Burocracia, control y sustitución: el origen del mal como trabajo

PENSAR PARA UN MUNDO QUE AÚN NO EXISTE.-

Por: Ramsés Sánchez Soberano.-

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En lo siguiente hablaré del mal. Para abordar este problema, comenzaré con un caso singular: el de Giulana Tedeschi, una de las pocas sobrevivientes de Birkenau, quien al entrar al Lager, pregunta a las «veteranas» qué era aquella estela de fuego que soltaba cenizas y que iluminaba las pequeñas ventanas. Alguna de ellas respondió: «Somos nosotras, que nos quemamos».[1] La idea principal de esta anotación es demostrar la singularidad del mal encarnado en la experiencia. Un análisis tal no debe desplazar ninguna forma adyacente a la forma radical de padecer el mal; por el contrario, debe darle su propio lugar.[2] Debemos ser capaces de ponernos en alerta sobre las consecuencias que se vislumbran ante la muy sonada «muerte del sujeto». Sobre sus consecuencias hermenéuticas es necesario seguir profundizando.

«Somos nosotras», ésa fue la forma en que la presencia de la muerte robó la esperanza de Tedeschi. El mal llegó de repente y se apoderó de sí a través del miedo. Este miedo que nos trae la presencia del mal como futuro.[3] Miedo a no estar presente ante la propia muerte, a la indisposición del cuerpo para soportar hasta el último momento, miedo a que sea inevitable que un «otro» extraño, radicalmente lejano, obligue a «mi» existencia a perecer, a partir de «este lugar». La desnudez de la violencia se expresa de esta manera: un miedo inasumible secuestra el cuerpo, rebasa el orden intencional de la conciencia, excede su horizonte y se ve inmersa en la situación donde cualquier sentido está superado y donde no hay manera de esbozar para qué se vive. Un secuestro tal se vive como lo que vendrá sin saber cuándo – parousía del horror – la muerte, mi muerte, dispuesta por el otro. La muerte ronda y se presenta violentamente, como un arrebato. Ante esto, señala Levinas, la violencia consiste en «interrumpir la continuidad de las personas, [en] hacerlos desempeñar papeles en los que ya no se encuentran, en hacerlos traicionar […] su propia sustancia, [obligarlos a llevar a cabo] actos que destruirán toda posibilidad de acto».[4] Y es que, en aquel que continúa, en el que sobrevive, hay una persistencia en el sentido despojado ante la duda frente a la muerte, hay un arraigo a existir. Interrumpir esta decisión supone comenzar con la destrucción y el mal. Es en esta imposición que se distribuyen todos los horrores: el dolor al que se subordina el cuerpo –a través del miedo– en su espera por una muerte intermitente, la obligación de encontrar un sentido que insista en la autoconservación, obligarle a cambiar de paisajes y de ambientes. La constancia del miedo que sofoca constantemente, en no saber qué tiempo tendrá el futuro, en no poder manifestar que se es «libre para la muerte».

El miedo a ser asesinado aparece como el coronamiento de todos los dolores, siendo este dolor siempre una espera, el dolor ante el futuro que nos mantiene pasivos, que está aquí, en mí, deambulando, pero que no es una presencia, sino una espera desesperante, desesperanzadora: «El dolor por su esencia misma –o mejor dicho, por la esencia del mal–, está siempre sin terminar de ser experimentado, el mal jamás deja de estar presente en todos los dolores»,[5] nos dice García-Baró. En esta desesperación es donde el miedo se instaura en el cuerpo: en el advenimiento de un dolor inasible se presenta la destrucción de la relación del existente con su ser, la violencia pura del mal. Esta violencia que se experimenta en sí, que rompe la relación de mi existir con mi propia coherencia, con mi propia identidad, no puede ser más que la arista de la ruptura de la identidad. El yo desaparece, no sólo porque la desesperación lo divida o confunda –al presentarse un sufrimiento tan radical que excede cualquier relación con el sentido o el valor de existir–, sino porque su existencia concreta es englobada por un sistema, aquel que provoca este mal metódico en el que ha sido generalizada, homogeneizada y convertida en número o estadística.

