BAILE Y COCHINO…
Por Horacio Cárdenas.-

La gente suele creer que gobernar es sencillo, se gana una elección más o menos reñida, y listo, está todo preparado para sentarse tres, cuatro o seis años, si es que no se reelige allí donde se puede, a pasársela a gusto, mangoneando a sus empleados, sintiéndose por encima de sus gobernados, y en general, haciendo lo posible por convencerse a sí mismo y al resto de sus contemporáneos, que tienen la suerte de haberlos conocido, y más, de haber dejado su destino en sus hábiles manos.
Nada más alejado de la realidad, gobernar no es para cualquiera, es una actividad de tiempo completo que demanda esfuerzo, dedicación, humildad y mucha imaginación, ninguna de las cuales es cualidad sobresaliente de la clase política mexicana, y menos todavía de quienes se ostentan como integrantes de esa tribu señalada por dios, que se hace llamar la cuarta transformación.
Pobre Parras de la Fuente, pueblo mágico no solo de membrete burocrático, sino con una larga tradición de ser y conservarse como los parrenses lo habían querido, y tanto que por eso y no por otra cosa se ganó el reconocimiento no únicamente del gobierno federal, que eso es lo de menos, sino de los miles de visitantes que cada temporada se dejan llegar para sentirse transportados a otras épocas y otras dimensiones humanas distintas de lo pedestre de la vida cotidiana.
Pobre Parras porque ha tenido una ya larga cadena de gobernantes que nomás no logran colocarse a la altura de la encomienda, en vez de llegar a servir al pueblo, lo hacen para servirse del pueblo, en vez de hacer por enriquecer la ciudad, lo hacen por enriquecerse a costa de la ciudad. A tanto ha llegado el hartazgo de los parrenses con sus gobernantes, que de un tiempo para acá les ha dado por experimentar con opciones políticas distintas de la ortodoxia, y de la mesura de otras poblaciones de Coahuila, donde a lo mejor tampoco les ha ido tan bien que digamos, pero no se confían al primero que llega ofreciendo un cambio de lo de siempre.
Esa es la explicación que encontramos para la llegada a la presidencia municipal de Ramiro Pérez Arciniega, bajo los colores y la retórica, que no la ideología que no existe, del Movimiento de Regeneración Nacional, MORENA, invento de Andrés Manuel López Obrador para llegar a la presidencia de la República, que sin embargo posibilitó que muchos otros accedieran a posiciones en los poderes legislativo y ejecutivo en la federación y en los estados. La gente estaba harta de los gobiernos anteriores, y no es que votara por lo que Andrés Manuel y sus aventureros trajeran en el morral, sino que votó en contra de lo que las otras opciones políticas y candidatos representaban, una continuidad que había que cortar de raíz.
No tardaron mucho en llegar, y demostrar lo escaso de su bagaje de propuestas y alternativas de solución a los problemas.
Como pocas esperanzas tenían de ganar, no se ocuparon de apuntalar sus promesas de campaña con programas de gobierno, mucho menos con esquemas de financiamiento de esos programas, y sí por el contrario, se dedicaron a ver que había en caja y qué podía caer en el cajón del escritorio, para convertirlo en fortuna personal y propia para poder decir, cuando acabe su período, que su incursión en política valió la pena.
Aun los políticos más flojos, los menos imaginativos, tienen la posibilidad de sacar adelante su gestión, no necesariamente a través de la realización de obras, para las cuales parece que en este país nunca hay dinero, sino a través de la correcta utilización de los pocos o muchos recursos que toda administración municipal tiene a su disposición.
¿Y qué mejor manera de demostrar que hay gobierno, aunque sea pobre y austero, que hacer sentir a la población tranquila y segura?, precisamente allí radica la construcción de un buen gobierno, uno que mantiene la cohesión de la sociedad, la certeza de que cualquier ciudadano puede andar por las calles, los caminos, las plazas, sin ser molestado por nadie, mucho menos, que exista riesgo para su integridad física o su patrimonio.
El tema de la seguridad es vital para cualquier gobierno, puede no haber agua, no haber servicio de recolección de basura, no haber obra, pero si hay seguridad, los parrenses pueden estar seguros de que en aquello que emprenda cada uno, no habrá peligro que lo aceche.
Pues esto que se oye tan sencillo, es lo que menos ha querido comprender el alcalde Ramiro Pérez, y no solo no lo ha entendido, sino que ha aprovechado a la policía municipal para establecer un régimen de terror en los confines del municipio. Han sido muchos los desafortunados eventos en los que personal de la dirección de seguridad pública municipal han agredido, reprimido, maltratado de palabra y físicamente a los habitantes de Parras, que estos ya pasaron de tenerle respeto a la fuerza policiaca a tenerle temor.
El último incidente, registrado esta misma semana pone de manifiesto la pésima administración, la nula capacitación, la falta de comprensión de los policías por la función que tienen frente a la comunidad. A nada estuvieron los tripulantes de una patrulla, de las pocas patrullas que hay, de cegar la vida de un ciudadano que viajaba en una motocicleta. Los policías se desplazaban a una velocidad, déjese lo inmoderada, lo injustificada, pues ¿A dónde iban con tal premura que no pudieron evitar atropellar al motociclista? ¿creían los héroes policiacos que iban a detener un asalto bancario, un secuestro, un motín, qué?, no, simplemente han adquirido la costumbre de usar las vialidades de Parras como pista de carrera, y aguas con el que se les atraviese.
Para acabarla, y en eso no se diferencian de los policías de cualquier parte, la culpa no la tienen ellos, la tiene el ciudadano, y no solo él, también los medios de comunicación que acuden a dar fe de los hechos, para enterar de la realidad al resto de la comunidad. Según esto, los reporteros incurrieron en conductas de discriminación e incitación al odio…
Pues ¿Quién iba manejando la patrulla?, el reportero no, ¿Quién atropelló al motociclista?, tampoco fue el reportero ni el camarógrafo. Que sí, claro que son culpables de buscar testimonios entre los testigos, algo que “la autoridad” no iba a hacer, para proteger a sus muchachos, protegerse ellos y proteger a la administración municipal, ¿entonces qué hacer?, pues denunciar a los medios de comunicación por incitar al odio… si la sola presencia de los policías despiertan entre los parrenses desconfianza, temor y sí, en algunos casos con las malas experiencias tenidas, el odio.
Pero los parrenses están más allá de que un reportero, por hábil que sea, pueda decirle anda ve y odia al policía ese, y ellos van y lo hacen. De veras, otro sería Parras si su alcalde le echara tantitas ganas a su tarea, gobernar es estar cerca de la gente, no él en lo personal, sino cada uno de los empleados municipales, ¿y quién más cerca que la policía?, pero no como están ahorita, como son ahorita, que no es que uno los discrimine, les saca uno la vuelta por lo peligrosos que son, y en cuanto al odio… se lo tienen ganado a pulso, difícil será quitárselos.

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