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ENCARCELADOS POR LA PANDEMIA

HEREJÍA POLÍTICA

Por: Luis Enríquez.-

Nunca había sentido antes esta incertidumbre (¿o certidumbre?) de muerte. 

La pandemia llegó. Dijeron que llegaría, y no lo creímos. Nos lo dijeron los chinos y después los australianos. Después los españoles e italianos. Y no creímos. Pero ahora está aquí, achicándonos desde invisibles barrotes que se acercan ¿Fue la vecina? ¿El tío? ¿El cartero? No ¿Ninguno? Tampoco; fueron todos. Fueron tus padres y tu hermana y tu perro y hasta tu propia saliva; fueron todos aquellos que osaron siquiera rozar el lapsus de estos días, extraños y desconcertantes. Fueron todos y todo… y a la vez nadie. 

Es inevitable. Está en todas partes. En la despensa, en la ropa, en los zapatos.

Con tan solo sacar la vista al aire, se puede contraer el contagio. Incluso escuchar, pensarlo siquiera, es peligroso.

Se hacen presentes los círculos viciosos. Atiborrarse horas y horas de los noticieros que dejan su rastro temeroso en los sonidos que se estancan en las habitaciones; dejar a la palabra muerte tocar tantas veces a las puertas del subconsciente, y no saber a ciencia cierta si es verdaderamente bienvenida. Y la misma taza de café que se rellena, y los cuentos de terror insomnes que son tan parecidos en sus inicios a esta realidad, pero que encierran entre líneas un trasfondo siniestro de oscuridad y sobresalto. Un sobresalto que nunca se desvanece del todo.

Perdimos la noción del tiempo y el espacio, del calor y del frío; el hogar se volvió un encierro intransitable de ocio perpetuo y pensamientos destructivos. 

Comienza el día (¿A qué hora comienza?) con un ir y devenir aletargado de la sala a la cocina, de la cocina al cuarto. Los pensamientos inseguros se amontonan como cadáveres emparedados. Pasan de largo los minutos, insignificantes, desapercibidos, como pasan sin ser vistos los indigentes por las calles. 

Es desesperante el saber que la asfixia y su horror están ahí, del otro lado, incluso antes de abrir la puerta; están ahí, en la perilla, en el barandal, en tu hermano y en tu perro. Se esconden entre los pliegues de la luz; en el agua, en las marañas de la realidad que centímetro a centímetro se va multiplicando. 

La modernidad ¿sin duda? nos ha rebasado. 

Los alcohólicos se mantienen sobrios. Los mujeriegos, con sus esposas. Los jugadores miran impacientes las noticias y juegan a apostar consigo mismos cuántos muertos habrá el día de mañana. Los músicos se mueren de hambre (aún sin pandemia, lo harían de todas formas). Las sirvientas ahora limpian sus propias casas, sin paga. Los curas persignan desde una computadora y los beatos les besan la mano en la pantalla. 

Los ricos se hacen más ricos, a distancia; la asepsia y sus derivados se venden en línea al por mayor. Las modas incluyen complementos apocalípticos que combinan a la perfección. 

Las funerarias se relamen los bigotes, esperan con las uñas afiladas que se cierne la muerte sobre las recámaras y que los teléfonos suenen como estridentes campanas.

Las buenas madres se angustian por sus hijos que están lejos y las malas por sus hijos se quedan en casa. 

Empiezan a olvidarse los festejos. Amigos y amores son sólo palabras.

El país se pinta de colores: verde, amarillo, rojo y naranja. Se esfuman los más pobres, los que nunca tuvieron nada; los que no pudieron llamar al 911 no se contabilizan en el campo de batalla. 

Los políticos hablan y hablan, pero no se les entiende desde detrás de las máscaras.   

Llega la hora quieta. Ni un alma. Los hospitales se llenan y las calles se callan. 

Y los escritores miramos desde la ventana… sin comida, sin dormir y sin psiquiatra.

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