza Berrueto. Parte del enredo y la dificultad para tratar, que no siempre lograr gobernar este arenoso y pedregoso estado es el regionalismo de sus habitantes. No sabemos si es porque como en otros tiempos vivieron muy aislados los asentamientos humanos unos de otros, por la tendencia muy natural pero no muy convenientemente biológica para emparentar con los que ya son parientes, y desconfiar de los que no son “de Saltillo de toda la vida”, el caso es que es casi imposible gobernar sin problemas a tanta gente que se siente superior a los vecinos del pueblo de más adelante.

Alguien debería hacer un estudio, que va un estudio, un análisis histórico y sociológico del daño que ha ocasionado el regionalismo en la vida de generaciones de coahuilenses, pues no le quepa duda a nadie, este problema se viene registrando desde hace siglos. De los ejemplos más radicales y los desprecios más ríspidos, está el soterrado enfrentamiento entre quienes sienten que tienen pedigrí por ser de la capital Saltillo, y los bautizados por ellos mismos como los bárbaros del norte, aunque hay otra todavía peor, la del pleito casado entre los laguneros y los saltillenses, que llega a tal grado de que los primeros tienen más de la mitad de la vida de Torreón queriendo hacer su propio estado y olvidarse de Coahuila para siempre, si lo lograran, hasta aduana pondrían, así está el odio mutuo. Y dijéramos ya en corto las cosas son diferentes, pero no.

Pesará siempre sobre la gente linda de Saltillo que a los habitantes del vecino municipio de Ramos Arizpe, todavía antes que se volviera un envidiable emporio industrial, siempre los han llamado chileros, lo mismo que a los arteaguenses nunca se les baja de orejones.

Lo de chileros no debería de molestar a nadie, después de todo el cultivo de chile hizo importantes fortunas para los ramosarizpenses, tanto como o más que el pan y los tamales, y bueno la otra connotación tampoco es mala, la de que fueran “cuentachiles”, porque eso de cuidar el dinero no tiene ningún problema, al contrario, sobre todo cuando no fluye como las aguas negras saltilleras con las que regaban sus parcelas, todavía antes que bautizaran a los caños como “línea morada”. Los de Ramos Arizpe no son particularmente codos, al menos no tanto como los saltillenses, que esos sí, piedras y envidiosos, o ¿alguien no se acuerda que ellos fueron los que le cargaron el mote de codos a los de Monterrey, que comparados con lo “ahorradores” y miserables que son la raza de Saltillo, son unos dementes despilfarradores?

Todo esto viene a cuento por un asunto que nos compete en nuestra doble calidad de coahuilenses y de ciudadanos mexicanos, para no variar, se trata de un saqueo de las arcas pública a cargo de quienes habían sido electos o designados precisamente para lo contrario: hacer el mejor uso de ellos en beneficio de la población.

Nos estamos refiriendo al caso de Rosario Robles Berlanga, medio paisana ella y con fuerte arraigo en la región sureste de Coahuila, quien por estos días calienta cemento en una celda del penal de santa Martha Acatitla en la Ciudad de México, metrópoli que gobernó a sus anchas y largas cuando todavía era Distrito Federal y toda la oposición digna de ese nombre era perredista, y hoy se ha pintado de un marrón moreno que ya parece, solo por el color, melanoma maligno de la peor clase.

A Rosario Robles se le acusa de desvío de fondos públicos, concretamente de recursos para programas federales durante los años en que fungió como titular de dos secretarías de estado en el sexenio de Enrique Peña Nieto, quien nadie sabe en qué cualidades se fijó que tenía la perredista más enamoradiza, para formar parte de su gabinete en áreas particularmente sensibles desde el punto de vista de la explotación político electoral.

A la paisana Chayo se le carga el desvío de fondos por, dependiendo la fuente y el “avance de las investigaciones” de la cada vez más temible “Unidad de Inteligencia Financiera” dependiente de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, de entre cinco mil y siete mil millones, más lo que se pueda acumular, que puede ser mucho, pues han dejado correr el borrego de que hay ciento y tantas investigaciones, otras investigaciones donde pudo repetirse el esquema de la Estafa Maestra.

Cerrémoslo, temporalmente en siete mil millones de pesos. En esta transa que algún periodista afortunado bautizó como Estafa Maestra, estarían involucrados, hasta ahorita, once secretarías de estado, sus titulares más sus oficiales mayores, sus directores generales de finanzas y administración, eso de la parte del gobierno, y de las universidades públicas, serían los rectores, tesoreros y otros funcionarios de 18 universidades públicas, por las que se trianguló el dinero para hacerlo llegar a algo menos de 300 empresas, dos terceras partes de las cuales serían fantasmas, dedicadas al productivo negocio del “factureo”, verbo de muy reciente acuñación.

Vea usted, siete mil millones, es una lanota, eso no lo duda nadie, y para operar el desfalco se movieron unas doscientas personas, cada una de las cuales se llevó su “moche”, grande o chico, dependiendo de su posición en la cadena alimenticia.

Ahora vamos a lo que nos interesa, la comparación con la llamada Megadeuda que aflige a Coahuila desde hace dos sexenios, y que según “ajustes” del congreso local, se contrató durante el año en el que Jorge Torres López fue gobernador interino del estado.

También en números impagables y cerrados, la tal megadeuda importaba 35 mil millones de pesos, que ocho años después no ha bajado ni un solo peso de capital, yéndose un dineral solo para el pago de intereses. 35 mil millones es cinco veces siete mil millones, hasta eso la cuenta nos la pusieron fácil, ¿y a quienes se ha cargado la culpa de esta fraude monumental a las finanzas del estado, hipotecando el presente y futuro de generaciones de coahuilenses?, no pasa de cinco personas, un exgobernador con pedigrí, que está preso en Querétaro, según última noticia, pendiente de extradición, un bato tamaulipeco que es más resbaloso que cerdo enjabonado y así se ha librado cinco o seis veces de que lo sentencien por malversación en la corte de San Antonio Texas, y un par de empleadillos menores que ya hasta salieron libres, y párele de contar. Como que no checa.

En su momento se dijo que no, que la megadeuda se había contratado e ido íntegra, salvo sus rigurosas comisiones políticas, a la campaña presidencial de Enrique Peña Nieto… pero allí hay algo que no checa, al compararlo con lo que le cargan a Rosario Robles: ¿se necesita conseguir y gastar 35 mil millones de pesos, para luego obtener 7 mil millones, o sea invertir 5 pesos para sacar un peso de utilidad, ah y tenga en cuenta que cuando la primera cifra, Peña era un triste candidato y para la segunda era presidente con todo el “power”?, es el peor negocio que alguien pudiera pensar.

Para algo sirve la mentalidad de cuentachiles, los números nomás no checan.

Lo que se nos ocurre es que Chayo, la pobre paisana sí es un chivo expiatorio, y que lo que se robaron en el sexenio pasado es mucho más de los 7 mil millones de SEDESOL y los 35 mil de la Megadeuda, ¿de cuánto estaríamos hablando?, ah eso es un asunto para la Unidad de Inteligencia Financiera y el señor de los “otros datos”…

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