«Somos nosotras, que nos quemamos»… El miedo se presenta antes de la muerte, el mal comienza a cavar nuestra tumba. ¿Habrá una personificación más cruel del mal que pueda ser infligida sino aquella que pone a la vista su propia muerte y la amenaza constantemente? El presente análisis asume que no.

La posibilidad constante de saber que así como aquello que «ahora» experimento, es como voy a morir, perdido, entre los demás, después de que ha sido arrancado el nombre propio, lo que de sujeto me ha dado la existencia, y, finalmente, ser reducido a cenizas esparcidas por el aire, supone la crudeza del propio aniquilamiento total, la vivencia de que pronto «me» volveré nada. Frente a la inminencia de los ontólogos contemporáneos, la nada también se ofrece a través de los sufrimientos del otro.

Este procedimiento, en el que la aniquilación de la alteridad ha superado cualquier resto de conciencia – pues la difuminación de todo rasgo de humanidad que el asesinato instrumental supone, sólo es comparable con el sufrimiento que excede el pensamiento que no puede entender de dónde surge el odio hacia «alguien» que no cuenta con un rostro–, tiene su fundamento en una lógica de la totalización.[6] Construir la identidad de lo Mismo, suprimir la distancia de las diferencias, como forma única de existencia –como lo hizo el nazismo–, supone la homogenización del ser basado en un «deber ser» de las especies, credos y culturas, que para lograr su entronización, procede meticulosamente, para que el aniquilamiento del otro sea efectivo, rápido y total.[7]

La lógica burocrática del Holocausto, en su proceso de eliminación (limpia étnica), procedió de diversas maneras, pero cada una tenía una función específica: se encargó de formular una definición de su «objeto», hizo que sus «extraños» fuesen ajustados a la definición que les preexistía, abrió expedientes a cada uno de ellos para convertirlos en números y «elementos estadísticos». Cada elemento funcionaba como un proceso de borramiento, de difuminación de lo concreto y de cremación humana. Zygmunt Bauman:

La burocracia que tan bien desempeñó el cometido de limpiar Alemania, hizo que otras tareas mucho más ambiciosas resultaran factibles y que la discusión de realizarlas fuera punto menos que natural. Ante semejante facilidad para limpiar, ¿por qué detenerse en el Heimat de los arios? ¿Por qué no limpiar todo el imperio? Es cierto, como el imperio era ya universal, no había ningún “fuera” donde poder tirar la basura judía. A la deportación sólo le quedaba un camino: hacia arriba, en forma de humo.[8]

El primer «método» al que se recurrió para lograr la efectividad de la eliminación, fue el de congelar a aquellos que no entraban en los receptáculos preparados para el asesinato (definiciones, cámaras, homogenizaciones), [9] hasta tener las condiciones óptimas para la eliminación final. Comenzaron por un proceso de objetivación: el judío perdió su subjetividad ante las campañas ideológicas que configuraron «lo judío», [10] se transformó lo concreto en abstracto; se realizó un proceso de clasificación donde se dividían las personas en «aptos» y «no-aptos»; se realizó un proceso de distribución con el fin de evitar el contacto intersubjetivo, y con ello, evitar espacios sociales subversivos; además, se descontextualizó a todo el que se mandó a un Lager: fueron sacados de su comunidad, de sus lenguas y se les separó de sus familiaridades geográficas. Para mantener funcionando estos procesos de objetivación, clasificación, distribución y descontextualización, los alemanes perfeccionaron sus procesos de recibimiento y precaución, para evitar cualquier imprevisto y para que la máquina continuara funcionando sin problemas. Al respecto, nos dice Primo Levi:

Los recién llegados no sabían qué se les tenía preparado: se los recibía con fría eficiencia pero sin brutalidad, se los invitaba a desnudarse «para la ducha», a veces se les entregaba una toalla y jabón, y se les prometía un café para después del baño. Las cámaras de gas […] estaban camufladas como salas de duchas, con tuberías, grifos, vestuarios, perchas, bancos etcétera.[11]

