PENSAR PARA UN MUNDO QUE AÚN NO EXISTE

Por: Ramsés Sánchez Soberano.-
Nacer revela el dominio de la pasividad que antecede a ser, expresa la pluralidad de los instantes inminentes que anteceden a la entrada en el ser donde el poder de la presencia establece su reino. Un nacimiento revela un modo de ser antes de ser, es pre-ser, es el anuncio del ser a través de la alteridad. Nacer es penetrar en la infinitud de donaciones donde la singularidad rompe la unidad, donde se expresa la necesidad de sobrepasar el enclaustramiento de la identidad en sí y sus revestimientos y protecciones. Evitaremos el término ontología desde aquí para no caer en los intersticios de la logificación del ser. El ser es el ser antes del logos. La ontología es una tematización y toda tematización está supeditada a un pasado inasumible. Le llamaremos ser al modo primitivo de la manifestación. Pero este modo primitivo es plurívoco. Esto no significa que el ser se diga de muchas maneras. Esa expresión es todavía ontológica, temática, analítica. Para poder analizar es necesario cortar en pedazos. El ser es modal y, por ello, aparece multívocamente. Manifiestación a la que están convocados todos los nombres. Para nacer es necesario estar constituido de antemano por lo que antecede al ser. Ser es haber nacido. Cada nacimiento es una entrada en el ser de un modo único. Un singular absoluto. El nacimiento revela la entrada insuperable en el ser de una existencia que no tiene ante sí la posibilidad de llegar a tiempo. Comienzo absoluto. Retardo eterno. Todos hemos llegado tarde. La situación plural del ser no es únicamente socialidad y política. Es, inminentemente, afirmación de sí. Ser es afirmarse a cada instante. No poder separarse de sí. Donación insuperable de lo absoluto singular. Existencia que se siente en lo de sí a cada instante. Sólo en una sociedad donde el olvido de la singularidad es hábito, la muerte de un existir no provoca un removimiento. Una sociedad tal ya no puede fundarse en un esquematismo neutral. La singularidad es un rostro con nombre propio. Un nombre es una aventura singular. Pero el rostro anuncia una excedencia que ya no puede ser asumida en los términos de la identidad. Trascendencia que revela su altura en su indigencia. Un auxilio que no exige ser auxiliado. Necesidad que no obliga a ser atendida. Su bondad consiste en no pedir ser elegido. Su alteridad se mantiene a esa altura. El encuentro es así desinterés radical por el reconocimiento. El encuentro con el otro es encuentro con una alteridad inasumible para los poderes de lo Mismo. Desprotección, deseo, salida de sí, destrucción del ropaje de la inmanencia. La ontología fundamental no agota exhaustivamente todos los rincones del ser. Hay que agradecerle a Heidegger lo que nos ha enseñado. Pero aquí brilla una plegaria para Levinas. Hay una ontología para el infinito cuyo lenguaje es la ética. Ella es significatividad. La expresión del rostro exige este movimiento. El Otro adviene como el acontecimiento que exige al Mismo salir libremente de sí. Solo un ser completo puede llegar a esta altura. Es abandono del egoísmo. Un ser que se ha dispuesto a abandonar el retorno constante al reino de la Mismidad es un ser que es humano. Ser humano es sentirse humano. Ser humano es entonces renunciar a la historia de lo Mismo. Ella es la lógica del dominio. La guerra es su expresión más acabada: inteligencia y planeación, estrategia. Para dominar la alteridad del Otro es necesario pensar de antemano cómo someter su extrañeza a los términos de la familiaridad. Exigirle que adopte posturas que sólo están esbozadas en la mismidad. La violencia convoca a este movimiento. Violentar es hacer que el otro no pueda llevar a cabo sus planes. La violencia radical conduce al asesinato. Pero el lapso que va de la situación ínfima y que va ascendiendo imperceptiblemente hacia la destrucción total, se despliega en la cotidianidad. La cotidianidad es la prueba fundamental de los múltiples modos de la manifestación. Somos nuestro último acto. La violencia es gradual cuando la lógica que la domina la justifica a cada instante. La justificación, racionalización y juego de interpretaciones que abrazan actos, es la voluntad de violencia. Si la valoración del mal es objeto de interpretación, entonces interpretar es la violencia misma. Valorar es interpretar. Poner en juego el entramado de sintagmas que no guiaban de antemano el hecho. Hacer es orientar un proyecto a su realización. Proyectar es planear – determinar de antemano de lo que está por venir. Proyectar y cumplir exige, en los términos de la planeación que no está dispuesta a retornar al hecho, necesidad de interpretación, recular a sí: planear estratégicamente lo que será utilizado. Planear es también omitir. La omisión no es una mentira abyecta. Es lo oculto de la acción. Omitir no es mentir en sumo grado, es más que mentir. Mentir es negar un hecho, omitir es ocultarlo. La omisión es la ocultación de un hecho donde se pone en suspenso la posibilidad de mentir. De esta manera, omitir es más que mentir. El que miente no tiene el valor de reconocer lo que ha hecho. El que omite no se atreve a tematizar su acto – si éste sale al paso, descubrimiento de lo oculto, la mentira se perfila como técnica de evasión. La técnica es un conocimiento. El conocimiento es un dispositivo de herramientas que están preparadas para ser usadas. Saber mentir es una técnica. Saber omitir es una modalidad de la tecnificación. Disponer de herramientas es llegar al encuentro con una trama que se proyecta al cumplir. El cumplimiento abrazado por la planeación es un control que opera sobre la voluntad del otro. Para cumplirla hay que controlar los eventos. No dejar actuar a quienes se encuentran involucrados en ellos. Controlar el evento es denostar la libertad y la exterioridad y la alteridad del otro. El control es estar en lo mismo. Y lo mismo, planeación, estrategia y política, es, siempre, lo Mismo.

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