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Parras sin parras

BAILE Y COCHINO

Por: Horacio Cárdenas.-

A veces, los eslóganes, lemas o frases ideados por la gente del pueblo, encierran más verdad, más sentimiento y son más capaces de dar identidad y movilizar a la población, que los más costosos, elaborados por creativos cuya mente funciona con apego primero a la factura que esperan que les paguen y luego a la teoría que fueron a aprender a alguna escuela.
El eslogan La magia de Parras es su agua es uno de estos casos, dice lo que tiene que decir, utilizando el más sobado de los discursos burocráticos de los últimos tiempos, aunándolo a una preocupación que mantiene a los habitantes del municipio de Parras de la Fuente en un desvelo constante, que el agua que proporciona la forma de vida tradicional de los parrenses, y que provee el encanto que buscan y agradecen los visitantes, pueda llegar a acabarse en el horizonte de muy pocos años.

En buena o mala hora, cuenta la leyenda, algunos evangelizadores llegados a esta zona, trajeron pies de vid, que con el debido cuidado, el clima, agua en abundancia, arraigaron en el suelo de esta parte del semidesierto de San Luis, dando los primeros pasos para la creación de un producto y una industria que se han vuelto famosos, no en todo el mundo, que sería mucho presumir, pero sí en México y algunos círculos especializados que se ocupan de esas cosas, el vino.

Que si gana premios internacionales, que si es una tradición que une a la población, que si es la principal actividad económica de Parras, que si los parrenses llevan tinto en vez de sangre en las venas, que participar en la vendimia ataviándose como campesinos franceses o españoles es como un rito de paso, todo eso suena muy idílico. La realidad de las cosas es bastante más pedestre, como todo lo del capitalismo es finalmente pedestre, la gente de Parras se puede dividir en dos: los que poseen tierras y las tienen sembradas de vid y nogales, y aquellos otros que aun teniendo algo de tierra, no pueden darse el lujo de vivir de la explotación de esos cultivos que efectivamente son altamente productivos, pero que también demandan inversiones muy fuertes de capital. Y como uno de los principales insumos de la producción del vino, si no es que el primero, es el agua, también se puede dividir a la población de Parras en dos grupos, aquellos que tienen una gran demanda de agua para sostener la explotación siempre creciente de sus cultivos, y aquellos que la utilizan para las necesidades de la vida cotidiana, utilizando la misma o apenas poco más agua que la que sus ancestros, desde la fundación de la congregación de Santa María de las Parras y Las Lagunas hasta muy recientemente.

¿Desde hace cuánto que Parras produce vino?, pues póngale que cuatrocientos años o un poco más. Durante décadas o siglos el vino de Parras era muy apreciado, la razón de esto es que no se le trataba como una explotación industrial de gran escala, sino como un producto de alta calidad y de muy limitada producción, ahora sí que conseguir vino de Parras era un gusto y un lujo, pues la distribución alcanzaba pocos mercados, obvio el precio no era nada barato, todo lo cual contribuyó a crear un mito alrededor del vino de Parras, que los parrenses se encargaban orgullosamente de propagar, aun los propietarios de bodegas pequeñas o no tanto se regodeaban llamándole artesanal a su licor, mucho antes que esta palabra se generalizara para la cerveza o se comenzara a hablar de productos de diseño.

Ah, pero ¿para qué conformarse con unos pocos millones de pesos de ganancia al año, pudiendo colocar el doble, el triple, diez o veinte veces más vino a los mismos precios?, y pues los capitalistas se olvidaron de la tradición para operar la vitivinicultura coahuilense como una gran agroindustria, el único problema, mínimo, cualquier cosilla, es… ¿y hay agua para soportar tales niveles de producción? La respuesta comienza a ser un rotundo no.

