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El heroísmo de los pobres y la traición de los clasemedieros aspiracionistas

BAILE Y COCHINO…

Por Horacio Cárdenas Zardoni.-

Apercibidos estamos todos, imposible no estarlo, del pleito que trae últimamente la Cuarta Transformación, o más específicamente el presidente Andrés Manuel López Obrador y quién sabe si alguien más en su entorno de “intelectuales orgánicos”, contra la clase media.

De repente los ricos dejaron de ser el enemigo por excelencia del mandatario, quien transfirió sus odios, o bueno no sus odios porque él mismo dice que no odia a nadie, pero sí sus acusaciones, sus reconvenciones, sus rencores, sus discursos y declaraciones hacia un sector de la población que tiene la particularidad de no ser ni pobre, entendidos estos como dependientes para su subsistencia de la generosidad del régimen, ni tampoco ricos que puedan empacar sus capitales e irse a vivir a otro país donde los hostiguen menos. No, la clase media no puede irse, o al menos, tiene mucho más arraigo que los otros, así que ni modo, a seguir soportando el golpeteo, por el tiempo en el que sigan siendo el blanco consentido.

Dicen algunos analistas que es porque el presidente, ahora con la camiseta puesta de líder de MORENA, los responsabiliza de los resultados que este partido obtuvo en las elecciones del 6 de junio.

 Puede ser, claro que puede ser, ahora sí que los clasemedieros suelen ser un segmento de población más informado que los pobres, si no por otra cosa, por sufrir las decisiones de gobierno en carne propia, y sin la posibilidad inmediata de una restitución a través de los programas asistenciales, como ocurre con los pobres. A estos últimos se les ha beneficiado con los incrementos en el salario mínimo, muy por encima de la inflación, o al menos antes que esta se desbocara, si los trabajadores de la clase media hubieran gozado de incrementos salariales equiparables, se sentirían en los cuernos de la luna, y por supuesto que se lo hubieran agradecido con sufragios o lo que fuera al gobierno que lo impulsara.

Pero las componendas entre el sector productivo, el gobierno y el movimiento de trabajadores no es abarcativo, sino más bien de relumbrón y conveniencia, sí, se lo dieron a los trabajadores, pocos, de salario mínimo, pero los que están por encima de eso no. Ya cuando por no recibir los incrementos caigan en el rango del mínimo, entonces podrán beneficiarse de esas decisiones políticas, mientras a seguir “disfrutando” de las bondades de la clase media.

Hace algunos días se dio a conocer una información que puede interpretarse como tendenciosa, en consonancia con el pleito entre el poder ejecutivo y quienes han sido llamados con cierta sorna, el motor de cambio de la sociedad.

Resulta que según datos del Banco de México, el monto de las remesas que envían los mexicanos que se encuentran trabajando fuera del país, duplica el de los recursos que los inversionistas extranjeros han tomado la decisión de sacar del país. A los primeros se les han hecho toda clase de reconocimientos, reiteradamente se les agradece que no olviden al terruño y todavía más que envíen dinero a sus parientes que se quedaron acá, nada más falta que se les haga un homenaje nacional y se les erija un monumento, no un memorial, porque eso sería como tentar a la suerte, de que no regresen nunca.

En cambio a los otros, a los que tenían su dinero acá, y se lo llevan, se les hace aparecer como traidores, no únicamente a México, sino politizando el asunto, a la cuarta transformación, como si su acción de buscar mejores rendimientos a sus capitales, llevándoselos a donde los encuentren, estuvieran manifestando su oposición o su falta de confianza a un proyecto de nación que no acaba de convencer a los dueños del dinero, a los que si no es con una, es con otra acción gubernamental que no tan a las calladas han calificado como terrorismo fiscal o de estado en su contra.

Los datos del Banco de México citados, nos dicen que al cierre del 2020, los inversionistas extranjeros habían liquidado sus inversiones en nuestro país por un monto superior a los 104 mil millones de pesos, afectando principalmente a bonos y certificados de deuda pública, o sea los emitidos por el propio gobierno. El otro dato que dan, el de las remesas, no es comparable porque hace referencia a tan solo tres meses del año 2021, pero sirva como mero elemento de comparación, los paisanos enviaron algo así como 213 mil millones de pesos, o su equivalente en dólares, 10, 623 millones. 

La lección que se nos quiere dar a todos es que, los pobres, los que más esfuerzo hacen, los solidarios, los nacionalistas, los que arriesgaron su vida yéndose de ilegales a un país del que sabían poco y corriendo el riesgo de ser deportados o peor, ellos envían muchísimo más dinero que el que los ricos, o los clasemediaros “aspiracionistas” sacan del país. Es, como suele hacerse siempre y especialmente durante este sexenio, el manejo convenenciero de las cifras, a ver si con ello pueden elaborar una verdad a su gusto, por más que esté armada con datos que no son totalmente ciertos.

Para empezar hubieran podido usar una cifra anualizada, con lo que el monto de lo que entra de los mexicanos pobres, comparado con lo que los ricos sacan, se hubiera ido a cuatro veces más, o probablemente más, pero también está el hecho de que están hablando de lo que desde hace algunas décadas se ha dado en llamar capitales golondrinos, explicado como el dinero que viaja por todo el mundo, buscando y encontrando los mejores rendimientos.

En general son inversiones que no son directamente productivas, entran al sistema financiero porque les ofrece mayores ganancias, ya lo que este haga con esos recursos, es un cuento muy diferente, si lo aplica a proyectos productivos, que generen riqueza primero para pagar el capital y los intereses y sobre ese edificar una economía más sana y más dinámica, pero si es como ocurre en México, que se va a la compra, temporal, de papeles gubernamentales, que por definición no son productivos por sí mismos, porque el gobierno lo acostumbra aplicar al gasto corriente en el peor de los casos, y en el mejor, a programas clientelares de utilidad política, pues a la hora que se van esos dineros, dejan un hueco muy difícil de llenar, o siquiera de pagar.

Los capitales golondrinos representan la peor de las opciones, y sin embargo los países la reciben con los brazos abiertos, haciendo ojos ciegos a dos hechos: que hay que pagar capital e intereses superiores a si colocaran la deuda en México, y la otra, que no tienen ningún prurito en irse cuando ya no les convenga estar aquí, o les convenga más estar en otro sitio.

Pese al carácter nacionalista, heroico que se le quiere dar a una, y al de traidor que se le carga a la otra, lo cierto es que ninguna de las dos clases de inversiones fortalecen a la economía. Los pobres que reciben las remesas no invierten en crear empresas, se lo gastan en artículos de primera necesidad o en bienes suntuarios, pero no en montar un negocio o ampliar el que tengan, las otras igual, si el sistema financiero invierte, bien, pero prefieren conformarse con comprar papeles gubernamentales. Esas inversiones en vez de mejorar al país más allá de la bocanada de aire fresco del momento, lo perjudican.

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