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GRACIAS POR LLAMAR AL IMSS, LE ATIENDE ZOÉ ¿EN QUÉ PUEDO AYUDARLE?

BAILE Y COCHINO


Por: Horacio Cárdenas.-

Pocas naciones están sufriendo tanto como México con la pandemia de coronavirus. No que a los japoneses, chinos, italianos, españoles, argentinos y demás pueblos del orbe no les duela la enfermedad y el fallecimiento de un familiar, de un amigo o de un conocido, claro que sí, en eso mismo radica mucho de su humanidad, sin embargo pocos pueblos hacen de la enfermedad y de la muerte un evento colectivo a escala tan grande y marcada como el pueblo mexicano, bueno, ahora que se ha difundido tanto el video de los portadores de féretros en Ghana, esos que hacen un homenaje, un baile y un desplante de fortaleza para llevar un ataúd a la sepultura entre una multitud de dolientes que más parece que están en una fiesta, estamos tentados a reconsiderar eso de que somos únicos para la parranda trágica, pero hasta tener más datos seguimos en lo que estábamos.


Hasta una canción hizo Chava Flores para retratar lo que son los velorios a la mexicana, en donde el fallecido es el mero pretexto para todo lo que ocurre a su alrededor, el duelo, que nadie puede decir que sea falso, se convierte a las primeras de cambio en un jolgorio, y la verdad sea dicha, es un evento social al que confluyen parientes, amigos, compañeros de trabajo, cuates de parranda, gorrones, padrititos de velorio que van porque les gustan las dolientes vestidas de negro y con los ojitos llorosos, enemigos para comprobar que es cierto el fallecimiento, acreedores, oportunistas, todo el mundo va… o iba, porque ahora con la cuarentena por el COVID 19, uno de los golpes más duros a nuestra idiosincrasia es precisamente el no poder acompañar al finado, quien si eso es posible, también ha de extrañar tanta soledad.


Si eso es cierto para los velorios, también lo es para las enfermedades, cortas o largas. A lo mejor en otros países tendrían dificultad para entender y sobre todo para aceptar, que una enfermedad sea un asunto no privado, sino colectivo, a una consulta cualquiera, hay que ir acompañado de alguien, de la mamá, del marido, de la tía, del novio, de quien sea, y eso le digo, para un asunto sin importancia; para un accidente… se arma una auténtica procesión de familiares, amigos, conocidos, testigos, el jefe del seccional del partido, el comisario ejidal, para estar al pendiente de cualquier novedad, literalmente se arman guardias, para que el paciente no esté solo ni un momento, no sea que se le ofrezca algo, que empeore o que mejore, y por supuesto para dar fe y comunicar con pelos y señales lo acontecido a toda la congregación de interesados, nos tocó un accidente de unos vecinos de Arteaga cuyo camión se accidentó de regreso de una peregrinación, el hospital hervía de lesionados, de sus parientes, pero con decirle que hasta el presidente municipal estaba allí para interesarse por sus electores, ya ve que allí les encanta repetir y repetir en el cargo, pues así somos, las enfermedades no son individuales, son colectivas, con todo lo que eso implica, o lo eran hasta que llegó el Coronavirus…


Si el paciente afectado por el pernicioso COVID-19 se halla entre los afortunados leves, podría cursar su padecimiento en su casa, aislado, bajo el cuidado de su familia, que muy a la mexicana no pararán de repetirle “ya ves… te dijo que…” seguido de mil regaños que se repiten peor que propaganda política en tiempos de elecciones; ah, pero si es de los enfermos graves… allí sí que qué mala onda, porque estará aislado del mundo exterior, de su familia, de su gente, y entregado a un sistema de salud que solo en el sexenio de Vicente Fox pretendió, al menos en el discurso, tener calidad con calidez, antes y después de eso, es frío, duro y cruel. A lo mejor es por eso que a la hora que tienen un enfermo, se dejan venir como marabunta los parientes, inundando las salas de espera, los pasillos, las áreas comunes, las banquetas, las calles… por si los médicos, enfermeras, trabajadores sociales, burócratas se pasan de lanza, echarles montón, pero eso solo es una hipótesis de trabajo que habrá que verificar.