El maquillaje tenía una finalidad: evitar a toda costa posibles rebeliones, pues costarían dinero y personal.[12] Lograrlo fue posible a través del desconocimiento y la distracción, pero sobre todo, a través del miedo. Las campañas de terror que se diseñaron sobre la figura y el poder de Hitler tenían la función de «crear y mantener en el país una atmósfera de indefinido terror […] era bueno que el pueblo supiese que oponerse a Hitler era extremadamente peligroso».[13] En Alemania ya habían antecedentes de este mal, cientos de miles de alemanes fueron encerrados en los campos: comunistas, socialdemócratas, liberales, judíos, protestantes, católicos…, el país había sentido «algo», lo que se ignoraba era el grado y las dimensiones que los asesinatos tenían: el exterminio metódico e industrializado, las cámaras de gas tóxico, los hornos crematorios, el uso de los cadáveres. Fue la planeación calculadora lo que llevó a la muerte a más de seis millones de judíos, no la explosión sentimental de un disgusto personal (momentáneo y fugaz, como suelen decir algunos pensadores que se pusieron al servicio del nacionalsocialismo), de ahí que los discursos apelaran al Volk antes que al sujeto, intentando disipar cualquier rasgo de decisiones propias.

El Holocausto sólo se pudo llevar a cabo después de neutralizar el impacto de los impulsos morales primigenios, de aislar la maquinaria de la muerte de la esfera en la que esos impulsos nacen y funcionan y de hacer que dichos impulsos pasaran a ser marginales e irrelevantes en la ejecución de la tarea.

     Esta neutralización, aislamiento y marginación fue un logro que el régimen nazi consiguió utilizando el formidable aparato de la industria, los transportes, la ciencia, la burocracia y la tecnología moderna. Sin ellos, el Holocausto habría sido impensable.[14]

Éste es pues uno de los puntos cruciales del libro de Bauman. Su estudio nos coloca frente a los elementos ideológico-pragmáticos que utilizaron los ‘trabajadores’ de la Alemania nazi, al colocar –significar, construir– la subjetividad judía como objeto de uso. Hay una constante de la lógica moderna que se encuentra interiorizada en el imaginario nazi, aquella que permitió el diseño, análisis, producción y reproducción de medios cada vez más efectivos de asesinato y eliminación.[15] En agosto de 1944, los alemanes lograron matar a más de 24,000 personas en un solo día,[16] lo hicieron a través de un proceso metódico, suspendiendo toda moral y toda relación subjetiva. Así es posible explicar este «procedimiento».

Y es en el análisis de estas consecuencias que debemos diagnosticar el camino del pensamiento que habitamos hoy. Gran parte de la filosofía contemporánea, a decir, aquella que ha logrado instaurarse en alguna ideología, se ha concentrado en los procesos filosóficos que responden al léxico, procedimientos y problemas de la ontología, la metafísica y la epistemología esbozada sin darse cuenta que las tendencias a las que se han inclinado son generalmente narraciones subjetivas despersonalizadas de los procesos prácticos en los que estamos involucrados como existentes.[17] Esta despersonalización es aún más peligrosa que los usos del pensamiento burocrático moderno, y la responsabilidad de atender las consecuencias que inmediatamente se ofrecen es una obligación que debemos exigirle al pensar: hermeneuta, psicológico, posmoderno, etcétera. Si la desaparición del sujeto del horizonte filosófico se instaura, si no hay «realidad» fáctica o –para decirlo fenomenológicamente– si no hay la patencia de lo dado, en su sentido radical, entonces pensar no sirve para nada.

[1] En Primo Levi, Trilogía de Auschwitz: Si esto es un hombre, La tregua, Los hundidos y los salvados, España, México, Editorial Océano, 2005, p. 227.  

