BAILE Y COCHINO…
Por: Horacio Cárdenas Zardoni.-

Cada quien tiene su manera de percibir las cosas, aquí no estamos hablando de derechos humanos ni cosas así de elaboradas, sino de un hecho naturalmente simple, el que cada quien se da cuenta de las cosas de una manera distinta, a partir de la capacidad de sus sentidos, de su intelecto de procesar lo que va viendo o escuchando y por supuesto, de que también hay hechos que se manifiestan más pronto que otros.
Allí le va un ejemplo de lo más pedestre, se pone uno a dieta, y quiere que los resultados de su valerosa decisión se noten al primer momento en que el hambre le tira la primera tarascada. Oiga, si se está uno sacrificando de manera tan dolorosa, dejando de comer, que es uno de los placeres más difundidos de esta vida, lo mínimo que tiene uno derecho a esperar es que se note ¿no?, pero el cuerpo es cruel y la naturaleza lo es más, la anhelada baja en el peso, que eso es lo de menos, el deseado de todos, de verse más delgado y que los demás lo digan, además llenos de envidia, eso no llega. Es más, la báscula puede decir que hemos perdido, no sé, tres o cuatro kilos, y nadie nos felicita, así son de envidiosos los seres humanos.
Ah pero al revés… si uno ha subido de peso, de inmediato se encuentre uno en la calle a algún fulano que haciéndose el simpático nos sale con aquella de ¿hace como cuántos kilos que no nos vemos?
Y sí, hay veces que uno sube de golpe, o baja de trancazo, normalmente asociado a alguna enfermedad, que tampoco es que le deseemos a nadie enfermarse para lograr perder los kilos que cree que le sobran, nada de eso, pero por lo general, para la mayoría de las personas que suben de peso, este es un fenómeno que se da paulatinamente, que se va dando con el paso de los años, los cambios en el metabolismo, y en que simple y llanamente seguimos comiendo lo mismo, mientras que hacemos menos esfuerzo físico, cosas de la edad. Ponga que en este tenga que ver que somos distraídos con nuestro cuerpo y con nuestras cosas, por eso es que no nos damos cuenta de los cambios, cuando estos se dan lentamente, excepto claro, cuando alguien nos los hace notar, y aun eso, lo ponemos en duda, hasta que la realidad nos estalla en la cara.

Algo así nos ha pasado con el tráfico en la ciudad de Saltillo, y quizá en cualquier otra del país y el mundo se haya dado algo similar. Nos ha pasado, no una vez, sino varias, que estamos de lo más quitados de la pena, en las largas colas en el periférico, en cualquier avenida con semáforo, en muchas calles. Sí, estamos acostumbrados a que la cosa va lenta, con escasa variaciones de un día para otro, excepto los viernes, en que pareciera que todo el mundo se tiene que subir al carro para ir a donde no tiene que ir, con prisa y desesperación, todo para enterarse que a todo el mundo se le ocurrió lo mismo, y allí nos vemos y nos saludamos o nos la mentamos, atorados en un tráfico insufrible. No, los otros días hacemos cinco minutos más, tres minutos menos, en el mismo trayecto, y a eso estamos hechos.
Todo sea que inicie el ciclo escolar… que se acaben las vacaciones de fin de año o de semana santa, para que nos demos un frentazo en el parabrisas: lo que antes nos tomaba veinte minutos, ahora nos toma treinta y cinco, y por más que buscamos, no encontramos explicación ¿de dónde salieron todos esos carros adicionales? ¿quiénes son, dónde estaban, y peor, porqué están aquí a la misma hora que yo necesito llegar rápido a la chamba? Imposible que hayan llegado en los días de descanso veinte mil vehículos extra, no, se fueron sumando de a poquitos a diario y cada semana, y no los notamos, tiene que venir la estadística de incremento en el parque vehicular para que pongamos los ojos de plato, o de copa de llanta para que la realidad se nos haga aparente.
La sociedad actual previene que tenemos que movernos. Más bien es la economía, a la que todo el mundo tiene que contribuir, para decir que somos bien vistos en nuestro entorno, o aunque no lo seamos, por lo menos que formamos parte de una comunidad que avanza toda en el mismo sentido, y aquí se nos ocurre el chascarrillo amargoso ¿y si vamos todos por el mismo camino ¿por qué no nos damos “ride”, raid, rait, raite, o como cada generación guste de llamar al hecho de compartir el vehículo, trepando más gente o trepándonos, de manera equitativa en los gastos, para que nadie sienta que lo están agarrando de su puerquito?, pero eso es aparte.
En otros tiempos en Saltillo, muchas de las actividades, económicas y de todo tipo, se hacían en el mismo domicilio. En efecto, al frente había una accesoria, donde se ponía una tienda general o expendio de algo más especializado, una pequeña fonda o hasta un consultorio. Cuando un cliente entraba en el localito, sonaba una campanilla, y acudía quien estuviera de turno cuidando el negocio, nomás se veía como hacían a un lado la cortinilla improvisada, con la que dividían el área familiar, o privada, del área comercial. Ese era el ideal.
Ya cuando el negocio crecía, la familia se mudaba al piso de arriba, y no eran raros los empleados que dormían bajo el mostrador, todo fuera para evitar gastos de traslado, que siempre fueron vistos como algo costoso.

Todavía en áreas del centro, en muchas colonias, algunas de buen nivel, la cochera la aprovecharon para instalar un negocito con qué sostener el gasto familiar, llámele herencia del pasado, cuando la movilidad era la mínima indispensable. Ah, pero ese modelo ha cambiado, y podríamos decir que para mal. Siguiendo el modelo “gringo”, las empresas se instalan no en el centro de un predio al que acudan los trabajadores de los rumbos cercanos, sino en parques industriales, y allá que se transporte el que tenga que trabajar. Bien gentiles algunos patrones, no todos obvio, hasta le facilitan camiones a los obreros para que los lleven y los traigan, otros tienen que hacerlo por sus propios medios y los gerentes ¿cómo se van a subir con los obreros?… pero ¿y el tiempo de traslado quien lo paga o quien lo repone?, ese no lo paga nadie, como tampoco el desgaste, la desesperación, todo lo que usted sabe por vivirlo a diario.
Todo el mundo opina que Saltillo, y Ramos, y Arteaga, y Parras tienen que reinventarse. Seguro que sí, pero hacia un futuro deseable que se parezca al pasado que perdimos, no hacia un modelo de ciudades dormitorio como el que hay en el centro del país, o suburbios a donde conmutan los norteamericanos, recorriendo un par de cientos de kilómetros, nomás para llegar a donde chambean.
En aquel Saltillo ido, las calles eran cómodas para circular, cumplían su función de comunicar de un sitio a otro, hoy son un estacionamiento de gente furiosa que no encuentra la salida, a ver si en los planes de mejora de la movilidad contemplan algo de esta lógica, o algo todavía mejor, aunque nos permitimos dudarlo.

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