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EL HERODES DE PARRAS

¡Qué pena si esta vida nuestra tuviera —esta vida nuestra—

mil años de existencia! ¿Quién la haría hasta el fin llevadera?

¿Quién la soportaría toda sin protesta?

¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra

al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha?

Los mismos hombres, las mismas guerras,

los mismos tiranos, las mismas cadenas,

los mismos farsantes, las mismas sectas

¡y los mismos, los mismos poetas!

León Felipe

HEREJÍA POLÍTICA

Por: Luis Enríquez.-

Ante las puertas del santuario, entristecido y al borde de las lágrimas, el cura del pueblo imploró con la voz quebrada a los policías que le dejasen seguir, en soledad, el simbólico viacrucis. Pero como insultante respuesta obtuvo sólo burlas y negaciones, menosprecio y habladurías. Las cínicas autoridades impidieron que se llevara a cabo una tradición de Dios. El cura, quien después fuera insultado y humillado por los hijastros del alcalde, temeroso por su integridad y la de su gremio, decidió cancelar las celebraciones de Semana Santa. Así, por este año, Cristo no resucitará en Parras de la Fuente.

Y es que, personificando la imagen de Poncio Pilatos, en un arranque de locura y desprecio por las creencias, el alcalde Pérez mandó a sus secuaces de Protección Civil, comandados por un tal Juan Manuel Parra, a que sometieran y acallaran al párroco José Antonio Ávila y de paso al Cristo crucificado, en el Templo de San Ignacio de Loyola.

Y todo porque el cura días antes decidió alzar la voz, pues, nuevo en el pueblo, al ver todo lo que acontece, emitió una carta a la opinión pública al observar toda la serie de atrocidades cometidas por la actual administración, incluyendo la última de ellas, donde Pérez Arciniega decidió multar a quien camine libremente por las calles del pueblo. Como respuesta, el cura obtuvo claras represalias, insultos blasfemos, amenazas, sólo por el hecho de opinar en nombre de Dios, por defender la libertad que Él le concedió al hombre.

Sin embargo, a pesar del gran número de imágenes publicadas por parrenses en redes sociales en alusión a este evento, cabe resaltar que este caso no es analíticamente igual al de Poncio Pilatos; porque, remembrando parte de las sagradas escrituras, resalta el hecho de que Poncio dejó la decisión al pueblo judío, les dio a elegir entre salvar a Jesucristo o a Barrabás, ladrón de Judea, y se lavó las manos después de que la gente escogiera dar muerte al profeta; por ello, ‘lavarse las manos’ es un símbolo de bajeza que ha perseguido a Pilatos a lo largo de la historia.

En cambio Ramiro Pérez, ni lavándose con ácido sulfúrico logrará sacar de sus sucias manos la sangre y la pobreza de un pueblo que poco a poco lo ha ido perdiendo todo: hasta la libertad de creer.

Es necesario dejar en claro que en sí el pueblo parrense, como el de Judea, escogió también de manera simbólica su propio yugo: pues han permanecido callados e indiferentes a las injusticias, sometidos en la oscuridad, a base de abusos policíacos, saqueos y represalias. Y han permanecido por casi dos años, así, en sliencio.

Ahora, esta Semana Santa hemos llegado a un punto sin retorno. Sobre los parrenses, la ley de Herodes se ha impuesto a encierros y garrotazos.

Y es que en su tiempo, las acciones de Herodes también ofendieron enormemente la sensibilidad religiosa de su pueblo, pues manejó de manera despreciable y sórdida el sumo sacerdocio de Jerusalén y profanó la tumba del Rey David, buscando saquear las arcas sagradas, lo cuál marcó un antes y después de su mandato; los pocos judíos que aún le seguían sintieron asco y desdén por su persona, pues el acto cometido no sólo representaba robo, sino que implicaba haber ofendido el cadáver del antiguo Rey. El mandatario intentó ocultar sus acciones, pero la información corrió rápido por las calles de Jerusalén.

Al enterarse de tan despreciable acto, el pueblo ratificó su odio hacia Herodes, el cuál además era polígamo; ejemplo de lujuria, crueldad y perversión. Sus variables parejas y concubinas fueron constantemente motivo de repulsa y escándalo, convirtiéndolo en un ser, desde todos los ángulos, infame.

Saqueador, lujurioso, cruel, perverso e insensible ante las creencias de su pueblo. Sí, no cabe duda, que se trata de Herodes.

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