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Hubiera sido mejor Marcelo

BAILE Y COCHINO

Por Horacio Cárdenas.-

Durante décadas México se dedicó a construir una imagen internacional poco menos que impoluta. El servicio exterior mexicano se caracterizaba por un desempeño impecable, no que no hubiera problemas, no que no hubiera situaciones estrictamente humanas que se presentan en absolutamente todos los ámbitos de la convivencia entre personas, organizaciones y naciones, pero daba la impresión de que los gobiernos mexicanos, que podían tener un revoltijo en la política interna, se pulían con la externa, al grado que nadie podía cuestionar la verticalidad del esquema de valores que le daban sustento.

De los muchos que ocuparon la secretaría de relaciones exteriores como titulares, prácticamente nada se podía decir, salvo que el calificativo de excelentísimo ministro no les quedaba holgado. Y sí, hubo momentos difíciles: aquella crisis de los misiles rusos en Cuba en el año 1963, cuando George Bush sr. Pidió respaldo de México para declarar la guerra a Iraq, cuando el tristemente célebre “comes y te vas” de Vicente Fox a Fidel Castro, para no quedar mal con el otro George Bush. Pero México podía presumir de su posición pacifista entre los países no alineados, cierto liderazgo que llegó a tener entre los países del tercer mundo durante el sexenio de Luis Echeverría, e incluso el haber servido de intermediario en multitud de conflictos armados y no armados, especialmente en el continente americano.

Bueno, pues mucho de lo conseguido durante casi un siglo de cuidadosa diplomacia, está siendo echado por la borda por parte de la autobautizada cuarta transformación, que al parecer no estaba contenta con solo pulverizar el funcionamiento de la administración pública nacional, independientemente de quien gobernara el país, también decidió darle “su toque” campechano, o bueno, tabasqueño si hemos de ser estrictos, dejando de lado la buena imagen que tenía México en el concierto internacional. Muchos opinan que la diplomacia es un algo inútil, y sumamente costoso, pero tiene su utilidad innegable. Si no fuera por la diplomacia a lo mejor la especie humana ya se hubiera extinguido, dada nuestra proclividad para sentirnos más que el resto de las naciones, lo que nos lleva a ofendernos mutuamente y a querer imponer nuestro punto de vista, como sea, pero sobre todo mediante el uso de las armas.

En algún momento se pensó que la designación de Marcelo Ebrard Casaubón como secretario de relaciones exteriores del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, neutralizaría muchos de los exabruptos que se esperaba tuviera el nuevo presidente, quien casi seguro escalaría sus pleitos locales para llevarlos al plano internacional. Entre él y Juan Ramón de la Fuente, designado como representante de México ante la Organización de las Naciones Unidas, el país podía estar tranquilo… eso es lo que se pensaba, o más bien, eso es lo que deseábamos, pues nadie quería conflictos internacionales gratuitos, que son la especialidad de la 4T, que los genera cada mañanera que hay, con sus versiones de fin de semana para no perder vapor.

La cosa funcionó más o menos bien durante un tiempo. De hecho, Marcelo Ebrard comenzó a ser visto como el interlocutor ideal con el gobierno de López Obrador, con él se podía hablar lo que no con el consejero jurídico, con el jefe de la oficina de la presidencia, con la secretaria de gobernación o con el de Hacienda. Sí, nada más que nadie puede hacerse cargo de todo, y menos cuando es el presidente quien, viéndole la capacidad, le encarga una cosa, y otra cosa, y veinte cosas adicionales, que no son de la competencia de la dependencia en la que cobra como titular.

De las primeras crisis a las que tuvo que entrarle Ebrard estuvo aquella de las pipas… el presidente le ordenó gestionar la compra de carros tanque, cisternas, pipas como les decimos de siempre, 400, 500, 700, el número es irrelevante, pues hasta donde luego se ha averiguado, no se compró ninguna. Había que acabar con el huachicol, y la única manera en que se les ocurrió hacerlo, según, fue cerrando los ductos de PEMEX, la gran idea era transportar todo TODO el combustible del país por carretera, por pipa. Aquello fue un desorden, al rato a las calladas volvieron a abrir las válvulas, los hauchicoleros a lo suyo, y Marcelo quedó como su cara.

Otra tarea fuera de lugar fue lo de la compra de las vacunas. Primero el presidente se peleó con Estados Unidos y con la Unión Europea, a quienes exigía que le regalaran, a México y a todos los países pobres…las vacunas que estos son incapaces de crear y fabricar. Allí anduvo el secretario de relaciones, otra vez poniendo su carota de mendigo con garrote, en vez de llegar como lo ordena la diplomacia más elemental, con los cheques en la mano. Hasta Moscú fue a dar, pero también a Buenos Aires, ya ni sabía ni para qué. Como encargado de las vacunas, tuvo que hacer el ridículo de presenciar la llegada de los paquetes de vacunas, allí lo tiene debajo de un avión de DHL, dirigiendo un discurso tan fuera de lugar como la bienvenida de la estatua de Felipe Ángeles al aeropuerto al que le endilgaron su nombre, o las peticiones a la madre tierra… y como buen político, a todo le entra.

Pero de un tiempo para acá Marcelo Ebrard ha comenzado a dar señales de cansancio, a lo mejor de nerviosismo, de desesperación o franco agotamiento, no es del todo fácil de explicar. El que fue elegido por su mesura, por su mano izquierda sin ser diplomático de carrera, de repente lo vimos poniendo demandas contra los fabricantes de armas estadounidenses, que hasta hombre del año lo nombraron los antiarmamentistas, pero que cayó medio mal a los industriales del ramo y a todos en general, todavía quedaba bien con su patrón, que ha exigido a Estados Unidos que limite la venta de armas que puedan llegar a México.

Esa fue una señal rara, pero han seguido otras, y ahora Marcelo Ebrard se ha convertido en un amplificador del discurso de su patrón, si López Obrador la riega con una carta hecha sobre las rodillas para llamar borregos a los integrantes del parlamento europeo, allí va él a remachar lo que no debió decirse.

Él, que debía ser el segundo interlocutor con el gobierno norteamericano, después del embajador, ah no, toma íntegro el discurso hostil de López Obrador, quien si en un dechado de su falta de corrección le pide al gobernador de Texas que “le baje dos rayitas”, este va y lo acusa de extorsión. Increíble, pero el que debía evitar enfrentamientos verbales u otros peores, es el que más problemas diplomáticos le ha generado al país.

Acá en Coahuila se ha señalado reiteradamente a la Secretaría de Relaciones Exteriores de francas omisiones en cuestión de una efectiva política migratoria, no solo se trata de darles visa humanitaria a los migrantes, sino de darles una forma de vida, un sitio temporal para vivir; también se le señala de no autorizar la entrega de armamento para combatir a las peligrosas bandas delincuenciales que operan acá, y el colmo, de desvirtuar lo que los gobernadores fronterizos han logrado en su trato con el gobernador texano.

Ya la última, hasta el momento, es de risa loca, para sacarle la vuelta a Texas quiere que las mercancías se desvíen ¿qué son un par de miles de kilómetros? por Nuevo México… y así andamos.

A lo mejor Marcelo Ebrard hubiera sido mejor presidente de lo que es López Obrador, pero ya rindió, hoy, hay que plantarle un tapón en la boca, porque con tanta barrabasada, nos va a meter en una guerra.

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