Lo malo de los empresarios es que solamente ven la parte que les conviene y les interesa, lo demás no les merece ni una mirada de desprecio. Entendible, siempre han sido así, nada más que en el caso del agua de Parras, se la quieren quitar a sus legítimos propietarios, pero aunque no lo fueran, quieren el líquido con exclusividad, importándoles muy poco la suerte y la vida de quienes dependen de ella para su actividad económica y su existencia.

Es una verdad de Perogrullo que conforme se incrementa la población, crece la demanda de agua en la misma proporción, no es lo mismo el Parras de hace medio millar de años, un oasis lujuriante en medio del semidesierto donde vivía un puñado de pobladores, entre hacendados y quienes trabajaban para ellos, al municipio de Parras de la Fuente con una población que ronda los 50 mil habitantes. No es lo mismo la riquísima explotación agrícola de aquellos años, en que se producían unas cuantas barricas de delicioso vino, a un uso intensivo de la cada vez más poca agua que hay, a la que para colmo se quiere sacar un río de alcohol del tamaño del Papaloapan, para transformarlo en otro igual, pero de billetes.

Por si fuera poco los habitantes y los industriales han incurrido en prácticas que en vez de contribuir a incrementar el caudal de agua… lo han venido reduciendo hasta los niveles actuales, que para colmo amenazan con empequeñecerse todavía más. Sí, las nogaleras se ven muy bonitas, pero están pelonas la mitad del año, hace falta una capa de vegetación que atraiga la lluvia, como había ocurrido siempre, por esas cosas de la naturaleza, los viñedos son también muy lindos así ordenaditos, pero no dejan de ser un arbusto que poco cuenta para mantener la humedad. A eso súmele que en algún momento les vendieron la idea a los industriales que con cañones antigranizo se podía evitar que las granizadas dañaran su producto, como había venido ocurriendo desde que el mundo es mundo: a veces llueve, a veces graniza, a veces hay sequía de años, ah pero con esa mentalidad capitalista, espantan las nubes y así no graniza, pero tampoco llueve, lástima que haya el efecto no deseado de que si no llueve no hay agua. Una de las últimas medidas cabezonas es que, para evitar que el agua se penetre en el suelo o se evapore, están entubando las acequias, ¿y los árboles que están sembrados a su paso?, que se mueran, pues ni que fueran de nuez, quite esa capa adicional de vegetación y tendrá todavía menos lluvia, también bastantes menos turistas que venían a Parras por eso, ah y también menos compradores de su beberecua, a menos que se las pongan en el anaquel del super.

Los empresarios tienen los datos: antes había tanta agua, ahora hay esa menos tanta otra, según sus propios decires se ha perdido un 60% del caudal, lo que ya ha comenzado a perjudicarles en sus felices proyecciones de más y más vino y más y más dinero. La relación entre los grandes propietarios de viñedos y nogaleras, y los ejidatarios y pequeños terratenientes, está llegando a un punto crítico. Días antes de la marcha de los ejidatarios Casa Madero, líder de esa facción, de plano circuló la versión de que el agua es suya, desde hace siglos además, que cuentan con los permisos para explotarla con exclusividad, y cuanta cosa. No por nada la gente está nerviosa, y no faltó quieran sacara el decreto que les otorga desde el año 1950 los derechos sobre el líquido, lo que debería dejar el asunto zanjado, pero no. Los empresarios seguirán presionando en los círculos de poder en los que se mueven, y el pueblo recurrirá a lo que tiene a la mano, protestas, bloqueos, abogados, y en un pésimo momento que esperamos no llegue nunca, o al menos no verlo, violencia.

Otra cosa sería si ante el problema de ¿no hay agua?, pues vamos a traerla, vamos a procurarla, vamos a hacer que llueva, pero esto está más allá de la mente de quienes solo piensan en billetes. La pérdida de caudal se puede revertir, claro que se puede revertir si se ponen a ello, así Parras podrá durarle a los empresarios, a los parrenses y a los visitantes por mucho tiempo, la disyuntiva es triste, y parece que para allá vamos.

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