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Adán Augusto en Gobernación

Por: J. Alfredo Reyes

Cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador le dio el nombramiento de secretaria de Gobernación a doña Olga Sánchez Cordero, este columnista tuvo la impresión de que se había designado para tan delicada función a doña Prudencia Grifell, aquella dulce abuelita que nos conmovió de ternura en “Corona de lágrimas”, situación similar que doña Olga nos provocó en su papel de ministra del interior en el más reciente melodrama de Bucareli.

De hecho, hay que reconocer la prudencia que tuvo Sánchez Cordero en esa dependencia que en el antiguo régimen era causa de respeto, contención y terror, algo muy común en los ministerios del interior, aunque eso de “terror” parezca siniestro, pero que en la realpolitik siempre se le ha considerado como un fiel aliado del poder.

El tiempo dirá si fue un error designar a doña Olga en Gobernación, un ministerio que ha perdido todo el poder de sus estratégicas funciones como el de la inteligencia, la seguridad, el dominio sobre los medios de comunicación, el control de las elecciones, sobre las cámaras de diputados y senadores y el manejo penitenciario. Eran temibles los entonces secretarios de Gobernación.

Sólo bastan unos ejemplos de algunos personajes que pasaron por Gobernación para darnos una idea de la mano dura que requiere el cargo: Victoriano Huerta (asesino), Aureliano Urrutia (el que mutiló a don Belisario Domínguez), Plutarco Elías Calles (el general Hilario Jiménez en la Sombra del Caudillo), Héctor Pérez Martínez (el que amenazó a Cosío Villegas con “la copa de cicuta”), Ernesto P. Uruchurtu (el regente de hierro), Gustavo Díaz Ordaz (el de Tlatelolco), Luis Echeverría (el del Jueves de Corpus), Manuel Bartlett (el de la caída del sistema), Fernando Gutiérrez Barrios (el ministro policía).

Y no es que uno añore a dichos personajes pero el desorden actual carece de límites al grado de que unos pelafustanes de la CNTE hayan tenido cautivo por dos horas al Presidente de la República frente a un cuartel militar sin que hubiera consecuencias lo cual, es el colmo de lo permisible y tolerable en un país donde la violencia del crimen organizado ha elevado los homicidios a niveles de un  Estado fallido.

Hoy que don Adán Augusto López llega a la secretaría de Gobernación deberá evitar a toda costa poner en práctica la inocencia primigenia de su nombre. Evitar, sobre todo, llegar como un Adán desnudo a esa dependencia en tiempos en que se requiere de toda astucia para poner orden en ese desmadre en el que se ha convertido este País.

Y no es que uno pretenda dar consejos, pero lo más conveniente para don Adán es que empiece practicando el adanismo, que es la tendencia a comenzar una responsabilidad sin tomar en cuenta lo que haya hecho su antecesora. Empezar de cero es lo que prácticamente le dejaron para hacer.

Adán fue el primer hombre creado por Dios sin tomar en cuenta a ninguna mujer. Simplemente porque no existía ninguna. Pero el nuevo secretario de Gobernación también se llama Augusto, como aquel emperador romano que dominaba al mundo. Pero tampoco debe olvidar don Adán que Livia Drusila gobernaba a Augusto. Cierto, Drusila fue una gran mujer. Doña Olga también lo es, aunque no apta para la gobernación.

Tendencia a comenzar una actividad sin tener en cuenta los progresos que se hayan hecho anteriormente.

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