Si el sistema de salud pública en México fuera administrado, no de ahorita con la Cuarta Transformación, sino desde siempre, por gente que conociera a la población que atiende, los hospitales estarían planificados de otra manera, no con la miserable austeridad republicana que vemos y sufrimos, hablando de metros cuadrados, sino de áreas mucho más amplias, para contener con relativa comodidad a toda la parentela que se descuelga para acompañar en cuerpo y en espíritu a su ser querido, pero eso, como lo comprobamos todo el tiempo, es lo que menos les importa a los administradores del sistema de salud en México, lo que nos lleva a algo verdaderamente grave, con el manejo de la pandemia del coronavirus.


El país está en fase tres oficialmente, dos o cuatro, dependiendo de la seriedad que cada quien, pueblo y gobierno le ponga al asunto, y el Instituto Mexicano del Seguro Social ha tomado una de las medidas más radicales que podría imaginarse: ya no admite la presencia de familiares o cualquiera persona interesada en la evolución de un paciente, en los hospitales y centros de salud. De aquí en adelante, todo deseo de averiguar sobre su pariente o amigo, tiene que ser estrictamente por teléfono… así de frío, así de duro, y ponga que sí, es una medida más que indispensable para contener la ola de contagios, a sabiendas de que ningún sitio es más peligroso para contraer el virus que un hospital, como les consta a alrededor de 400 médicos y enfermeros del propio IMSS, en Monclova, Coahuila, en Tlalnepantla y Atizapán Estado de México, en Tijuana, Baja California, entre otros sitios.


Justificado, está, pero… ¿es operativa la medida?, o poniéndolo en términos más vivenciales ¿alguna vez ha llamado a una clínica del seguro?, o todavía más al grano ¿alguna vez le han contestado en una clínica del Seguro?, y ya en el infinitesimal caso de que esto haya ocurrido ¿le han dado la información que requería, no lo han dejado colgado por interminables minutos con el doble propósito de que usted se desespere y que la línea esté ocupada para que nadie más llame?


Tratándose del coronavirus no aplica aquel principio de “no news is good news”, aquí las malas noticias, como si se tratara de la muerte de un dictador de Corea del Norte, pueden retrasarse según la conveniencia o la incompetencia de los encargados de la información sobre la pandemia, y no hablamos de la contabilidad de contagios, pruebas, ingresados a hospital y fallecidos, sino sobre el estado de salud de los pacientes individuales.
¿De veras creen quienes tomaron esta brillantísima, y repetimos indispensable medida, que el IMSS en general, y cada unidad de salud en lo particular, tiene la capacidad en personal, en líneas telefónicas, en comunicación interna, en acceso a los expedientes en tiempo real, para reportar la salud de un paciente, con la continuidad con las que sus parientes lo requieren?, la respuesta es un rotundísimo NO.


Hemos oído que hay convocatorias para contratar médicos y enfermeras, ¿pero ha oído usted que contraten sicólogos, trabajadores sociales, telefonistas para atender el conmutador?, claro que no, sume a eso, o reste a eso, el personal que se ha ido de licencia por estar en grupo de riesgo, o que se ha chispado como los machos por temor al contagio, y tendrá un panorama de las posibilidades realistas de manejar la información de los pacientes a quienes se interesan por ellos por vía telefónica, además de que se requerirían burócratas con paciencia de santo para recibir tanta llamada desesperada, a lo que se están exponiendo es a un motín, a un motín frente a cada clínica de donde fueron expulsados los parientes, quienes lo mínimo que pensarán es que les ocultan algo, o lo que es más probable y que nadie va a aceptar en el seguro, que son incapaces de tener la información de cada paciente en tiempo real, o sea, al minuto.


Si lo único que faltó en la visita de Zoé Robledo, director general del IMSS a Monclova el sábado pasado fue que atendiera la primera llamada en su flamante sistema de atención telefónica, qué bueno que no lo hizo, porque seguro que el infiernito que llegó a querer apagar a la Clínica 7, se hubiera convertido en un linchamiento, síganle con sus grandes ideas.

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