[2] La manifestación del mal radical como dolor, como miedo, como sufrimiento, supone el padecimiento de un cuerpo, es por esto necesario hacer un análisis de la experiencia del mal en diferentes formas, es decir, darle a cada manifestación su propio análisis, con la finalidad de exponer lo que a cada vivencia corresponde. Un análisis fenomenológico de los estados afectivos en los que el mal se presenta es imperativo, para ello, he tomado como guía el análisis que Miguel García-Baró ha realizado en su libro Del dolor, la verdad y el bien, especialmente en el Capítulo 2, intitulado “El dolor”. El libro ha sido publicado por la editorial Sígueme en 2006.

[3] Miguel García-Baró, op., cit., pp. 54 y ss.

[4] Emmanuel Lévinas, Totalidad e infinito, España, Sígueme, 1977, pp. 47-48.

[5] García-Baró, op., cit., p. 54.

[6] Totalización, abstracción, institucionalización y burocracia serán, en lo siguiente, términos que marcan procedimientos racionales, que están muchas veces entrelazados haciendo el trabajo de control de los discursos y prácticas dominantes. Aun cuando el orden y los elementos mencionados no sean constantes o subsecuentes, muchas veces se auxilian para no perder el territorio dominado.

[7] Zygmunt Bauman, Modernidad y Holocausto, España, Ediciones Sequitur, 1997, pp. 113 y ss.

[8] Zygmunt Bauman, op., cit., p. 131.

[9] Estos procesos de homogenización no sólo fueron psíquicos, también fueron físicos: a los judíos se les cortaba el pelo y se les uniformaba, se les daba de comer y beber un sólo tipo de comida, se les encerraba en los Lager, etcétera.

[10] Ante la resistencia de algunos alemanes por el asesinato a los judíos que les eran cercanos, los alemanes tuvieron que preparar una abstracción de este «fenómeno». Se llamó «lo» judío al problema nazi, difuminando todo rasgo de singularización, «lo» judío funciona como un universal. El nombre propio y la experiencia del rostro fueron sustituidos por la impersonalidad del número y lo abstracto del concepto. Es desde aquí que el dominio de los principales representantes del nacionalsocialismo tenía que lograr convencer primariamente a sus simpatizantes que el problema era global, no personal. Después del convencimiento, había que materializar el imperativo de la eliminación. La guerra emprendida contra los judíos sólo podía ser ganada cuando se lograra eliminar todo rasgo de moralidad en sus actos. De ahí que la creación de «lo» judío-abstracto funcionara como mecanismo de eliminación de cualquier pretensión singularizante en la que el judío podría tener nombre propio. Ver Claudia Koonz, La conciencia nazi. La formación del fundamentalismo étnico del Tercer Reich, España, Paidós, 2005, pp. 307 y ss.

[11] Primo Levi, op., cit., p. 225.

[12] Zygmunt Bauman, op., cit., pp. 180 y ss.

[13] Primo Levi, op., cit., p. 219.

[14] Ziymunt Bauman, op., cit., p. 220. Las cursivas son mías.

[15] En 1941 se realiza el primer estudio sobre la viabilidad de un exterminio en masa, a estos estudios le sucedieron la repartición técnica del trabajo. Los que se encargaban de llevar al día las bitácoras eran los contadores de bancos, los burócratas y aquellos que estaban familiarizados con los «números», para el control de la economía de los campos, que tenía como tarea reducir los costos, aumentar la producción y mantener a lo «judío» en el trabajo. La Sección Económico Administrativa del Reichssicherheitshauptamt se hizo cargo de todo lo que tenía relación con la administración del capital.  

[16] Primo Levi, op., cit., p. 229.

[17] En discursos llamados «posmodernos», como los de Foucault, Derrida, Deleuze o Guattari, donde no aparecen relaciones concretas con los sujetos, sino procesos de subjetivación y formación de discursos, se hace evidente ante la política del mal la recuperación del rostro y de los nombres propios. Textos tales como Los márgenes de la filosofía, El anti-edipo, La arqueología del saber o Cartografías esquizoanalíticas, que combaten la noción de «sujeto», sólo vislumbran consecuencias políticas en el campo de la institucionalización del conocimiento y de los procesos en los que el conocimiento se reproduce, pero hacen caso omiso a las consecuencias jurídicas que la discusión racionalista del sujeto ha provocado.

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