Los inquilinos de la vieja Forestal

Baile y Cochino…

Por Horacio Cárdenas Zardoni.-

La Forestal (Fotos: Pedro Escobedo)

Alguna vez escuchamos a Sergio Romano, viejo periodista de la Bella Época ya por entonces exiliado en Sonora, comentar que en la capital de aquel estado había dos Hermosillos. Y lo decía así: hay un Hermosillo de este lado de las vías del ferrocarril y otro Hermosillo del otro lado, pese a estar contiguos uno y otro, y conformar una sola ciudad, la triste realidad que reflejaba su editorial era que una y otra eran tan distintas, que prácticamente no había punto de contacto entre ellas. Los de este lado jamás, o rara vez se interesarían por lo que ocurre de aquel lado, y estos nunca lograrán el nivel de vida de los de aquel.

Romano fue uno de los intelectos periodísticos más claridosos de su tiempo, y su comentario pescado al vuelo, nos movió a examinar como eran las cosas en Saltillo, y nos encontramos con que no son tan diferentes a las de Hermosillo, al contrario, las semejanzas eran pasmosas: ambas eran capitales estatales, ambas tenían una marcada clase dirigente y una amplia clase baja con pocas perspectivas y por supuesto, lo que motivó la anécdota, a ambas las cortaba el paso del tren.

Saltillo no es dos, es varios Saltillos. Uno es el de los saltillenses «de toda la vida», descendientes de familias rastreables por siglos, muchos son gente de dinero, aunque pueden tener a su favor otros activos, apellidos, relaciones, historia, cosas así; otro es el de saltillenses de generaciones, tal vez tan antiguas o más que las otras, pero que nunca han logrado hacer fortuna, conviven y sirven a aquellos, pero son apenas reconocidos por ellos; por supuesto están los que llegan, después de todo Saltillo y Coahuila forman parte de una federación, y la Constitución de esta previene la libertad de tránsito, de establecerse donde quieran y dedicarse a lo que quieran, que sea lícito. Ah, y están los que van de paso, porque Saltillo siempre ha sido ciudad de paso, ellos como que están un día y al siguiente no, o varios, y como que el resto de la sociedad saltillenses, como recomendaba Carlos Salinas de Gortari, ni los veo ni los oye.

Cómo decía Sergio Romano de Hermosillo, acá también están muy claros los espacios que cada quien ocupa o se les concede ocupar, de este o aquel lado de las vías, el norte y el sur, los barrios, el centro, las colonias… y los que viven donde los agarró la noche.

El otro día el periódico Vanguardia daba cuenta en un reportaje de un hombre, bueno dos o quizá más, que habían hecho de una alcantarilla su hogar… la novedad de la noticia era el dónde estaba ubicada esa alcantarilla, a menos de una cuadra escasa de la presidencia municipal, por el lado de Presidente Cárdenas, el entrevistado lo decía con cierto candor, tenían meses de vivir allí, sin ser molestados en lo más mínimo.

Bien por ellos, mal por una autoridad, llámese municipal, estatal o federal, que si sabe de este caso, no hace nada y si no sabe, peor y si se enteró por el periódico, y de todos modos no hizo nada, el colmo.

Claro que nos llamó la atención el asunto, y nos hizo preguntarnos ¿cuántos saltillenses, cuántos ciudadanos mexicanos, o migrantes provenientes de dónde sea, viven en circunstancias similares… y dónde en Saltillo?

Y luego nos venimos a enterar que no muy lejos de allí, hay una especie de refugio, santuario, sitio franco, en donde recala un número incierto de personas, con residencia más o menos incidental o permanente en Saltillo.

Nos referimos a un sitio que alguna vez estuvo del lado equivocado de las vías, y que hoy, por su ubicación y su extensión debe valer una o varias fortunas, la antigua sede de La Forestal, que ocupa una cuadra entera sobre la calle Corona, entre Emilio Carranza, por donde pasaba el ramal del ferrocarril, y Francisco Murguia, la antigua calle de Los Baños, por la que en tiempos pasaba una acequia con importante caudal.

El terreno de la Forestal estuvo en litigio entre la entidad paraestatal y sus trabajadores, tiempo en el que se llenó de pequeños negocios, que les permitían a los segundos irla pasando. Al rato un conjunto de manos de terratenientes saltillenses, de los de toda la vida, movió sus influencias para quedarse con el lugar, en una compra muy suculenta… para ellos.

Se mencionó a uno que fue gobernador, uno que es alcalde, y alguno más que es constructor, que entre todos pondrían allí una universidad… eso fue lo que se dijo entonces. Había otra versión, la de un fraccionamiento grande, no tanto como Altaria, que se edificó donde topa Corona con Murguía, pero tampoco se avanzó nada, y mientras, dos cosas: una que la plusvalía ha crecido como espuma, y la otra… que se ha llenado de migrantes extranjeros, nacionales, y gente que no tiene donde vivir.

Ese predio que en algunos años se venderá fraccionado en millones, es hoy un nido de malvivientes, y no en su acepción peyorativa, sino en la de que sin agua, sin luz, sin limpieza, con el miedo de ser desalojados o repatriados, nadie vive bien.

¿A qué distancia está la vieja Forestal de la presidencia municipal?, no muy lejos, antes todavía está el Palacio de Justicia, y nadie se entera, a nadie le importa, salvó a los vecinos, que viven con el temor permanente de ser víctimas de robo, asalto, secuestro, asesinato o lo que sea.

Cómo siempre, un Saltillo segregado de los otros Saltillos, y no pasa nada, a nadie le importa, hasta que pase, y entonces sí, a lamentar los hechos, y patear el bote todavía para más delante.

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